Poesía Digital

El peso de la transparencia

Max Blecher, Cuerpo transparente, Ediciones de la Rosa Cúbica, Barcelona, 2008.

Que el que escribe lo hace desde sus condicionamientos de individuo parece evidente. No se trata de autenticidad sino de formas de ser y vivir que naturalmente determinan el modo en que se contempla el mundo, y que a la misma vez determinan el carácter en que todo ello se concreta al final en escritura. Es por ello que, en Blecher, las peculiares condiciones de su existencia no podían sino generar una poesía que, aun marcada por las circunstancias de sus propias coordenadas (útiles y procedimientos surrealistas, intimidad y delicadeza propias de la literatura rumana contemporánea), posee un matiz que la particulariza, una voz que nos suena más genuina y distinta.

Max Blecher nació en 1909 en la región rumana de Moldavia. De familia judía, marchó a París a estudiar medicina, estudios que tuvo que abandonar al contraer una tuberculosis ósea que lo postró, inmovilizado dentro de un corsé de yeso, en camas de sanatorios de Suiza, Francia y Rumanía hasta su muerte en 1938. Poeta y novelista (el propio Joaquín Garrigós, traductor de esta “breve” poesía completa ya había traducido en el año 2006 dos de sus novelas, Acontecimientos de la irrealidad inmediata y La guarida iluminada), su brevísima obra nunca ha adquirido relevancia significativa, ni dentro ni fuera de su país. Y es que Blecher no es un autor que disuelva –sus libros no llegan a lacerar mínimamente ningún sistema–, pero su confesión resulta emocionante.

El cuerpo transparente del título es ese cuerpo inmovilizado por la enfermedad que logra, mediante la fabulación y la palabra, salvar su condición de lastre y soñarse otra existencia, aunque la realidad le devuelva una y otra vez la imagen refleja de su estado. La voz de los poemas de Cuerpo transparente es la de alguien desquiciado por su circunstancia que duda, que se maldice, que a veces también se olvida o inventa o recuerda para engañarse (los pasos me llevan hacia atrás. las miradas retornan como los dedos de un guante al que se da la vuelta. el corazón de un fruto se simplifica se aplasta se petaliza. el fruto se vuelve flor. mi corazón retrocede hacia la noche del feto y se transforma en sexo, “Por un momento”). Por detrás de las imágenes naturales (una naturaleza plena, en ocasiones alada en ocasiones material y terrestre), una desesperación joven, una frescura de mirada en la que se ha posado algo más amargo, la gravedad de quien ha madurado prematuramente para la muerte y puede recapitular concluyendo Siempre hacia delante las sombras de mis pasos mueren / Como la trayectoria de un cometa de oscuridad / Y el asfalto a mis espaldas me suprime / Con todo lo que he sido y todo lo que he pensado, “Andadura”.
 
Blecher escribe desde su cuerpo paralizado para trascenderse y lanza entonces su llamada al otro por cuyo movimiento desea liberarse: ese caballo-mujer, ese amor-falena a quien intenta acomodar su peso sabiendo que los núcleos que los constituyen son distintos e irreconciliables, que postrado sólo pueden resultarle útiles sus manos (Tus manos en las vértebras como dos caballos, “Pensamiento”). Que Cuando te vas / el cuerpo recobra su peso infinito (“Poema”). Blecher no puede resolver la paradoja de la carne que tan certeramente en sí mismo siente: lugar del dolor, la enfermedad y lo terrible, a la vez que órgano necesario para la caricia, territorio único en el que se hace posible el encuentro.

La poesía de Blecher es triste aun cuando quiere dejar de serlo, cuando intenta otro tono más lúdico (como en el poema “Casa de fieras”). Anhela lo inalcanzable (nostalgia del movimiento y de la libertad del animal en “El caballo”, nostalgia de una realidad luminosa exterior en “En la orilla”) pero ve constantemente frustrado su deseo de una realidad más íntegra y coherente, unitaria consigo mismo. La  mueca que resulta entonces se resuelve en dolor y pesimismo: desde su posición de postrado que ha anhelado el cielo (el asfalto frente al cielo), la gravedad de lo material lo ha devuelto hacia el suelo. Blecher mira y su mirada entraña el deseo de amar el mundo que sus condiciones imposibilitan. Al final, sólo la certeza de que cuando se sufre el dolor es absoluto, que estamos solos en nosotros y sólo podremos estarlo aún más definitivamente.

Daniela Martín Hidalgo