Poesía Digital

Extrañas parejas

Mark Strand, Hombre y camello, Visor, trad. de Dámaso López García, Madrid, 94 pp., 2010

En fin: yo escribo sobre mí mismo, claro, pero en una versión mitológica. Creo que he creado un mito de mí mismo que no es yo mismo, y que, aunque tiene elementos de mi propia vida, está generalizado: en consecuencia, otros pueden sentir propio este personaje.

Así hablaba Mark Strand (Summerside, Prince Edward Island, Canadá, 1934) de su yo poético en una entrevista informal para El País (puede leerse aquí). Han pasado casi treinta años de esas declaraciones y las posturas de Strand han evolucionado. A la luz de los poemas de Hombre y camello, último libro del autor hasta la fecha, se diría que el mito ha ido dejando paso a la alegoría como vehículo para hablar de sí mismo. A menudo los poemas arrancan con una introducción situacional, un contexto físico donde el poeta se inscribe como observador para ir desmintiendo poco a poco la verosimilitud de partida; en algún momento el lector deja de hacer pie, los elementos concretos (hombres, camellos, árboles, el propio autor…) pierden corporeidad para convertirse en piezas de una fábula, en símbolos. En otras ocasiones, se produce la operación inversa, como en el poema 2032, cuya primera imagen nos muestra a la Muerte sentada en una limusina con una manta sobre los muslos.

En poesía, la paradoja es al enigma lo que el ingenio a la inteligencia. Y Strand es un especialista del poema sin referente y sin apenas contexto, piezas breves y enigmáticas que no necesitan plantear paradojas para desarmar las expectativas del lector. El poema, la mayor parte de lo que se dice no es ni conocido ni desconocido, afirma. No es de extrañar que en los suyos esos dos ámbitos del conocimiento no sean extremos de una línea sino polos de una esfera. Podría interpretarse como una poética: un mismo hombre no es idéntico a sí mismo si se nos presenta solo o junto a un camello. De esos tres elementos, el hombre, el camello y la transmutación del primero, y teniendo en cuenta que nos movemos en arenas simbólicas, ¿qué es lo conocido y qué lo desconocido? Al leer Ascensor, la pregunta es: ¿Por qué se tiene la sensación de que el poema sólo puede ser así?

                             1.
El ascensor bajó al sótano. Se abrieron las puertas.
entró un hombre y preguntó si subía.
"Bajo —dije—, no subo."


                              2.
El ascensor bajó al sótano. Se abrieron las puertas.
entró un hombre y preguntó si subía.
"Bajo —dije—, no subo."



Mark Strand no esconde su parentesco vocacional con el arte y la poesía europeas. Lo vemos en el poema Dos caballos, un guiño al expresionismo alemán, a los caballos de Franc Marc o Erich Heckel. Difícil eludirlo una vez que el ojo de la imaginación ha establecido el vínculo, y sin embargo las referencias no llegan nunca a vertebrarse en eje, más bien dan la pauta del diapasón alegórico. De hecho, ciñéndonos al texto, lo que tenemos es un poema habitado por un hombre y dos caballos. O por un hombre y un camello, por un poeta y un rey, o por la extraña pareja que forman una madre, un hijo y la luna. 

MADRE E HIJO (original leído por el autor aquí)
 

El hijo entra en el dormitorio de la madre
y se queda junto a la cama en la que ella está echada.
El hijo cree que ella quiere decirle
lo que él anhela oír… que es su niño,
siempre será su niño. El hijo se inclina
a besar los labios de la madre, pero los labios están fríos.
Ha comenzado el entierro de los sentimientos. El hijo
toca la mano de su madre por última vez, 
luego se vuelve y ve la luna llena.
Cruza el suelo una luz de ceniza. 
Si la luna hablara, ¿qué diría?
Si la luna hablara, no diría nada.


Dámaso López García, que ya tradujo Tormenta de uno (Visor, 2009), hace diana tanto en la traducción como en prólogo. La primera preserva la sencillez léxica y la naturalidad de la sintaxis del texto original. El prólogo, por su parte, invita a la lectura sin desvelar, da claves de interpretación sin romper el hechizo. Al traductor le gusta el objeto de su trabajo y se nota.
                                   
                                    Andrés Navarro