Poesía Digital

La escritura o la "fertilidad del desconcierto"

Esperanza Ortega, La mano sobre el papel, Cálamo, Palencia, 160 pp., 2010

Se ha convertido ya en tópico referirse a cómo cualquier antología constituye una obra nueva en sí misma, pero en el caso de La mano sobre el papel, de Esperanza Ortega, esta consideración juanramoniana no puede ser más acertada. Algo que se desprende, no sólo de la selección de versos de sus cinco libros publicados: Algún día (1988), Mudanza (1994), Hilo solo (1995), Como si fuera una palabra (2002), Poemas de las cinco estaciones (2006), más algunos inéditos agrupados en Y otros poemas (2006-2010), sino también de los dos textos de asunto metapoético que los "rodean". El conjunto queda así abierto y cerrado por unas notas reflexivas que subrayan su carácter novedoso y unitario.

El primero de ellos no es sino la "poética" que en su día ya se pudo leer, por ejemplo, en Ellas tienen la palabra (Hiperión, 1998, 2ª ed.), en la cual, además de rendirse tributo a dos de sus referencias personales y líricas: Francisco Pino y José Miguel Ullán, se nos informa a través de la figura de Genoveva de Bravante de los rasgos que para Ortega constituyen el "gesto poético": "Primero recoger los desperdicios, aun corriendo el riesgo de ser descubierta. […] Al lado del temor, el deseo de dar, de darse a comer, la cortesía eucarística de quien se siente furiosamente impelida hacia el desmoronamiento; y por fin el milagro, los mendrugos convertidos en flores". Dicho en dos palabras que desvían la atención de una presunta poesía "femenina": "Transgresión y metamorfosis", y lo que es fundamental para su expresión: rechazo de la retórica, torcimiento del "cuello blanco". Rechazo que se cumple a rajatabla a lo largo de toda su obra gracias a una expresión precisa y justa que, como sabemos, sólo se alcanza desde un profundo conocimiento del oficio.

Un saber que le permite a la autora oscilar entre la lírica más quintaesenciada (Hay caricias heridas / / frágil exactitud / huellas / rescoldo / inocencia tenaz / que no socava el aire / / aquel cofre dorado / en el océano de sombras) y el poema con tintes de ficción (Le mentimos un poco / / le contamos que ahora nos servimos / nosotros solos el café / / era tan educado / el mayordomo / que cerraba la puerta sin descuido […]), pasando por el texto de raíz anecdótica (["Para Elisa, el primer día que iba en autobús al colegio"]), el simbólico (el poema "abre la puerta"), el narrativo (abandonaron la habitación de madrugada / el plato de la fruta se ha podrido olvidándolos […]), el decir deshilvanado, fragmentario y audaz, atraído por la realidad más inmediata, que se observa en algunos de los autores del llamado grupo de Valladolid (pienso, básicamente, en Olvido García Valdés), de poemas como un agujero en cada cosa / eterno / túnel / / ni llanto ni apetito / / niño mudo / encallado en la roca sin asombro / / ella no quiere ver ese fantasma / la sábana / tan sucia / / inventa otro balcón / / alguna vez responde / del cielo una moneda que ha caído / / le pregunta al frutero / ¿mundo? / ¿cosa? / / ahora su caudal está en las manos / de la efímera voz de unas cerezas; e incluso por el que pulsa la tecla lúdica: tac tac / rin rin / mí tú / tú mí / (así se anuncian las visitas). Variedad de registros que Ortega maneja con destreza y que da cuenta de una obra en permanente búsqueda, que no se afinca en los logros de títulos anteriores.

Fruto de ese interés por lo cotidiano, por una heroicidad sin proclamas, la realidad del día a día se alza como campo para la batalla épica. Así la casa, el ambiente familiar y los objetos nos remiten a escenas conocidas por todos que, conforme al escrito metapoético final, deben trasladarse a "un reino sin mudanza [, a] ese instante límite [que] es el instante de la poesía", al del pájaro que, sumido en su presente absoluto, en lo efímero del gerundio, se encamina "hacia el breve recinto que es su cielo". Momento epifánico o de "acorde" cernudiano que se alcanza igualmente a través de la "creencia" en aquello que se experimenta, en la no pregunta y la no interpretación.

De la mano de esta idea, la lírica habrá de entenderse como un género capaz de aglutinar los distintos casos y variantes en una categoría abstracta (En una flor / todas las flores / […] ya están todas las flores / en una sola flor). Intento de ordenación o reordenación que se expresa igualmente en el poema inédito "Poema de Amor y de Nadie", donde lo genesíaco, la mitología de los orígenes, se reescribe para ubicarnos en una realidad paralela. En ella, en el primer día, además de paladearse el placer por las superficies (patente en las extensas enumeraciones: La mantequilla, las almohadas, / el frutero, la escarcha, las bocinas), se produce el nacimiento del amor y, en especial, el abandono, personificado por un irremediable "Nadie". Nuevo orden del que me interesa destacar la presencia del "tú", que a lo largo del libro adquiere numerosas formas: desde los hijos al objeto del deseo, al ausente o, según se escribe en la nota final, al "lector", con el cual la autora establece un lazo de alimentación mutua. Es quizá gracias a estas entidades como el yo lírico, una vez vivido y conformado el aislamiento, puede escapar en ocasiones de la cárcel de sí mismo; aliviar ese tener que rehacer a diario la vida y esquivar el temor al otro (porque hoy las piedras no te van a perdonar), en la medida en que ahora podrá compartir su soledad, siquiera con personajes marginales (el "errabundo", el "perseguido", pero también, y me interesa esta idea, el "dócil"). Revolución íntima pero también proclama general: cerrad vuestro cuaderno / agradeced al cielo su estela de quietud / a los ojos del perro compasivo / […] a todo lo que calla su secreto / su rastro de piedad y mansedumbre / […] / no hemos venido a destapar / no hemos venido a cercenar / no hemos venido a descubrir / sino a embadurnarnos las escamas / de miel / de reptil amarillo / / a revolvernos entre las cerezas / de humildad / de humedad / de alegría. Un pulso ético que fundamenta esa realidad paralela a la que aludí antes, en la que no habría lugar para las interpretaciones, para la metáfora o la métrica, sino para la fusión sin más. Sin embargo, Ortega se siente impelida a escribir, quizá para dar voz a los que fueron, quizá para "guiar sin horizonte la barca de los días". En este sentido, y a pesar del uso de un vocabulario que no desdeña los nombres manidos ni los epítetos corroídos por la costumbre (pétalos, ángeles, nombre floreciente o lirio que tiembla), celebro que siga posando su mano sobre el papel.

Marta Agudo