Poesía Digital

Tradición poética e intensidad de vida

Francisco Javier Burguillo, Musa de fuego, Rialp, Madrid, 66 pp., 2011

Nacido en Salamanca en 1980 y doctorado en Literatura Española por la universidad de su ciudad natal, Francisco Javier Burguillo no ha tenido prisa en publicar su primer poemario. No es que haya dejado de ser joven, sino que, por la cronología de los poemas aquí reunidos, escritos entre 1998 y 2010, se advierte que su autor se ha exigido mucho a la hora de seleccionar lo escrito durante todos esos años y, tal vez, a la hora de revisar una y otra vez los poemas que afortunadamente publica en esta su primera entrega. Cuanto más aprendía su oficio como investigador y crítico de la poesía de nuestro Siglo de Oro, parece que más afinaba Francisco Javier su escritura poética, donde no todo es oficio —aunque bienvenido sea, pues en ella siempre escuchamos una voz muy personal, muy actual, nada rancia, a pesar de todas las resonancias que deja vislumbrar de los grandes poetas grecolatinos y de la lengua castellana.

Digo esto porque, con o sin oficio de investigador literario, Francisco Javier Burguillo ha publicado un gran libro, y no sólo un gran "primer libro". Y, aunque la estructura externa presenta la ingenua (y tal vez sincera) agrupación cronológico-temática de los poemas escritos a lo largo de tanto tiempo, el volumen resultante no es en modo alguno una colección de piezas varias, sino un auténtico libro de unidad tan fuerte como profunda. Esta unidad viene dada por su certeza sobre la perfección original del mundo y sobre el posible perfeccionamiento de la existencia propia que, sin soslayar el lado amargo de la Historia y de su personal biografía, siente la necesidad de elevar un canto sencillo a todas las cosas y a todos los hombres por la natural bondad que nos revelan de continuo, especialmente cuando se dirige a la persona amada, centro y modelo de todas las perfecciones que contempla a diario. El amor, sí, es la gran afirmación de su vida y de todas las maravillas del Universo, las cuales remiten a un único dador divino que, si bien sólo se hace explícito en muy pocos casos, inunda de su amor todas las cosas, incluida la mujer amada: único centro visible de su vida, pero reflejo de un centro invisible más sustantivo e inmenso. Tal cosmovisión ascensional sustentada en el amor queda manifiesta en el excelente canto inicial del poemario, titulado "Que me dejen subir arriba", con un pleonasmo tan ingenuo como intencionadamente expresivo.

En virtud del amor todos los seres del Universo aparecen vivificados por un aliento que los eleva a la categoría de personas con las que el poeta habla de ordinario.  Por ejemplo, a la "Costa del Cantábrico" (p. 19) le pide: Déjame llamarte loca, / puerto, playa, bahía, / roca de mar, / desmelenada tu falda en flecos, / rumboreada de peces que bailan / y bicicletas viejas (…). No es rumboreada el único neologismo que necesita crear el poeta: en su "Arte poética" (p. 33), sin ir más lejos, el yo-poético se ve a sí mismo otoñeciéndome como / bosques caducos /  que se mueren desnudos/ y en silencio (…).

Y la ternura, vivificada siempre por el asombro, otorga una afectividad muy personal a cada poema, que se vuelca hacia la mujer amada, pero también hacia el paisaje y hacia los elementos de su vida cotidiana: la ciudad de Salamanca (p. 22) y su Plaza Mayor (p. 23), por ejemplo, pierden en sus poemas todo significado solemne para convertirse en recintos de los sueños del joven yo-poético, que habla de esas piedras centenarias con la ternura inocente con que habla de su amada, de sus padres, de su abuelo o de su playa de veraneo infantil.

Esa ternura, y esa honda impresión de cosa vivida que empapa todos los poemas, es lo que permite al autor expresarse desde una larga y exquisita tradición poética (donde vemos o entrevemos a un autor bíblico, a Ovidio, a Garcilaso, a San Juan, a Quevedo, a Antonio Machado, a Juan Ramón…) sin que por ello se quede en el mero comentario irónico, en el remedo mejor o peor intencionado de un clásico o, mucho menos aún, en la ostentación erudita; pues Burguillo, como testimonia en varios poemas, es bien consciente de que arte y vida son dos realidades tan "reales" que se alimentan mutuamente y forman parte del mismo Universo.  Es más: en los casos de intertextualidad explícita, el poeta deja muy claro el contraste entre el punto de vista del autor recordado y el suyo propio, que resultan así complementarios, como ocurre al comienzo del "Boceto de un atardecer": Las praderas perfiladas del sol / y en abrazo las llamas abrasando los montes. / Escrito está en mi alma vuestro gesto, / espejo, estigma, catarata de Dios. / Tibi laus, tibi gloria, tibi gratiarum actio, / de coros angélicos (p. 27). Es esa ternura asombrada la que lleva al poeta a presentarnos las cosas en su más espontánea desnudez, y es tal el fulgor que irradian, que apenas necesitamos movernos para llegar a ellas. De ahí que, en el plano estilístico, abunden las enumeraciones y las frases nominales puras, con escasos verbos de acción, pues el universo que nos representan se nos  ofrece estable y consistente.

En algunos casos, pocos, la sorpresa poética (y, con ella, la emoción) disminuye, como en "El sur" (p. 51) o en "Tormenta castellana" (p. 54). Pero lo importante es que aún en esos poemas prescindibles escuchamos al mismo personaje que nos habla en los grandes poemas del libro.

Carlos Javier Morales