Poesía Digital

Pero sigue siendo el rey

Luis Alberto de Cuenca, El reino blanco, Visor, Madrid, 180 pp., 2010

Tras su paso por la política (Secretario de Estado de Cultura con Aznar) y sus intervenciones en el programa de televisión de José Luis Garci, Luis Alberto de Cuenca (Madrid, 1950) es un personaje público. Pero no podemos abonarnos al tópico lamentando que, en cambio, sea un poeta secreto. Dentro de los límites mediáticos (medianos) de la poesía, es uno de los poetas actuales más reconocidos.

Y es justo: tuvo un papel protagonista en el giro que en los ochenta dio el panorama desde posturas culturalistas, que él había seguido en sus primeros libros, hacia una poesía más coloquial y divertida, también culta, pero transparente, que supo ganar lectores y crear escuela. Luis Alberto de Cuenca, siguiendo la querencia de su devoción por los cómics, la bautizó "poesía de línea clara". De esos años es su trilogía de referencia: La caja de plata (1985), El otro sueño (1987) y El hacha y la rosa (1993).

Sus posteriores libros han continuado aquella línea. En El reino blanco, en uno de los poemas del tríptico a Foxá, "El almendro y la espada" (p. 91), jura fidelidad a aquellos principios poéticos:

[…] a las que siempre vuelvo
con fe y con ilusión a la hora del desánimo
ante el aburrimiento lírico circundante.
Porque la poesía no ha de ser un tedioso
festín esencialista e incomprensible para
los miembros de una secta, sino una fiesta alegre
y comunicativa donde quepamos todos


Vuelve, en consecuencia, a trasladarnos a ese mundo suyo inconfundible de sueños confusos, fetichismos, frivolidades, caprichos, viñetas adolescentes, bibliofilia, digresiones, prosaísmos y vitalismo incombustible.

Sin embargo, el factor sorpresa ha dejado de jugar a su favor, lo que es normal, y la relación calidad/cantidad quizá haya bajado un poco, lo que es peor, aunque no sea extraño teniendo en cuenta la extensión (90 poemas) de este libro. Por poner un ejemplo, ¿merecía la pena publicar este haiku asonantado: "Reloj de arena. / Me subo a tu cintura / y el tiempo cesa" (p. 69)?, cuando ya teníamos esta soleá de Aquilino Duque: "Reloj de arena tu cuerpo. / Te estrecharé la cintura / para que no pase el tiempo".

¿Por qué Luis Alberto de Cuenca no es más exigente a la hora de seleccionarse?, nos preguntamos. Parece que a él también le preocupa la cuestión. Por lo menos en el poema "Carta a los Reyes Magos" (p. 141):

[…]
Os pido, sobre todo, que, de una buena vez,
me traigáis un criterio fiable sobre aquello
que pensáis que es lo bueno, y sobre lo que es malo,
y sobre la verdad, y sobre la mentira,
y sobre lo que es bello, y sobre lo que es feo;
que […] tiendo a mezclarlo todo.


Los versos de la cita inicial del libro, ¿no advierten de esto mismo?: "Fice el bien e fice el mal, / fice guerra e fice amor; / ove de ver al final / que todo, todo, es igual: / engaño e dolor, dolor".

Aunque tampoco se debe olvidar, si queremos comprender del todo tanto acarreo, su inmenso amor por la poesía. Que explica, de paso, una característica personal suya, insólita en un poeta: es muy raro el escritor a quien Luis Alberto no elogie y no considere su amigo del alma. Un destello le basta para salvar una obra y para ganarse su aprecio. Con sus poemas, por lo visto, igual. Y los salva todos, porque hay en ellos casi siempre más de una buena idea o de un verso memorable: "Era un amigo / de rostro inexistente" (p. 30); "Bastante tengo con mi propio infierno" (p. 44); "alimentará tus fantasías / mientras vivas. O casi. O más allá" (p. 55); "Tantos años después, me acuerdo de Bran Stoker / y brindo por su Drácula con la sangre que brota / de la herida del tiempo que ha pasado" (p. 113); "a golpe de recuerdo, luchando con las sombras" (p. 114); "Estaba tan desnuda / como la hoja afilada de un cuchillo" (p. 121); "En las noches de insomnio las sombras tienen alas" (p. 135); "palabras enemigas del tiempo y del olvido" (p. 160); etc.

Pero si no estamos ante un libro perfecto, ¿cómo explicarnos entonces el extraordinario éxito de crítica y público del que está gozando? Creo que hay cuatro importantes motivos superpuestos. En primer lugar, la editorial Visor ha echado el resto en la colección "Palabra de honor", propiciando (me consta) que muchos lectores se encuentren por primera vez con la poesía de Luis Alberto de Cuenca. El factor sorpresa se reactiva en ellos. Y cuántas frescas sorpresas descorcha esta poesía en una primera cita. Entre tantas, "Ataraxia" (p. 74):

Tumbado al sol,
oyendo como late
tu corazón.


En segundo lugar, cuando hablamos de poemas mejores y peores no queremos decir que vayamos a encontrarnos poemas ilegibles. Eso jamás. Los poemas menos logrados de Luis Alberto son siempre, como mínimo, entretenidos, casi siempre divertidos y nunca dejan de ofrecer al lector algún hallazgo o guiño travieso. Estamos, por tanto, ante uno de los libros más reader-friendly que podamos encontrar. Sus poemas pueden ser a veces menores, pero francamente divertidos. Véase "Zombis mirones" (p. 83):

Los muertos se escaparon
del cementerio
para ver tus tacones
y tu liguero.


Y vieron poco,
porque los muertos, niña,
no tienen ojos.


Esta postura estética, partidaria de la claridad, de la hospitalidad, de la textura narrativa y de la diversión, por contraste con los vientos que corren en la poesía joven actual y las evoluciones de los no tan jóvenes, vuelve a adquirir un aire contestatario, como cuando La caja de plata; y en buena medida necesario. Eso también habrá contribuido, sin duda, a su éxito.

Y, finalmente,  los poemas indiscutibles, redondos, que trae El reino blanco y que van sumando para la que será la obra magna de Luis Alberto de Cuenca, la imperecedera e indiscutible: su antología. Ellos justifican la compra, la lectura y la relectura apasionada de El reino blanco. Entre otros, me quedo con "Sol poniente" (p. 38), "Leer en voz alta" (116), "Shakespeare y Rita" (117), "Uno y todas" (p. 123-4), "Buscando el yo perdido" (p. 149), "Suspiro" (p. 156)  y "Paseo vespertino" (p. 159). Luis Alberto de Cuenca, a pesar de sus tics y sus resabios, sigue siendo el poeta alejandrino, deslumbrante y seductor de siempre. Sigue siendo el rey (de El reino blanco). El del "Verano eterno" (p. 128):

Hay quien nos dice: "Amigos, esta historia
ya no va a durar mucho. El invierno se acerca".
Y le decimos: "Somos caballeros
del verano. El invierno no llegará a alcanzarnos.
Mientras el cuerpo aguante,
cantaremos canciones para olvidar el frío.
En las canciones es verano siempre".



Enrique García-Máiquez