Poesía Digital

El deseo, el deseante y lo deseado

Carlos Javier Morales, Este amor y este fuego, Biblioteca Nueva, Madrid, 64 pp., 2011

Con frecuencia, la Literatura se convierte en una especie de amante con la que el lector se propone vivir una aventura nueva, que en muchas ocasiones se liga más a la vida real de lo que puede controlar el o la protagonista de aquella pasión tan privada y solitaria. ¡Quién no queda afectado durante días, meses, años, o incluso toda una vida (en casos más extraordinarios), por un personaje, una historia, un ambiente, un párrafo o un poema que alguna vez leyó! Yo me atrevería a mencionar varios títulos de novelas, cuentos y hasta versos que, leídos en un determinado momento, han conformado y moldeado mi visión del mundo y de la vida. En este sentido, hablar de la ficción y la realidad en torno a la escritura puede resultar simplista, porque no estamos hablando de un problema teórico, sino de lo que convierte a la escritura y a la lectura en algo tan atractivo y personal.

La poesía de Carlos Javier Morales tiene la característica de hacerme reflexionar siempre sobre esta cuestión. Su trayectoria, singularmente seria y honesta, expuesta en seis títulos que han ido apareciendo desde 1994 hasta hoy, consiste en un intento radical de desplegar el yo a través del oficio poético, al que está apasionadamente unido, tanto en su labor de crítico como en la de creador.

Cinco años han pasado desde su anterior poemario, Nueva estación, un libro amplio y excelentemente logrado, que ya constató la madurez poética de Carlos Javier Morales, y de la que hacía gala y celebración en aquella misma obra. El nuevo conjunto de poemas, reunidos bajo el título Este amor y este fuego, consolida algunos de los rasgos más interesantes de su obra, y hace presente en el panorama poético actual del que es un buen conocedor un poemario con elementos de interés suficientes para ser tenido en cuenta por los lectores.

Lo primero que llama la atención es la cita del poema que abre el libro: el conocido versículo del Evangelio de Juan que dice "El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros". A esto le sigue un poema que, sin pretender ser una provocación, asombra tanto por la temática como por la forma que asume: se trata de un soneto en todo su rigor, que da cauce a una oración religiosamente explícita iniciada con el verso Quiero vivir, Señor, siento el instinto… Este planteamiento inicial puede, no obstante, confundir al lector que, uniendo título, cita y soneto, puede esperar un poemario religioso en el sentido más tradicional. Pero no es cierto. Hay, como es obvio, una declaración de religiosidad manifiesta, pero ésta se va desplegando en el poemario de una manera muy literaria, donde la conciencia del ciudadano común y el escenario de la cotidianeidad se van extendiendo en un tejido de observaciones críticas y reflexiones éticas hacia el sujeto presente en el yo poético, que interactúa con un mundo humanamente contrastado y luminoso.

El libro está estructurado en dos partes: una primera, que es la que da también título al poemario, y una segunda titulada "Y este mundo". La primera parte, compuesta por veinte poemas, es la que más se detiene en la idea de amor como vía de trascendencia al solipsismo individual: Uno nunca es quien es: aquel que nace / y que, pues nada tiene, todo habrá de buscarlo, / será aquello que busca. Una trascendencia que en este caso hunde sus raíces en el sentimiento religioso y que, sin embargo, no evita la realidad ni la rehúye: Nunca fui tan real, / tan animal de fondo y superficie, nos dicen estos versos con claras alusiones juanramonianas del poema titulado "Pronóstico cierto".

La sensualidad es una de las notas dominantes en la poesía de Morales, y vuelve a hacerse presente en el retrato espiritual que esbozan estos poemas. En el titulado "Desde mi orilla" podemos leer: Me encantan esas tardes en las que no cruzamos a otra orilla / sino que nos quedamos charlando entre las aguas, / refrescando los cuerpos del fuego del amor / y creyendo que somos más bellos y perfectos / más duraderos, más invulnerables / que estas aguas tan tercas en su diario insistir hacia la muerte. La luz y la carne comprometidas en la misma emoción constituyen así la esencia poética de esta parte del libro: No se ve igual tu cuerpo de noche que de día, / ni en el sol de la playa ni en la oscura / mañana de este invierno. Yo aseguro /que nunca se ve igual tu cuerpo luminoso.

El deseo, el deseante y lo deseado aparecen como ejes dinamizadores de la experiencia espiritual, haciendo un guiño a la última poesía de Juan Ramón Jiménez. De hecho, como ocurre con el poeta de Moguer, la poesía va asimilándose paulatinamente a la idea de trascendencia, y llega un momento en que parece identificarse con la misma aspiración  espiritual. Los últimos versos del poema "Sustancia" nos dicen: Y una vez más compruebo / que toda la verdad encuentra sitio / en un solo poema. Y todo lo demás, / lo que no cabe, / no son más que fantasmas. En el poema "Ensayo de poética" leemos en la misma línea: Para entonar la voz, para el poema, / hace falta que el hombre se encuentre en paz consigo, y el  titulado "Biblioteca personal" comienza con los versos Parece que un poema verdadero / es más que suficiente para toda la vida.

La segunda parte de la obra, compuesta por trece poemas, tiene un tono más costumbrista y civil, en una línea semejante a como Juan Carlos Reche matiza este término hablando de la poesía de Giovanni Ravoni (Gesta Romanorum, Vaso Roto, 2011): "Poeta civil en el sentido latino (civis, -is) me atrevería a decir, en el sentido del ciudadano que pasa y pasea por la ciudad; en el sentido del ciudadano que escribe poesía, y hace de este gesto su manera de estar en el mundo, una manera ética de contar y construir el paisaje que ve con lo que ve". De hecho, el último poema del libro se titula, precisamente, "El paseante", presentándose casi como un autorretrato mínimo.

Todo el libro hace referencias a momentos vividos, en los que cualquier lector puede verse reflejado. Dentro de un realismo menor, autobiográfico, y siguiendo una tradición de escritura meditativa, mesurada e íntima, Morales va tratando temas como la fe (A qué divinidad aspiraría, / en qué esfuerzo confiar, con qué motivo / podría desear lo que Dios es); la realidad, que suele adoptar la imagen de una orilla; el paso del tiempo, que es especialmente intenso en el poema titulado "Calles de Santa Cruz"; la vanidad de la existencia (Unas fotos borrosas / y una historia borrada por completo / son todo  lo que queda / de los mejores años de tu vida);  o la rutina diaria no necesariamente exenta de belleza, como se aprecia en el poema "Conversación en el metro".

El poemario se encuentra bien cerrado y es coherente en su conjunto, salvo por la nota diferencial del soneto ya mencionado, y que tal vez hubiera dado más juego como poema inicial del libro y no de una parte específica, donde el resto de los poemas no se atienen a tanto clasicismo. Esto aparte, el libro está escrito con un oficio depurado y certero. Este amor y este fuego es una invitación a la poesía y a la vida, es un poemario hondo y sensual, nutrido en reflexiones y observaciones líricas, que puede servir para acercarse nuevamente o conocer, si aún no se ha hecho a la poesía en tensión de Carlos Javier Morales.

Raúl Alonso