Poesía Digital

Temblor, sí; secreto, no

Juan Meseguer, Un secreto temblor, Pre-Textos, Valencia, 64 pp., 2011

Empecemos por el medio, que es también el meollo. De las tres series en que se divide este poemario de Juan Meseguer (Madrid, 1981), la más interesante, a mi juicio, es la segunda, "Love story", que es puro misticismo 2.0, puro y duro: el secreto temblor que nos recorre / en la cima del éxtasis. / Por no hablar —¡cielo santo!— / de esas misas salvajes, / cuerpo a cuerpo, / donde Tú te me entregas / con la pulsión a punto de romperse [p. 32]. Es curioso que Meseguer ponga su libro bajo el patrocinio de Walt Whitman y no de san Juan de la Cruz, al que no nombra en la larguísima lista de admiraciones-agradecimientos-amistades-atenciones-nominaciones-y-buenos-recuerdos con que cierra el libro, aunque sí en dos juguetones intertextos (En esta temporada en el infierno / —hora punta, noche oscura del alma— [p. 25] y Tú fuiste Zarza ardiente / o(h) llama de Amor viva [p. 27]) y en un reconocimiento explícito de influencia en el poema "Venus negra en Darfur". Y todavía es más raro, si cabe, que no miente a José-Miguel Ibáñez Langlois, con cuyos Poemas dogmáticos comparte delicioso descaro desinhibido, además de dogmas; ni tampoco a Juan Antonio González Iglesias al que recuerda constantemente su dicción amorosa, contemporánea y descarada. Para seguir yendo al grano, de todos los poemas de Meseguer mi preferido es este epigrama [p. 34], epítome del libro, donde habla con Dios, nada menos:

CUESTIÓN DE GUSTOS

Guapas y piadosas eran
las muchachas que siempre me han querido.
Yo, en cambio, las prefería
terribles y voraces
como mi corazón y el tuyo.

El poeta nos va dando sus datos biográficos con cuentagotas, pero con la suficiente sabiduría como para dejarnos intuir –sin caer en el exhibicionismo– algún tipo de vocación religiosa que incluye el celibato. Contra todos los tópicos antiautobiográficos más o menos de moda, la poesía es así, personal e histórica. Gran parte de los haikus (por referirnos a una lírica especialmente pura y minimalista) de Issa no se entenderían sin conocer su temprana orfandad y su pobreza. La vocación de Meseguer es un dato esencial para entender bien y a fondo y con toda su fuerza muchos de sus mejores poemas:

[…]
me decido por Ti
desesperadamente
—a rastras, a mordiscos,
como el más perro—

            hasta la eternidad.
                                   [p. 25]

Un celibato asumido (véase "Ojos por ojos", en la p. 31) que no se presenta como una renuncia triste, aunque sí dramática, sino como una verdadera aventura de amor, con una tonalidad vibrante ("Vida frenética" se titula otro de los poemas), con una casi adolescente aspiración a ser un estremecimiento eterno (p. 38), incomparablemente más atractiva ("Amor, abrirse inacabable") que cualquiera de las otras opciones que al poeta, que no es tonto, se le ponen por delante:

[…]
Y ahí estás Tú, Señor,
dispuesto a seducirme;
a conquistar de nuevo
mis ojos, mis oídos,
mi lengua,
        el corazón.
                         [p. 37]

El uso de parte de una oración (aquí el ofrecimiento de obras) en un poema, y aprovechado para dar un tono coloquial, es algo que en la poesía de Hopkins ha sido estudiado a fondo. Ese mismo tono desenfadado hace posible una ortodoxia de fondo impecable (nunca mejor dicho), como en "Yo  confieso", poema confesional desde el mismo título, directo, sin ambages, como ha de hacerse (y por eso se hace así) una buena confesión:

[…]
Lo mío es mendigar
misericordia:
ponerme de rodillas;
formular, como siempre,
propósitos de enmienda;
confesar mis pecados;
suplicarte perdón…
Y luego, muy a gusto,
cumplir la penitencia.
[…]
                         [p. 29]

Como se ve, muy secreto no parece. Pero el explícito Meseguer se confiesa sin renunciar (y por eso es poeta) al temblor ni a una extraordinaria, sanjuanista sensualidad:

[…]
¿Cariño del tangible?
Más bien poco, Señor.
Tuviste que encerrarme
en el sagrario:
rozarme bien la carne;
comerme a beso limpio.
Y entonces, sí, Señor,
entonces
lo nuestro fue una fiesta
que no cesa.
                        [p. 28]

La primera serie, "Corazón-delirio", se había limitado a dar el tono de época, frívolo y directo, con aciertos ocasionales: El coqueto salón / se transformó enseguida / en un juego de espejos. / Nadie miraba a nadie, / más que a sí mismo" [de "Narciso en el gineceo", p. 19]. Meseguer está bien dotado para el epigrama, no en vano es doctor en Sociología. En esa línea y en esta serie merece la pena otro poema, "A una diva, sin malicia", que recuerda a cierto Ernesto Cardenal.

Y, finalmente, la tercera serie, "Amor, metrópolis", procura cerrar el libro volviendo nuevamente a dar un tono de época, quizá para encuadrar el misticismo de la encendida segunda parte en un tiempo (éste) y en un lugar (éste). Con todo, igual que en la primera serie, volvemos a encontrarnos poemas memorables, como "Maternal memoria" donde Meseguer demuestra que maneja bien las elipsis y el tono menor y brumoso (sólo el tono) de los poetas de su generación:

Como un jardín secreto,
tu corazón alberga riquezas de familia.

Carecen de importancia, es cierto,
pero resumen todo.

Apoyada en un muro,
pensativa, te sabes prescindible.

Ahora entiendes la hondura de tu oficio.
Tiene que ver con el amor.


Entre los poetas de su generación habrá que contar sin falta a partir de ahora a Juan Meseguer, más por lo que aporta (y se aparta) que por las coincidencias, como suele ocurrir siempre en los casos más valiosos. Si olvida o va olvidando poco a poco sus cuidados, y se abandona a su propio decir tembloroso, tenemos poeta para rato. Tras este libro, es un secreto a voces.

Enrique García-Máiquez