Poesía Digital

Insólito

Mario Míguez, Pasos, Pre-Textos, Valencia, 2006.

Pasos es la reciente entrega de un Mario Míguez (Madrid, 1962) que se puso de largo en 1998 con el lacónico 23 poemas. Este segundo libro ofrece un conjunto variado e interesante, que comienza con una entusiasta pero serena profesión de adanismo: Permanezcamos siempre amaneciendo. / Sea ascenso el camino. / La nuestra es la ardua luz de lo que nace / creando el mediodía. / La nuestra es siempre la virtud del alba. Un mundo auroral que parece anunciar una relación feliz del poeta con el mundo, en una comunión y una ausencia de conflicto que reaparecen aquí y allá en el libro, pues por la fuerza del canto el vate afirma que En mí siempre amanece: / el Sol en mi interior no tiene ocaso. No obstante, la quiebra de esa felicidad auroral, el pecado original del poeta, no tarda en irrumpir en el escenario y acarrear la imperfección, el mal y el recelo. Lo cuenta el poema titulado sencillamente “5”, de los más redondos de la serie:

De pronto, si me siento satisfecho
y el alma está pagada de sí misma,
surge una luz muy fría en mi conciencia,
una luz implacable y afilada.
No me juzga, mas me obliga a juzgarme.
Y descubro que allá donde he ofrecido
con coraje mi altivo amor humano,
en el acto que yo creí más puro,
en mi obra más difícil, más  lograda,
nada es bueno y sólo hubo afán estéril.
Y mi verso mejor es tosco y torpe:
suena como una burla, una blasfemia.
Y descubro que yo, al igual que todos,
apenas con un roce de mis dedos
sobre la piel de un mundo que se ofrece,
a pesar del cuidado en la caricia,
puedo ser, sin siquiera darme cuenta,
capaz de corromperlo y destrozarlo...

Adán antes y después de una caída que hace recaer el discurso en la moral. ¿Cómo se escenifica esta secuencia? El poema “2” recuerda una juventud dedicada a gozar en la fiesta de Dionisos, en lo que parece una reedición del dualismo nietzscheano, pero en esta ocasión el antagonista del dios risueño y ebrio no es Apolo sino Melquisedec, encarnación de una severidad ascética que se aproxima con la edad, muy despacio, / pero con un andar muy firme, y que anticipa el común destino de ceniza de cuanto tocaba aquel joven Adán. Un planteamiento insólito en estos días de levedad imperativa, en los que sobre cualquier recordatorio que distraiga por un instante del aplicado ejercicio hedonista-consumista-capitalista recae de inmediato el papel del aguafiestas.

¿Hasta dónde lleva Míguez este moralismo? Por de pronto, hasta el empleo de una retórica alegórica de diverso signo. Por ejemplo, el soliloquio de “El vigía” (y no monólogo dramático, según la célebre distinción de Langbaum, ya que aquí no se trata de figura histórica alguna, sino de un arquetipo que recuerda el cernudiano “Soliloquio del farero”, transmutado aquí en discurso teológico) apostrofa a una divinidad muda desde la lógica de la Providencia y el arbitrio: ¿No quisiste quizás abandonarme / a mi propio actuar, a mi deseo, / que al cabo es siempre sólo, en absurdo desorden, / sordera, ceguedad y desesperación, / para que te esperara?. Perspicaz ciertamente. O, por ejemplo, hasta la antonomasia de “Como Pílades” o la reflexión sobre la Historia de “Europa”, que por un momento nos hacen pensar en un Julio Martínez Mesanza, con una valiente afirmación al margen de la corrección política; contra el proyecto de una Europa de los mercaderes, olvidadiza de sus propias raíces, de palpitante y triste actualidad, Míguez interpone una aseveración contundente:

Aquella a la que amó el dios de los helenos
y Cristo prefirió por dos mil años
es ahora un cadáver.

Europa aún conserva la hermosura en su rostro
pero está ya sin vida: os deslumbra una máscara.

Pasos constituye un poemario bastante insólito por estos pagos, en los que la poesía, que ya no parece ser un arma cargada de futuro, ha desertado del debate público y se ha guarecido en los cuarteles de invierno de la pura intimidad subjetiva (por no hablar del tema teológico, quizá no tan proscrito en sí como el civil, pero confinado en todo caso a las posibilidades de una poética intimista). Porque Míguez alterna aquí poemas de un conmovedor lirismo con otros de punzante crítica de la civilización. Yo sé bien  que tu cuerpo, aun en el día, / aun en la luz más cierta, en la más pura, / como todo, como todo cuanto somos, / está siempre borrándose, y se pierde. / Cuántas veces siento eso al abrazarte, dice en “El amor del poeta”, en una versión negra del collige, virgo, rosas. Mientras que en “El futuro” casi hace resonar la voz del Shelley de “Ode to the West Wind”, en un grito apocalíptico contra el empecinamiento de los nacionalismos: Por favor, enterrad vuestras banderas / [...] Enterradlas. Vuestro tiempo ya es otro. / Y uníos bajo la última bandera: / la del viento que ahora está llegando, / la del viento futuro, vivo y libre. / Sentid cómo se aproxima.

Lírica, teológica o épica -incluso cósmica en “Astros”, donde canta la embriaguez de destellos, de mínimos fulgores, / la intensa sugestión de infinitud ante el firmamento-, la voz de Míguez transcurre en Pasos siempre por parecidos cauces: la sobriedad de un verso blanco, la elusión de toda sonoridad demasiado pomposa, la imagen luminosa y clara, el empleo de esa retórica alegórica a la que me he referido antes, algún ocasional epodo que recurre al tú testaferro para sus moralidades y una significativa tendencia al poema discursivo y largo, que estaba por completo ausente en 23 poemas. Un paso adelante, sin duda.

Gabriel Insausti