Poesía Digital

De varia conmensuración

Manuel Lara Cantizani, El invernadero de nieve, DVD, Barcelona, 2007.

Lara Cantizani es ya un nombre conocido y reconocido en el mundo de las letras, y en particular de la poesía, por poemarios como Yo maté al cisne, Poemas adúlteros, Todo lo que sé de ti y otras mentiras, Incultura clásica, Versos y Los 4 elementos, además de por su interesante labor como editor al frente de la colección Cuatro Estaciones, que desde la Lucena en que se ha emplazado ha ofrecido interesantísimas ediciones de poetas habitualmente mal conocidos por estas latitudes, como José Antonio Peñalosa o Charles Simic, o de poetas españoles como Jesús Aguado, Aurora Luque y Chantal Maillard. 

Por otra parte, la excelente editorial DVD, dirigida en Barcelona por Eduardo Moga y Sergio Gaspar, se ha hecho cargo hace algunos años de la publicación de los libros premiados en el certamen de poesía “Ciudad de Burgos”.

El invernadero de nieve es el resultado del encuentro entre ambas cosas, es decir, es el libro premiado en la vigésimo octava edición del premio “Ciudad de Burgos”. Su estructura es tripartita. La primera sección, “Charcos”, contiene una serie de haikus –esto es, una secuencia de varios haikus solos, sin título- seguida de una colección de haikus “individualizados”, precedidos de su título. La mayoría ofrecen una pincelada de ese mundo visual y efímero que uno tiende a asociar con el haiku, como sucede en Jugar con fuego / en la nieve. Tu aliento, / fumata blanca. De hecho, muchos de ellos comparten ese tono lúdico, pero a veces trufado de una dulce melancolía, como en La piruleta. / Y mis labios se pegan / contra el olvido. Visualidad, elipsis, concisión y sugerencia que deja desnuda esa imagen para que el lector la tome y complete el sentido. De hecho, ese tono tiene mucho que ver, adivinamos, con la presencia de la infancia, bien sea a través del recuerdo o de las hijas del poeta, que aparecen aquí y allá y a quienes va dedicado el libro: haikus como Migas, canicas. / La talega alimenta / mi puntería o Calcomanías, / dragones de colores. / Tú eras el hada, con su cosismo de fetiche, ayudan a esbozar los trazos de ese universo infantil que tan bien casa con la ligereza y el carácter minimal del haiku. 

Una de las significativas variantes que tiene este tono lúdico es el humor abierto y desenfadado. Y aquí interviene en ocasiones el título como elemento irrenunciable, sin el cual la pieza perdería gran parte de su sentido. Por ejemplo, en “Apología de la dolce vita japonesa”, se dice: Mi mujer tiene / el nuevo Nissan Micra / descapotable. En ocasiones, esa faceta humorística casi lleva el haiku al terreno de la greguería ramoniana: la miniserie “Lunáticas” nos recuerda que Evitar la metáfora / es imposible y que El astronauta / cuando llega a la luna / no ve la luna. Delicioso, sí: Cantizani se confirma como un eslabón más en esa cadena que llega desde Tablada hasta Carlos Pujol, José Cereijo, Antonio Cabrera o, modestia aparte, un servidor; esa cadena que hace ya tiempo dejó de ser una moda orientalizante y que se ha convertido en toda una tradición autóctona; trasplantada, adaptada y reformulada, pero autóctona a estas alturas. (No obstante, Cantizani parece postularse como un maestro ortodoxo en el género, haciendo preceder a cada sección de una cita de algún autor nipón, como Masajo y Fujiwara No Kintô, que desde luego no están entre los nombres más conocidos por los profanos en la materia). En fin, con la publicación de tanto haiku y de tanto libro de haikus, los trabajo de críticos como Marta Agudo, las colecciones como Los papeles de El Sitio de Abel Feu o trabajos académicos como el del propio Feu, parece que este poema de diecisiete sílabas empieza a consolidarse como una vertiente determinada dentro el inventario de posibilidades con las que cuenta el poeta en lengua española. Y ahí Cantizani se perfila como una referencia.

La segunda sección, “Lagos”, continúa por la senda orientalista tan del gusto del poeta, pero esta vez con tankas. Curiosamente, pese a los intentos de hispanoamericanos como Borges, el tanka –hasta donde uno conoce- no ha gozado entre los poetas españoles de la misma popularidad que el haiku, y uno se pregunta si no habrá aquí un equívoco: explicaciones históricas y filológicas aparte, creo que el resultado es mejor si se considera el haiku como un tanka que no ha necesitado de sus dos últimos versos para decir –o, al menos, sugerir- lo que tenía que decir que si se piensa el tanka como el desarrollo de un haiku que de otro modo resultaría insuficiente. En cualquier caso, me parece que o bien se cargan esos dos últimos versos de una sustancia especialmente interesante, una imagen que cambie todo el poema en el instante postrero, o el tanka languidece. De hecho, después de haber leído “Charcos” son pocos los tankas de “Lagos” que han logrado emocionarme. Los que mejor lumbre me han dado son los incluidos en la serie “Las 4 estaciones” -¿auto-homenaje?-, uno de los cuales reza: 

Brota una hierba
en el páramo seco.
Una tan sólo.
El universo alumbra
su blanca soledad.

La tercera y última sección, “Mares”, se aleja de la vertiente orientalista de Cantizani y recorre otros territorios. En ocasiones el tono lúdico, el juego verbal, siguen estando presentes, como en un par de caligramas de esta sección o en el poema “En tanto que tan poco”, que con un guiño metaliterario repasa un aspecto bastante transitado en la poesía española de los últimos treinta años: el humor y la voluntad de comunicación de los d’Ors, Salvago, Juaristi o de Cuenca, con una alusión a la “línea clara” auspiciada por este último, cuya obra tan bien conoce Cantizani, editor de Vamos a ser felices y otros poemas de humor y deshumor y autor de la introducción a la antología de poesía amorosa de De Cuenca publicada hace un año en Renacimiento. El anuncio de un cierto hastío, que reclama los legítimos placeres de la cultura pop, parece devolvernos al debate de hace algunos años sobre la noción de “cultura” –una idea excluyente de la haute culture- que parecemos reconocer implícitamente cuando hablamos de culturalismo.


En tanto que ya no me emociona Mozart,
ni Garcilaso,
ni el
carpe diem,
ni el
noctem
-me quedo con los Smashing Pumpkins,
Placebo, The Cure,
con Charlie Parker;
me quedo con el lado oscuro de la línea clara-
en tanto que prefiero a Miss Venezuela
antes que a la Victoria de Samotracia
porque me gustan las mujeres
con cabeza […]

“Mares” es, me parece, una sección desigual. Intenta construir poemas más discursivos, en heptasílabos, endecasílabos y alejandrinos blancos, que contrasten con el chispazo momentáneo de los haikus y las imágenes aisladas de los tankas, pero en algunos de los casos más ambiciosos no lo consigue, como en “El perfil más hermoso”, que sugiere un esbozo autobiográfico pero donde se percibe una cierta falta de naturalidad y donde la anécdota queda confusa. En otros casos casi parece que se trata de un apunte o nota de cuya elaboración podría salir un poema, más que de un poema propiamente dicho. Quizá uno de los que más me han gustado sea “Completar las cosas”, donde la voz e apaga y puede oírse el silencio. Otro, “El peso del orden”, en el que el poeta regresa a ese mundo mágico de convivencia con los niños y, mientras dispone en fila india las estampas repes / de los pokemon de Adriana, / pienso en el orden del mundo. Un gran salto de escala, pero justificado en la anécdota y siempre guardando fidelidad a ese mundo doméstico y pequeño, que desemboca en toda una cosmogonía: La arquitectura feliz del desorden moral / es un mosaico de teselas sin equilibrio. En fin, un libro disfrutable por momentos e interesante en muchas ocasiones, pero donde las dos primeras partes no casan del todo con la segunda y sugieren cierta improvisación: tal vez una colección de poemas sueltos, reunidos para la ocasión, más que un libro.

Gabriel Insausti