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La poesía acomplejada (Notas sobre teoría literaria y poesía española actual)

La teoría literaria sigue estando muy interesada en la poesía. Durante muchos años el lenguaje poético, como objeto de estudio, tuvo un protagonismo incuestionable. Sólo en el siglo XX, ya se lo apropiaron el formalismo, la estilística, el estructuralismo, los teóricos de la recepción, los neorretóricos (y me dejo unas cuantas corrientes en el camino).

A día de hoy, las preocupaciones de la teoría literaria respecto de la poesía han cambiado, y los aspectos lingüísticos, que tantos estudios recibieron por parte de formalistas y estructuralistas, han pasado a un segundo plano. Ahora interesan más cuestiones relativas al yo poético y a la posición que ocupa la poesía en la llamada posmodernidad.

Ambos aspectos van unidos. Se supone que la transformación del sujeto poético es un síntoma de que nos encontramos en una nueva época. ¿Pero podemos considerar este cambio como la aparición de la identidad posmoderna en nuestra poesía? Basta con pasear por la bibliografía al respecto para darnos cuenta de que no hay acuerdo ni en las fechas, ni en las características, ni en los contenidos de esta época y sus manifestaciones artísticas.

Para algunos autores como Vattimo, sólo podríamos hablar de posmodernidad si decidimos que desde hace más de un siglo estamos inmersos en esta época, o si consideramos que con este término estamos denominando, no una nueva etapa, sino la última fase de la modernidad. La posmodernidad es la constatación de que no se ha superado la modernidad.

Lo que sí es considerado como posmoderno es el análisis de la crisis del sujeto, y la poesía ha sido a lo largo de la historia una valiosa herramienta usada para la problematización del yo. Es habitual que ese yo sea  representado en su devenir, en su enfrentamiento con la realidad exterior y con sus propios sentimientos, aunque desde una perspectiva en la que ese sujeto ya está construido y se enfrenta a su entorno desde el estatismo que le proporciona el estar configurado de antemano.

El poeta busca respuestas sobre el yo construido en las relaciones con las personas más cercanas a él, en sus sentimientos: al fin y al cabo, la personalidad se crea a través de un proceso de identificación. Esta identificación no se produce sólo atendiendo a lo individual, sino que reconocerse como parte de un grupo y analizar y descubrir los hilos que unen a los otros es también una manera de acercarse al conocimiento de la propia identidad.

El sujeto posmoderno en poesía no es ni el artista romántico individualista, ni tampoco aquél que crea como parte de un conjunto social al que pertenece: el sujeto posmoderno es aquél que se cuestiona su existencia. En tanto que la personalidad es construida, mediatizada por el entorno, no existen para él puntos de anclaje, puesto que el mundo está en movimiento, en comunicación, en perpetuo cambio. La identidad queda conformada por innumerables discursos y, a su vez, es vigilada por más discursos. Si la vida posmoderna se ha convertido en narración, también la vida posee características narrativas, como la ficción.

Y la marginación del poeta ha cambiado. El poeta estaba marginado cuando se enfrentaba a la moral, a la escala de valores establecida, cuando decía lo que nadie se atrevía a decir. La marginación actual del poeta no viene dada por estas causas, sino por motivos de "utilidad", es decir, por el enfrentamiento entre la realización de actividades útiles, frente a aquellas que no lo son. Es la consecuencia de un mundo deshumanizado por la ciencia y la técnica, un mundo globalizado en el que la individualidad cada vez tiene menos importancia, y es sustituida por la estadística y la informática.

Por lo tanto, y es la conclusión que más nos interesa, en esta época posmoderna o "tardomoderna", como también se la llama ya, nos podemos encontrar con autores cuyo quehacer artístico puede considerarse posmoderno, y con otros que no recogen en sus escritos las manifestaciones básicas que nos permiten hablar de su identidad posmoderna, ya que sus intereses son otros.

No encontramos en general, en la poesía española de los últimos años, los rasgos típicos que caracterizan los escritos de los autores de conciencia posmoderna. Ni nihilismo ni puesta en escena de la supuesta desintegración del ser. Todo lo contrario. La búsqueda consciente y el encuentro de una tradición en la que reconocerse, y la presencia de unos valores ideológicos fuertemente consolidados hacen que los sujetos poéticos que nos encontramos en esta poesía no sean seres perdidos en un mundo incomprensible, sujetos que buscan una ética que les conduzca, que les permita quejarse del mundo que les ha tocado vivir.

En general, no existe la intención de problematizar la desintegración de la identidad, así como tampoco la de desafiar las ideas más extendidas sobre el tema. Además, en ningún momento se cuestiona la validez de la escritura como manera convincente de expresión de la situación actual la persona. Es esto lo que nos hace pensar que es difícil considerar efectivo el entronque de la poesía española actual con postulados posmodernos. Es la expresión inequívoca de la renuncia a la deconstrucción y, por lo tanto, a la creación de un personaje poético que deambule entre las ruinas de un mundo venido abajo.

Por supuesto, siempre hay muchas excepciones. Por ejemplo, tenemos la obra de Chantal Maillard. La malagueña de origen belga nos muestra en su obra unos caminos distintos, ciertamente cercanos a posturas posmodernas. Esta autora sí ha querido expresar en su literatura la crisis del sujeto moderno. En sus últimos libros encontramos un sujeto caracterizado por la ausencia de valores absolutos a los que acogerse, y por algo tan importante, para diferenciarlo del sujeto moderno, como es el dar la espalda a la razón y huir de las verdades que creemos establecer a través de ella. Lo único realmente cierto es que al ser humano le toca vivir una existencia que no ha elegido. Así, en la poesía posmoderna los detalles accesorios son importantes, ya que son portadores de los matices, de las contradicciones, y ayudan a ver lo que hay entre la luz y la oscuridad. Maillard es consciente de que para conseguirlo es necesario reconocerse como ser fragmentado, una parte de un todo que se intuye pero que no se ve, para sí aprehender la pluralidad que es la realidad. Pero no desde un punto de vista histórico, sino ontológico. En sus últimos libros, el sujeto aparece como un ser tan insignificante, que no se utiliza la primera persona en los poemas; es tan poco importante que ni siquiera es el centro de su propia vida. Siente un gran dolor, pero a nadie le importa nada ese dolor, ni por supuesto, el de los demás. Los poemas son, además, la constatación de lo inútil del lenguaje para expresar ese dolor.

La poesía posmoderna muestra la desintegración de los valores, muestra sujetos que no buscan ningún camino, porque saben que el estar perdido es un estado que no pueden evitar. La obra es la indagación en el ser y también la puesta en cuestión de la validez del hecho verbal para tal fin. El poeta ya no se siente como la persona que más se acerca a la verdad: no se cree en la experiencia estética como experiencia de verdad.
No creemos ser catastrofistas al afirmar que no encontramos esos rasgos en nuestra poesía. La posmodernidad es la época en la que asistimos al entierro de las utopías. No hay riesgo, porque no se cree que verdaderamente sirva de algo. Más que nunca la poesía está atada tanto por su propio complejo de inferioridad, como por la tiranía del mercado, que provoca que los que tienen un hueco en el panorama literario lo mantengan repitiendo los mismos formatos, y los que quieren llegar, en vez de arriesgar, imiten patrones demasiado usados. Pero sobre todo, entendemos ese complejo como la renuncia a la evolución; poesía acomplejada entendida como a-compleja.

                        Eugenio Maqueda Cuenca