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Antonio Jos´┐Ż Ponte

El lugar del poeta


La poesía del cubano Antonio José Ponte (Matanzas, 1964), aunque muy breve en extensión, nos hace vivir un mundo personalísimo, en el que la memoria del yo-poético, que vive y revive diversas experiencias (cotidianas o culturales, que para él son lo mismo), constituye la única fuente de conocimiento. En un mundo desordenado y sin horizonte fijo, la palabra poética de Ponte establece un punto de mira desde el que podemos orientar, al menos, nuestro futuro inmediato. Con una rica imaginación, pero con un lenguaje sobrio y de ritmos cambiantes, nada solemne, Ponte nos invita a viajar de un lugar a otro, de sorpresa en sorpresa, gracias al poder creador de su palabra. Sus libros poéticos hasta la fecha son: Trece poemas (1987), Naufragios (1988) y Poesía en miradero (1989). Su poesía hasta 1997 está recogida en el libro Asiento en las ruinas (La Habana, Letras Cubanas, 1997; reeditado en Sevilla, por Renacimiento, en 2005).

Como narrador,Best Replica Watches ha publicado las novelas Contrabando de sombras (Barcelona, Mondadori, 2002) y La fiesta vigilada (Barcelona, Anagrama, 2007), así como varias colecciones de cuentos, entre las que destaca Un arte de hacer ruinas y otros cuentos (México, Fondo de Cultura Económica, 2005).

También es ensayista, en el sentido más puro y literario de la palabra, con libros tan incitantes como Un seguidor de Montaigne mira La Habana y Las comidas profundas (publicados en un solo volumen por la madrileña editorial Verbum, en 2001). De gran interés histórico y literario son sus ensayos El abrigo de aire (Rosario, Argentina, Beatriz Viterbo, 2001), sobre las manipulaciones de la figura y la obra de José Martí por parte de la Revolución cubana, El libro perdido de los origenistas (México, Aldus, 2002) y, muy recientemente, Villa Marista en plata. Arte, política, nuevas tecnologías  (Madrid, Colibrí, 2010).

Desde 2007 reside en Madrid. Aquí hemos hablado de su poesía, de la poesía cubana, de José Martí y otras cuestiones literarias.

                   


Antes que nada se impone preguntar sobre la brevedad de tu escritura poética, que ha conseguido definir, no obstante, una voz de gran hondura y timbre propio. ¿Por qué es tan breve? ¿Y por qué publicaste tus tres primeros libros en años consecutivos?

También yo me hago esa pregunta de por qué tan pocos poemas. Me la he hecho en distintas tesituras, graves y ligeras. Y empiezo por aclarar el malentendido de esas fechas consecutivas de mis tres primeros libros: contienen poemas acumulados en años sin publicar. Por esa razón aparecieron un año detrás de otro. Pero llamarlos libros podría tomarse por una pretensión. Son, más bien, cuadernos de un libro. Y aquí salta una buena triquiñuela con la que consolarse de haber escrito poca poesía: la idea de escribir un libro único a lo largo de años, de décadas, de toda la vida… Una idea totalizadora que vale para encubrir carencias.

¿Se puede decir que al comienzo de tu vocación literaria te sentías poeta y sólo poeta, a juzgar por tu corta edad y por las fechas tan posteriores de tus incursiones en el ensayo y en la narrativa?

No, había escrito ya algo de narrativa, aunque sin publicarla. Y sabía que algo tendría que hacer con las admiraciones (y repulsiones) que me despertaban algunos autores y algunos libros.

¿Y cuál fue el hecho que determinó tu iniciación en la narrativa, más concretamente en esa novela de tanta profundidad psicológica y existencial que es Contrabando de sombras?

Había escrito y publicado cuentos. Había descubierto ya cuánto me gustaba hacer hablar a distintos personajes de un modo no demasiado alejado de las pobres conversaciones con que nos movemos a diario. Y debió estar en el origen de Contrabando de sombras ese gusto por el diálogo o por el hueco donde cabrían los diálogos.

De igual modo, en el origen de esa novela está un hecho histórico del cual leí noticias muy sucintas: el único auto de fe ocurrido en La Habana, la quema de unos amujerados. La novela gira, como sabes, alrededor del recuerdo contemporáneo de esa quema. Es, por tanto, la novela del fantasma de un auto de fe.

¿Puedes compatibilizar, en un mismo período de tu vida, la escritura de una novela con la de un poema?

Yes, I can. Algunos de mis poemas han empezado por ser anotaciones taquigráficas para capítulos de novela venideros. O apuntes para relatos por escribirse en tanto trabajo en una novela. Pero pasa también que esos relatos no llegan a escribirse nunca, salvo en el poema.

Centrándonos en tu poesía, ¿por qué planteas tantas veces la falta de un centro de atención vital, la ausencia de un orden que permita organizar las variadas y hasta contradictorias experiencias vitales? ¿Se trata de un rasgo epocal o de una característica de tu personal visión del mundo?

Creo que, si empecé desvelándome por un centro y un orden para lo que podría llamar (con pompa) realidad o vida o mundo, he llegado a comprender que esa aspiración a un centro y un orden atañe también al poema. De manera que toda esa inquietud es inquietud porque el poema cobre forma, salga, sirva de maqueta para construcciones mayores. El poema como maqueta del mundo.

En la literatura cubana se ha insistido demasiado en el cultivo y la conservación de unos rasgos que no desdigan lo nacional. Entre escritores y críticos han abundado los trabajos de guardafronteras. Y podría hablarse de una desesperación por la cubanía, del horror de quedar fuera, ya no del país, sino de su literatura
¿Cómo consigues que tus poemas arraiguen en la geografía real, cubana, donde has vivido tantos años y, a la vez, que posean una significación universal, alejada de todo localismo?

Cuando lidias con los preparativos de la narrativa, las prevenciones y cautelas necesarias para la poesía parecen poca cosa. No importa cuánto te alejes del realismo narrativo, no importa que no te desvele conocer en qué barrio y ciudad está enclavada la casa del protagonista o qué tierras se ven por la ventana o qué época transcurre… Quedarán siempre los problemas de la novela de la voz: ¿en cuáles términos habla?

La poesía, en cambio, permite un mayor grado de abstracción. Y no descuento de esto aquella poesía centrada en lo local, escrita en lengua local, casi doméstica, casi argot de familia. De la cual también me considero lector.

Por peticiones políticas de diversos signos, en la literatura cubana se ha insistido demasiado en el cultivo y la conservación de unos rasgos que no desdigan lo nacional. Entre escritores y críticos han abundado los trabajos de guardafronteras. Y podría hablarse de una desesperación por la cubanía, del horror de quedar fuera, ya no del país, sino de su literatura.

Sin embargo, la lección de los exilios debería enseñar algo bien distinto. Y ni siquiera la de los exilios: la lección de la mesa de noche de cada escritor, dondequiera que éste se encuentre. Porque no habría más que inspeccionar la pila de libros acumulándose junto a su lámpara de lectura. ¿Existen en ella sólo libros de compatriotas y estudios sobre la patria? Supongo que no. Y en mi caso nunca ha sido así.

¿Crees que si te hubieras criado y madurado fuera de Cuba hubieras escrito una poesía diferente? ¿Hasta qué punto influye el lugar del poeta en su escritura? Me refiero, lógicamente, a tu caso personal.

Esta pregunta implica una escenificación de The Jolly Corner, el cuento de Henry James donde el protagonista que ha dejado New York para irse al extranjero regresa y se enfrenta al fantasma de quién habría sido en caso de quedarse allí. La pregunta, ya que hablamos de fantasmas, es por el genio del lugar. ¿Cuánta locuacidad brindan determinadas calles? ¿Qué tan agudo puede ser el pensamiento a la sombra de ciertos árboles?

Esta cuestión, que atañe a todos (en uno de sus pensamientos, Pascal reprocha a la humanidad su falta de asentamiento), se hace más punzante cuando la bifurcación se abre en dictadura o exilio, que es mi caso personal. La pregunta deja de interesarse entonces por lo decisivo que habría sido escribir en tal o cual lugar, y se radicaliza hasta el punto de preguntar si acaso, de haber vivido en otro sitio, se habría escrito.

Yo la he escuchado así, tan radicalmente, a gente del exilio refiriéndose a quienes viven en Cuba (la escuchaba en mis viajes al extranjero, mientras residía en La Habana), y dentro del país refiriéndose a escritores del exilio. Las figuras gemelas del cuento de James se han hecho, así, excluyentes políticos. Una superstición declara que nada frutece dentro de una dictadura, y la superstición antípoda condena a repetición y retórica nostálgica a cuanto se haga fuera del país natal.

Como ves, la pregunta puede hacerse endiablada. No es precisamente la del escritor que busca el mejor rincón, el más feliz, para plantar su mesa de trabajo.

¿Y por qué crees que es tan brillante la tradición literaria cubana? Sin menosprecio para los países cercanos, sólo el siglo XX constituye una edad de oro en la literatura de Cuba, que no tiene nada que envidiar a otras naciones.

Ah, una averiguación como para desenvolverla en una comilona entre cubanos. Desenvolverla como se desenvuelve un tamal, despojándola del envoltorio de hojas de maíz e hincándole el diente a la masa de maíz hasta dar con la perla de esa ostra: el chicharrón o el pedacito de puerco que el tamal esconde. Y vengan y vengan cervezas para la borracherra nacionalista que una pregunta así impone. Que se escuchen gritos por las jugadas trancadas del dominó, y que el volumen de la música suba cada vez más hasta hacerse, además de estereofónico, estentóreo. (Música que nos hará descubrir enseguida que la literatura del país es arte de segunda comparado con la música cubana.)

Voy a ser rápido en la contestación con tal de regresar a la tamalada, a la cerveza que suda y al chisme entre cubanos congregados: esa tradición tan brillante puede haber ocurrido por feng shui. Por la ubicación de la isla en un cruce de vientos y caminos: Cuba caravansary. Lo cual, traducido del persa, significa: Cuba, palacio de las caravanas.

¿Qué piensas, a día de hoy, de esa "teleología insular" que formularan Lezama Lima y desarrollaran muchos de sus seguidores? ¿Crees que la Isla tiene un destino minuciosamente definido por su naturaleza y su tradición cultural, o bien su progreso está abierto a posibilidades de desarrollo muy diferentes entre sí?

Un Lezama Lima veintiañero en diálogo con Juan Ramón Jiménez dio muestras ya de querer darle un destino a la isla en que vivía. Pocos años más tarde, en una carta que le escribe a Cintio Vitier, comenta el deber que ambos tendrían por delante: la fundación de una Teleología Insular.

Creo que Lezama Lima se tomaba el asunto medio en broma, medio en serio. Pero Vitier, cuyo sentido del humor no aparece por toda su obra, no pudo menos que tomárselo como un deber patriótico. Como si del servicio militar obligatorio se tratara.

No tenemos tiempo aquí para aclarar cuánta autoría cabe a Lezama Lima y cuánta a Vitier en lo de la Teleología Insular. Lo cierto es que ésta vino a coincidir, una vez derrumbado el Muro de Berlín, con la propaganda del régimen de Fidel Castro. Sus miras nacionalistas, su obsesión por la excepcionalidad cubana, sirvieron de coartada a la dictadura revolucionaria. Hasta entonces, la revolución cubana se consideraba victoriosa por internacionalista, por compartir la doctrina marxista-leninista. Disipado el imperio soviético, empezó a considerarse victoriosa a fuerza de idiosincrática, de nacionalista. Menos Marx y más Martí en la sopa.

Esa fue una fiesta que los teleólogos nacionalistas no podían perderse. Así que, muerto Lezama (y desencantado del régimen revolucionario en sus años finales de censura), ofició Vitier. Y se encargó de tergiversar e ignorar a conveniencia el legado lezamiano.
En cuanto a un riguroso código genético para la isla, me temo que de creer en él quedarían desautorizadas las décadas sovietizantes que el país vivió. Porque, ¿dónde estaba el anuncio, en la historia cubana anterior, de tanta proximidad a Moscú? No, no, todo ocurrió bastante impredeciblemente. Y lo más impredecible falta todavía.

De todos los escritores reunidos en torno a la revista Orígenes, Lezama es el único escritor de genio. Y, una vez aceptado esto, que se haga cargo el lector de su obra de todas las incorrecciones, saltos sintácticos y citas erradas que encontrará por el camino
¿Qué hay del grupo Orígenes como movimiento literario, como grupo de escritores con rasgos comunes? ¿Y realmente era Lezama el mejor escritor del grupo?

Como Sur en Buenos Aires o Vuelta (y antes Plural) en México, Orígenes es un puñado de escritores de los cuales hemos leído libros y a los cuales, hojeando tanto tiempo después los números de la revista, encontramos en sus páginas y reconocemos. Ahí están, en foto de grupo y casi siempre jóvenes, los autores de unos libros queridos.

Orígenes es también, como lo fueron Sur y Vuelta y Revista de Occidente, un montón de recomendaciones de lectura, maneras regaladas de leer. ¿Qué mejor manera de acceder a Wallace Stevens que a través de su correspondencia con José Rodríguez Feo, el co-director de Orígenes, recogida en un volumen: Secretaries of the Moon?

Es como tropezarse con Stevens en Obispo, la calle de librerías que recorrían Lezama Lima y los otros origenistas. (Mucho antes de esa correspondencia, en 1923, Wallace Stevens pasó un fin de semana en La Habana. Se aburrió muchísimo, le escribió una carta a su esposa acerca de ese aburrimiento y sacó un poema del viaje. Sin embargo, su mejor poema habanero vendría después, dedicado a Rodríguez Feo, donde puede leerse esta pregunta: "¿Es La Habana lunar la Cuba esencial?".)

En 1946, dos años después de la fundación de Orígenes, Virgilio Piñera es presentado en Buenos Aires a Witold Gombrowicz. Van a reunirse mucho en el café Rex, Piñera va a acometer junto a otros amigos la traducción al español de Ferdydurke, Gombrowicz lo nombrará "Jefe del Ferdydurkismo Sudamericano". ¿Qué mejor modo de llegar al escritor polaco que a través de un Virgilio compatriota?

Pero, además de figuras de otras literaturas y hacedores de la revista, Orígenes brinda una tradición nacional, un canon. Un ensayo como Lo cubano en la poesía de Cintio Vitier o una antología de la poesía cubana como la que hiciera Lezama Lima en tres volúmenes forjan poderosamente ese canon. Se trata de un canon sumamente discutible. Por exclusivo, por centrado en la poesía con descuido de otros géneros… Orígenes es también la discusión de un canon.

En cuanto a la pregunta por el mejor escritor del grupo, ¿qué significa mejor escritor? ¿Cruzar una línea antes que otros? ¿Dar el salto más alto? ¿Noquear de un guantazo al rival que le pongan delante?

Me preguntas si Lezama era realmente el mejor escritor del grupo. ¿Realmente? El adverbio hace aún más dudosa tal suposición. Bueno, digamos que, de todos los escritores reunidos en torno a la revista Orígenes, él es el único escritor de genio. Y, una vez aceptado esto, que se haga cargo el lector de su obra de todas las incorrecciones, saltos sintácticos y citas erradas que encontrará por el camino.

A propósito de tu libro El abrigo de aire, ¿crees que la figura y la obra de José Martí ha sido desfigurada sólo a partir de la revolución castrista? Lo digo porque, en nombre de Martí, se han acometido en Cuba —o en favor de Cuba— proyectos políticos y culturales muy diversos y hasta contrarios.

Si no recuerdo mal, en algún momento de El abrigo de aire escribí que Martí ha servido para proyectos diversos y antagónicos. En un ensayo posterior, José Martí: historia de una bofetada (puede verse aquí), procuré establecer una genealogía de esas tergiversaciones. La revolución liderada por Fidel Castro es uno más entre los avatares del fenómeno, aunque sea su avatar más decisivo, dada la relación que establece entre violencia y martianismo.

Curiosamente, el origen de esa relación puede encontrarse entre las filas comunistas. En 1926, al año siguiente de la fundación del Partido Comunista de Cuba, uno de sus militantes más conspicuos, Julio Antonio Mella, escribió: "Es necesario dar un alto y, si no quieren obedecer, un bofetón a tanto canalla, tanto mercachifle, tanto patriota, tanto adulón, tanto hipócrita… que escribe o habla sobre José Martí".

No había existido antes, hasta donde yo sé, un Martí como arma arrojadiza. Bofetón y doctrina, es esto lo que particulariza al martianismo del régimen revolucionario. 

Y, hoy por hoy, ¿observas algunos rasgos comunes entre los poetas cubanos que viven en la Isla y los que residís en el extranjero?

Con los poetas (no así con ensayistas y narradores) no hago diferenciaciones por orillas de residencia. Confieso, sin embargo,replica watches lo difícil de mantenerme al tanto de cuanto se publica. Porque, al cuasi clandestinaje de la poesía en cualquier sitio, en el caso cubano viene a sumarse la cerrazón del país y la dispersión del exilio. Pese a todo ello, cuando me llega el libro de un poeta lejano (y lo que más lejos me queda es mi país) Tu Fu visita de nuevo a su viejo amigo Wei Pa. Beben vino y el vino se acaba, salen Tu Fu y Wei Pa bajo la lluvia a cortar cebollas tiernas que comen. Brindan y brindan sin emborracharse. Beben, según el Tu Fu que leo en Kenneth Rexroth, en copas de cuernos de rinoceronte. Se quieren como se querían siendo colegiales. No importa que al otro día vuelvan a  interponerse entre ellos las montañas y (aquí cito de memoria la traducción) "the endless, oblivious business of the world". 

               
Carlos Javier Morales