Poesía Digital

Rafael Antúnez Arce

La poesía de Rafael Antúnez Arce (Córdoba, 1975) está llena de una imaginación de vivo impacto sensorial, que en algunos momentos, como en su libro Nada que decir, alcanza un poder visionario muy conmovedor.

Hasta ahora, y pesar de la evolución que se efectúa en su obra poética desde su primer libro, Antúnez Arce ha sabido encontrar en todos los elementos visibles del mundo
tanto en su dimensión cósmica como en el horizonte cotidiano las huellas de una armonía secreta del hombre consigo mismo, con los demás y con el Universo en su conjunto; una armonía que la culpa se encarga de romper una vez y otra, y que el individuo ha de reconquistar continuamente, obligado a una incesante lucha moral, la cual se verifica en todos los ámbitos de su existencia, con especial replicas relojes suizos referencia a la dimensión erótica.

Rafael Antúnez Arce ha publicado hasta ahora los siguientes poemarios: Las sílabas que son de tu mirada (Ediciones del Minotauro, Córdoba 1997), La batalla de la luz (Editorial Follas Novas, Santiago de Compostela, 2001), con el que ganó el Accésit del premio Rosalía de Castro; Nada que decir (Ediciones Rialp, Madrid, 2002), que obtuvo el Accésit del premio Adonais de 2001, y Los nombres de Helena (Editorial Renacimiento, Sevilla, 2006).

 

 


1

No sé por qué estoy aquí. Y sin embargo los gestos se entregan a la mirada habitual del tiempo: la preocupación, las prisas, el miedo a quedar bajo la noche. No hay nada extraño. Ni siquiera habitar un espacio tan frágil en una masa esférica del universo.

Las horas, el deseo como un residuo flotando sobre la nada, la voz del hombre convertida en alarido horrible bajo la música.

¿Qué es la música?

En mi sillón se acumulan cenizas, repito cada madrugada, camino sin orientación; las manchas del dolor son profundas.

Sácame de este laberinto que soy, repetida en mí la mecánica celeste. Extrae lo que es tuyo y reúnelo contigo. He comprado unos billetes para casa, pero el autobús no acaba de llegar. Tecleo estas palabras. Tecléame la vida a las nueve en punto. Necesito despertar.

2

En la lejanía hay una casa de ladrillos rojos. Un seto, un viejo árbol con unos dientes de cerdo clavados en su corteza. Yo también quiero vivir allí. Ver cuándo cambian las estaciones y los campos mudan. Esa casa imaginaria, donde la mente cambia de tono según se transforma su amor.

Mi habitación podría ser cualquiera; mientras, la rama me avisa, y me vuelvo y no la veo. Estoy ciego, por eso busco la raíz de lo invisible en la carnalidad aparente. Algo me llama, las gaviotas con sus agónicos chillidos, una huella de mis labios colgando de sus alas. Casi las había atrapado, el sueño era hermoso, y una muchacha rubia sonreía, con sus manos transparentes como mi voz, empotrada en un muro transparente también, pugnando por salir.

3

Por la ventana escucho los grillos. Hace días que no salgo de aquí. Leo una página, y luego otra. Me estoy entrenando para las olimpiadas. Cuando mi cabeza es incapaz de absorber más, abro el libro y me inoculo la morfina de la historia. Sin embargo sé que esto nada tiene que ver con la mansedumbre. Un desvío para la ansiedad antes de que llegue al islote. ¿Saben su significado los grillos? Su música desvanece como un torrente impetuoso.

Sí, debes saberlo: estoy cansado de mi individualidad. No reafirmo. Opérame esas intenciones que no sobreviven más de dos segundos. Mándame un pasaje a donde no alcance el látigo de la sombra, y abrocharse la camisa sea una cuestión de estado. Puede ser este mismo lugar.