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Por el monte la sardina, tralará

José Corredor-Matheos, Un pez que va por el jardín, Tusquets, Barcelona, 2007.

De José Corredor-Matheos (Alcázar de San Juan, Ciudad Real, 1929) destacan su fidelidad a su obra y la depuración constante de sí mismo, por usar la ajustada expresión de Juan Ramón Jiménez. A lo largo de su trayectoria no ha dejado de mirar por el rabillo del ojo a la poesía china y japonesa: recordemos su Carta a Li-Po, de 1975. Se le puede considerar, por tanto, un precursor del interés por lo oriental en la poesía española de hoy. La solapa de Un pez que va por el jardín nos informa de que, a partir de El don de la ignorancia (2004, y Premio Nacional de Poesía 2005) Corredor-Matheos “explora formas más enunciativas, poemas algo más extensos” que los de su etapa anterior, dada al apunte. Sin embargo, mantiene su interés por el budismo y el taoísmo, matiza la solapa y se comprueba enseguida.

También comprobamos sin dilación y con alivio que su gusto por el Oriente no le ha llevado a descuidar el verso castellano. Sus poemas suenan bien, en un metro corto, insistentemente heptasílabo, que consigue una tenue musicalidad, sin alardes, como de canción tarareada en voz baja.

TENDIDO aquí en la arena
mientras veo volar
las gaviotas
me pregunto: ¿y el mar,
sabrá volar el mar?

Como el verso, la estructura del poemario está muy trabajada. Se divide en siete partes, de más o menos siete poemas cada una. De hecho, el conjunto suma cuarenta y nueve piezas. Todo parece indicar que se ha buscado un equilibrio discreto hasta en los mínimos detalles. Las partes, sin títulos, sólo numeradas, se organizan según un criterio aproximadamente temático. La primera versa sobre la iluminación producida en algunos instantes trascendidos; la siguiente, es la sección metapoética. La tercera son poemas sobre el arte, no tan logrados como los anteriores, quizá por lo que el mismo poeta explica ante un bodegón de Juan van der Hamen: Y expresas tu emoción / con la palabra / siempre tan engañosa (p. 57). El cuarto apartado recoge poemas extasiados y contemplativos, que en sus mejores momentos traen al recuerdo la poesía franciscana de José Jiménez Lozano. Y hay un hermoso casi haiku:

SALIR del tren y verme
abrazar los olivos,
desde el tren que se aleja.

En el quinto apartado, el tema es el otoño. Al lector no le cuesta trabajo descorrer los velos que tiende el pudoroso Corredor-Matheos, y descubrir en esa estación del año un correlato objetivo muy sentido de la edad del poeta. Siguiendo el hilo, la sexta parte nos habla de la disolución y la muerte, recurriendo a la imagen de la noche y las sombras. Un José Corredor-Matheos que escribe: Los muertos no te ven / como tú no los ves, / pero ellos te sienten, / como los sientes tú, ¿habrá leído al José Mateos de Canciones? Por último, en la séptima parte, se nos habla de un regreso al todo, donde se recogen y concluyen los pensamientos panteístas que habían ido apareciendo a lo largo del poemario.

A pesar de que el poeta hace gala de cierta coquetería de la ignorancia, hay una idea —bien intelectual y filosófica— que sostiene al libro: la de la identificación de todo con todo. Si la poesía tiene, como explicaba Octavio Paz, dos alas, que son la analogía y la ironía, Corredor-Matheos se apoya en la primera, que Paz definía así: “Analogía: transparencia universal: en esto ver aquello”. Excepcionalmente se permite alguna leve ironía y entonces el poema coge otro vuelo. Relativizada, la identificación se vuelve más verosímil:

[...]
¿Qué es lo que sabe el perro,
que adivino de pronto,
y me llena de paz?
Me he levantado ahora,
y bajo, muy bajito,
que nadie pueda oírme,
he empezado a ladrar,
ladrar, agradecido.

Tiene razón el poeta al preferir la analogía, desde luego, porque es el gran instrumento expresivo de una cosmovisión panteísta como la suya. Lo malo es que a veces la convierte en método para escribir poemas y debería ser imagen imprevista, regalo de la inspiración. Hay ejemplos de analogías amasadas a bulto (Yo soy un pez, un pez / que va por el jardín, / tan libre como un árbol. / Y soy también un árbol, / que tiene sus raíces / en el cielo, / como un pájaro. / Soy un pájaro, un pájaro / [...]), que nos retrotraen al mundo de las canciones infantiles o de la nonsense poetry. Y no creo que ésa fuese la intención del poeta, poco inclinado al humorismo.

Ahora bien, además de esas tiradas analogizantes, encontramos lo que importa: visiones vividamente poéticas y, por tanto, iluminadoras. Gracias a ellas, la lectura de Un pez que va por el jardín acaba convirtiéndose en una experiencia auténtica y emocionada:

¿QUÉ ha sido de aquel sauce
que había en mi jardín
y despertaba el verde
de mis hojas,
y qué ha sido también
de aquel que era yo
cuando todas mis hojas
eran verdes?
A veces creo oír
que aquel sauce pronuncia
mi nombre algunas noches
y lo siento en la savia
de mis venas.
¿Y él, podrá oírme
si leo este poema?
¿Lo sentirá en la sangre
que corre por su tronco
y por sus ramas?
Hay algo que me dice
que ni el sauce ni nada
de lo que fuera mío
he de considerarlo
perdido para siempre.

Enrique García-Máiquez










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