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Equilibrismos en la teoría de cuerdas

Vicente Luis Mora, Tiempo, Pre-Textos, Valencia, 93 pp., 2009

A estas alturas del partido que tanto lleva jugando la crítica literaria, definir un libro como un viaje es una estupidez del mismo calibre que comparar la belleza de una mujer con la de una flor. Ahora bien, puede ocurrir que la mujer se llame Rosa, sus mejillas sean de homónimo color y su familia y amigos tan originales que nadie nunca le ha dicho lo obvio. La metáfora de la flor se reinventa, bebe del tópico y juega con él, como si la realidad pusiera en bandeja el arte de pintar algo nuevo sobre el cuadro de otro. Vicente Luis Mora aerografía con Tiempo el viaje de otro, y el graffiti que deja es blanco.

Si uno viaja solo es que busca algo. Si uno viaja solo al desierto es que se busca a sí mismo (un sintiente / en busca / de un sentido). Pero la situación no es la de la ida iniciática, la voz que avanza por el libro poco tiene que ver con el adolescente que se frota por primera vez los ojos y piensa en el por qué y el a dónde. Parece que no hay nada, / pero hay lo más importante: / espacio, tiempo, luz, silencio. / Con eso se hacen / las eternidades. Estas reflexiones no son tanto las de un Bilbo que sale por primera vez de La Comarca a vivir aventuras como las del otro Bilbo que tiempo después regresa a Rivendel. La mirada sigue siendo limpia (Pero este libro es joven. // Tiene / casi todas las páginas // a su derecha), pero los ojos ya no son tan blancos.

Avanzar por Tiempo es intuir una colección de ilustraciones que el autor ha omitido. Ante la imagen del minúsculo insecto que sube agotadoramente la ladera de una huella, apetece imaginar con qué dibujos el autor de novelas gráficas Craig Thompson (Blankets, 2003) la habría plasmado. Parece que la voz de este libro se fue al desierto con un cuaderno y un bolígrafo a dibujar con las palabras. Y esa idea se refuerza gracias a la propia disposición gráfica del libro, que distribuye los versos, la prosa o los hallazgos de esta búsqueda como si fueran anotaciones de cuaderno. Así, en "[fotografía aérea]", Recuerdo la imagen persa: / de pie, / sobre estas arenas, / desde el cielo / debo parecer / un lunar en el rostro / de una virgen. En otros fragmentos se acerca al caligrama hasta semejar las mismas huellas que nombra. El conjunto simula el trazado de un paseante que se mueve sin punto de origen ni de destino. Una bitácora desordenadamente clara.

El desierto, como el tiempo, no funciona únicamente de eje intencional del libro. Es también un locus, terrible y hermoso. Subí a la duna más alta / y sobre ella no había nada / más que la visión / de otra más alta duna / y a ella subí y nada sobre ella / más que la visión de otra / duna más alta / a la que subir. Un espacio inagotable, capaz de crear ilusiones (Engaño a los pájaros / que pasan por encima / con espejos. / Piensan que el reflejo / es un oasis.) La naturaleza se vuelve un elemento perturbador por su exactitud cuando se entiende que ese desierto es totalmente distinto a los demás y sin embargo todos sus granos son idénticos: ni un grano azul // ni un grano negro // da un poco que pensar / el hecho de que sea el caos // tan cuidadoso.

El libro se abre con  una nota, a modo de prefacio, escrita en Alamogordo, que concluye con una verdad: Lo único imperfecto, sobrante y desvalido en el desierto somos nosotros. Sobre esta idea planea una obsesión por los versos: el final. Ahora, vive. / No pienses en la tierra / que te queda por pisar, / el número de pasos / hasta el último. El desierto parece no acabar nunca, como un libro o una vida. De ahí ese afán por presentar el futuro, la arena sobre la que aún no se han dejado huellas (Espacio en blanco / por delante). El paralelismo con la creación en lo metapoético: Un libro es un scroll / horizontal / un camino del que ves el término / desde el nacimiento / una esperanza al este / un porvenir / elegible / renunciable // perfecto.

Tan centrado —tan concentrado— como está el libro en torno al tiempo, a cómo se ve su transcurso en el desierto, tan claras como son estas metáforas (que conviven en el reloj de arena), Tiempo no se limita a los acertijos existenciales, al tempus fugit o lo caprichosa que es la esencia del ser humano. Que sea el escenario un desierto, plagado de granos, de partículas semejantes y pequeñas es un ardid: no son los puntos los que construyen la realidad, sino sus vibraciones. Esto, que tiene mucho que ver con la primera teoría de cuerdas de Scherk y Schwuarz, supone que el único modo de estar no es el del movimiento tridimensional: la vibración, como un lazo, puede oscilar. En el desierto, como un cuadro de puntillismo impresionista, está también lo que parece no estar, aquello que oscila. La preocupación por un lugar continuamente nuevo, que se reinventa en cada combinación de granos (nadie puede / pisar dos veces / la misma arena, / nadie estuvo / en el mismo lugar / en el que estás) no difiere de la del deseo de desalienación, como si la perfecta semejanza se extrapolara a lo indistinguibles que son unas personas de otras.

Lo que ocurrió, lo que pasará: todo existe en un desierto en el que parece no existir nada y en el que la única para quien existir es un reto es la voz del poeta. Al comenzar el libro –del que en un momento  se advierte que se ha empezado al revés, puesto que el título es el final-, a través de una mención a Heisenberg, el autor plantea que al mismo tiempo no se puede saber el lugar dónde están las partículas y su dirección. Sé dónde estoy / así que no puedo // saber // dónde voy // Vaya donde vaya // estoy perdido. Y aunque a lo largo del libro —que es un poemario y un ensayo y, sobre todo, un cuaderno— se apuesta por el modo de existir en planos que no se aprecian, dar fe de aquello que no se ve sin necesidad de esoterismos, al final el único modo de abandonar el libro es desde lo fragmentario. El reloj de arena que espera a darle paso a otro inicio, que justifica el ciclo sin importarle que nos quedemos solos.


Sofía Castañón









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