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Mundo Natural

Andrés Sánchez Robayna y Antoni Tápies, Sobre una confidencia del mar griego (precedido de Correspondencias), Huerga y Fierro Editores, Madrid, 2005.

En este volumen el lector puede sumergirse serenamente en el peculiar mundo poético de Andrés Sánchez Robayna, quien, desde Palmas sobre la losa fría (1989), ha ido expandiendo su palabra en poemas más extensos y explícitos que los de su ciclo inicial. No se trata tanto de una nueva visión del mundo como de un deseo de reflexión que funde canto y pensamiento donde antes sólo había pura (aunque intensa) percepción sensorial. Así lo ha seguido practicando en libros tan significativos como Fuego blanco (1992), Sobre una piedra extrema (1995) o El libro, tras la duna (2002).

Correspondencias, la entrega inicial de este volumen, está compuesta por doce poemas inspirados en motivos diversos, que permiten al autor plasmar su personal concepción del mundo a través de una notable variedad de vivencias. Sobre una confidencia del mar griego reúne, a continuación, veinte composiciones que relatan muy personalmente un viaje del yo-poético por las islas de Grecia, de manera que aquellas escenas de tema vario ahora se ven iluminadas por un marco geográfico más concreto y estable, más mítico también. En una y otra colección asistimos al deseo continuo del yo-poético por encontrar a las acciones humanas el significado trascendente y sagrado que él contempla en los acontecimientos de la Naturaleza, intentando superar cualquier banalización de la existencia humana y, por supuesto, cualquier suerte de nihilismo. Para ello la mirada del yo-poético se centra en la armonía del espectáculo natural (el sol, el cielo, el mar, la playa...), y así contempla entusiasmado cómo su continuo dinamismo se renueva una y otra vez con la misma perfección. El hombre, cuya vida, a primera vista, parece destinada a la caducidad y al olvido, ha de tener un lugar en esa Unidad divina del Mundo natural (el monismo panteísta del poeta recorre todo el volumen y, curiosamente, se hace muy explícito en los poemas primero y último). Refiriéndose a un  almendro, concluye el primer texto: Verás los brotes pobres/ en lo negro, desnudos./ Verás ramas y tallos/ en los brazos del Uno (p. 9).

En todo el libro late ese deseo humano, de toda la especie, por sobrevivir junto al Mundo natural, eterno y divino; pero, más que la penosa búsqueda de la eterna permanencia de nuestro ser y de la Humanidad entera, lo que en estos poemas se ofrece es el gozoso encuentro, la comunión entre las obras humanas y la divina Naturaleza, reiterado en distintas experiencias y en diversos paisajes. No existe, pues, diferencia entre la historia natural, la historia de las civilizaciones (historia humana) y la eternidad. Sólo hay una Historia: la historia de lo Uno que se manifiesta en la Naturaleza y en todos y cada uno de los hombres. Según una mentalidad hegeliana, aunque con una sensibilidad simbolista, el poeta siente que su historia es la historia de todos y de todo el Cosmos. El arte (y el arte griego antiguo aquí lo testimonia) es una prueba de que el espíritu del hombre puede seguir vivo a través de los siglos: Todas viven aún, las madres de los héroes, las islas,/ leíste, y los signos, las aguas,/ los olivos solares, el ocaso/ en la caldera hundida,/ se abrieron a tus ojos como/ una constancia: la presencia/ pura (...) (p. 65). Espíritu humano, Arte, Naturaleza y Dios fundidos en un armónico Uno. En esa armonía encuentra sentido (aunque secretamente) el dolor humano, el cual, por lastimoso que resulte, servirá como lección memorable sobre la maldad humana que debemos repudiar y el espectáculo del mundo que siempre nos consuela ante tanta ruindad (léase, por ejemplo, el poema inspirado en los sanguinarios atentados del 11 de marzo en Madrid, en pág. 25).

A tal visión del mundo, que se deja sentir a cualquier lector atento (esté o no de acuerdo con los principios intelectuales de esta cosmología panteísta), corresponde una palabra más fluida y expansiva que la del primer Sánchez Robayna, pero siempre económica y sobriamente modulada, como si de una sencilla oración se tratase. En ella, para representarnos la maravilla de la comunión entre Hombre y Naturaleza, el poeta hace uso de unas pocas imágenes y de unos cuantos colores de intensa significación, que contribuyen, con su sencillez, a presentarnos un paisaje despejado, serenamente límpido. Esa sensación de estatismo se intensifica mediante el empleo de la estructura nominal, con escasez de verbos en forma personal y proliferación de sustantivos y adjetivos que otorgan al poema una ritmo demorado y solemne.

Los dibujos de Antoni Tàpies, que ilustran muchas páginas del volumen, se adecuan con acierto y perfección a la emoción de comunión gozosa del poeta. Así, la reproducción de huellas dactilares y de otros miembros humanos junto a líneas que evocan esquemáticamente elementos paisajísticos o mensajes escritos hablan muy bien de esa correspondencia entre Hombre, Palabra, Arte y Naturaleza. Que el mundo es divino necesitas saberlo, si quieres comprender/ las palabras que el mar está diciéndote (p. 45).

     
      Carlos Javier Morales










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