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Cuando el verso es noche, y es habitación

Fernando Beltrán, Donde nadie me llama (Poesía 1980 – 2010), Hiperión, Madrid, 376 pp., 2011

Están por todas partes. Acusando con el dedo a quienes destruyen el lenguaje. Dicen que la lengua se ensucia, se estropea. Están por todas partes para hablar de una epidemia que no se alcanza a entender y, sin embargo, son ellos los que desgastan muchas palabras. Usándolas sin entenderlas. Cansándolas, sin dejarlas ser. Los que sólo conciben un modo de comunión, una manera de compadecer, un cuarto sin más por habitación. Por eso, por este masticar sin sentir y por este ruido de reivindicaciones absurdas, resultan tan necesarios libros como Donde nadie me llama, el volumen que recoge la obra poética de Fernando Beltrán.

El lenguaje en la poesía de Beltrán es un mapa indiscreto. Aparece por rincones que creíamos conocer y se entromete, revuelve y nos descubre significados latentes que no mirábamos. Una copa de vino / apenas sostenida / por un hilo de sed, // así el amor. Y así el verso de Fernando Beltrán, en el que la noche, además de vivirse, se habita. Como en una realidad alternativa, con un tiempo más denso, están los poemas de Bar Adentro, publicados por primera vez por El Barco Ebrio en una edición acompañada de ilustraciones de diferentes artistas y que ahora vuelven a la barra libre del libro en Donde nadie me llama. La noche se camina y, como abre esta antología a través de Neruda, "de tanto amar y andar salen libros".

Treinta años de poemas militantemente vividos. Treinta años en los que han pasado las vidas y las guerras, y como si en el fondo no fuera eso siempre de lo que se habla, de una batalla diaria. La del excelente poema "La canción del mendigo": yo en hamburgo también casa y familia pero venir aquí / pasar un tiempo lejos sol calor la gente hermoso / pero miedo mucho miedo toreros en plaza pero aquí miedo / a simple flauta hermoso gente buena ser lo mejor de españa / porras jamón tortilla ese elle español qué difícil de patatas. La del miedo sentado frente al mar, mirando jugar a sus hijas con los mismos ojos con los que ha visto la pierna amputada de Vahida Hasanovic (Esta vieja obsesión / de sufrir por los hijos que no sufren.) La del relevo en el mundo, el testigo que observa pero también el que se recoge, la de sentirse nexo entre dos puntos que existen, entenderlo y aceptar lo que supone, responsabilidad y alegría a partes iguales (Uso por vez primera sus zapatos. // Me hacen daño al andar. // Sonrío. // Todo sigue como antes).

A la discusión que sólo interesa a los poetas, esa de si escribir libros o escribir poemas —de si una visión de conjunto o una colección de imágenes dispar—, Beltrán responde como el niño que sabe que los cuestionarios no sirven para nada. Si A o si B y el dice Sí. Sin más, escribe poemas y escribe libros. Hay nexos y hay motivos para cada verso que no precisan de un contexto mayor. Quizás porque la voluntad o el compromiso de contar y compartir se notan en la lectura. Por ese modo en el que lo que uno cree importante sabe hacerlo importante. El poeta de Aquellarre en Madrid sigue en El corazón no muere o en El Gallo de Bagdad, pero el caminar (el amar las ciudades y sus mundos) cambia la orografía de los pies. El poeta sigue en esa actitud rebelde, y ya que tanto se habla (que tanto hablamos) de poesía joven —y si es que es posible una poesía anciana, por contraste— tiene el sentir de un adolescente en tanto que los enlaces sinápticos están en una feria de atracciones. Todo lo sienten. Todo lo quieren entender. Todo necesitan contarlo. Aunque todo sea cualquier cosa. Y cuando todo no es nunca una cosa cualquiera (y aquel perro / que me mordió una pierna / y era la de apoyar la vida / que vendría después).

En el atento prólogo de Donde nadie me llama el crítico Leopoldo Sánchez Torre apunta que Esta casa es contigo, último verso de esta recopilación de poemas de 1980 a 2010, podría haber sido un buen título, y es cierto. "La poesía es la casa que el poeta abre para la entrada cómplice —no necesariamente cómoda o complaciente— del lector, una casa prestada". Una casa en préstamo. Un paseo. Una noche perenne. Fernando Beltrán se escrivive y por eso la honestidad del poeta es real, dolorosamente bello: La hija del dragón es una espina / tan clavada a mí mismo / que ella siente el dolor, / yo siento el daño. // Esta ruina de ser // mal padre a veces.

Este libro es una rebeldía consecuente, que rechaza las dicotomías. No es cierto que el significado vaya por un lado y por otro la forma. No es cierto que haya un qué aquí y un cómo allá. Y no es cierto que haya poesía en esta parte y vida en esta otra. El lenguaje también es estar. La noche y la ciudad no son sólo eso. La poesía no se acaba al cerrar el libro. Y es una suerte que Fernando Beltrán así lo viva (así lo escribe), que su poesía indiscreta y certera esté donde nadie le llama, porque es ahí donde todos le necesitamos.
   
Sofía Castañón









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