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Una belleza en movimiento

Juan Manuel Roca, Temporada de estatuas, Visor, Madrid, 117 pp., 2011

Aunque alguno no se lo crea, existen países donde cientos de personas acuden a los recitales de poesía. Allí los poetas son aclamados casi como seres sagrados, nuevos herederos de Rubén Darío o de Neruda. Uno de esos lugares es Colombia, donde el festival de poesía de Medellín consigue reunir voces de los cinco continentes que ven cómo sus creaciones se escuchan en la plaza pública, en parques y teatros, auditorios y barrios populares. De esta forma la poesía se convierte, sin exageración, en una utopía esperanzada, una forma de seguir creyendo en el ser humano en medio de una realidad terrible urdida por la misma especie.

Juan Manuel Roca (1946) es uno de los poetas más conocidos de su país y quizá no sea casualidad que naciese en Medellín. Autor de una vasta trayectoria, pertenece a la generación "desencantada", en la que se encasillan también otras voces como Mercedes Carranza, Darío Jaramillo o Juan Gustavo Cobo Borda. La de Roca, como la de sus compañeros, es una poesía comunicante, donde la ironía y el sentimiento juegan y alternan sus papeles de forma casi transparente. Ciertos temas como el amor, el erotismo, el tiempo, la muerte, la patria o la propia poesía atraviesan unos versos que, además, buscan un lector inconformista, o, dicho de otra manera, neorromántico.

Temporada de estatuas, su última entrega, es un libro que recurre a uno de esos temas eternos a los que Roca es tan aficionado: la belleza en relación con los efectos destructores del tiempo. La escultura humana, con su heladora fijeza, se erige en representación simbólica de la vocación de eternidad que quiere el arte para sí. El tono elegido por Roca, sin embargo, es muy coloquial, casi desenfadado, poco inclinado a la solemnidad que asociamos al arte estatuario:

Sordo como una estatua,
Yo leía en el diario del olvido
Que en San Petersburgo
Ni hubo un escultor capaz de cincelar
La estatua de Esenin a las orillas del Neva.
Tal vez la piedra y el cincel
Se negaran a hacerlo cautivo
De un tiempo envilecido,
Como si un ocioso panadero
Le hubiera
Volcado un costal de harina
Para darle un aire de fantasma.

Marcados por un cierto afán culturalista, los poemas aluden a estatuas de Lewis Carroll, Pío XII, Gutenberg o Mussolini. Algunas de ellas son símbolos rígidos, inmóviles, incapaces de proporcionar vida o belleza. De hecho, ciertos personajes por los que el poeta siente simpatía, el anarquista  Bakunin, no pueden tener estatua, porque no se esculpen los vientos. Naturalmente, una determinada noción de la política, la historia y la estética late detrás de los variados tratamientos que Roca impone al símbolo estatuario.  Para el poeta colombiano, la belleza se une al compromiso con una realidad en perpetua transformación, como se descubre al leer los versos iniciales, esclarecidos con el título de "Poética". Las cosas atraen por su ligereza, su carácter fugitivo ("Paisaje con agua", "Palabras en la niebla"). En contraste con la pétrea consistencia de la escultura, el aire o la sombra fascinan por su carácter evocador. Y si la piedra sirve a la belleza es porque debe imaginarse en movimiento, como escapándose de la quietud que le impone el artista. Así, el verdadero arte tiene que ver con el juego, no con la técnica o la erudición:

Como siempre lo logran mejor los niños
Que juegan en el parque a las estatuas:
Cambian a su antojo de ritmos y de formas
Y esculpen sus gestos en los talleres del aire.


No debe extrañar, entonces, la frialdad que se siente ante "la impasible dignidad de los héroes", o que las estatuas, si son auténticas, echen a caminar, porque la inmovilidad y la rematada perfección no son valores apreciables. De hecho, para el poeta toda estatua debería ser convenientemente mutilada a fin de sobrevivir hermosamente al tiempo. Según se afirma en otro poema: Es cuestión de oficio / saber qué parte de una estatua cercenar. Y así como el poeta adopta un tono distanciado para referirse a los grandes monumentos que testimonian una ideología burguesa, no tiene reparos en rendir tributo al arte en ruinas o a la escultura atormentada de Miguel Ángel.

Antes me he referido a la dimensión comunicante de la poesía de Juan Manuel Roca. La fluidez de su decir poético habla por sí sola a favor de mi argumento. También lo hace la extensión inusitada de su poemario. Sin embargo, tanta "comunicabilidad" da pie, me temo, a cierta irregularidad en la temperatura poética, o a desniveles en la exigencia formal. En poemas que debieran someterse al verso libre sorprenden, por ejemplo, las recaídas frecuentes en triples asonancias de este tipo: En la noche que trae / Troncos podridos por la selva, / Remos perdidos / De lejanos caseríos / Ropas deshechas que el río, etc. Lo mismo se podría decir de "Los visitantes", donde al poeta, sin haberlo pensado, le ha salido un pareado, ya que la primera oración termina con la palabra "macarrones" y la segunda, de idéntica extensión (cinco versos), con "ladrones". A veces se echa en falta, pues, un rigor que desmerece del repertorio de imágenes brillantes y sensuales exhibidos en tantos pasajes de Temporada de estatuas. Por la misma razón, la simbología que organiza buena parte del libro se agota pronto y suena repetitiva. De hecho, la segunda parte, "Paisaje natal", renuncia ya a un tema que está visiblemente agotado y vuelve a otros escenarios menos monótonos.

Para Juan Manuel Roca una belleza demasiado acabada, decíamos, tiene el inconveniente de la rigidez. Un poema perfecto o acabado en exceso tendría, en lógica consonancia, un efecto semejante. Para ahuyentar el peligro de la severidad solemne, el poeta colombiano se acoge a ciertos recursos que ensaya una y otra vez en su último libro: el abundante empleo de la ironía y el prosaísmo, la escisión entre el mundo del poeta y el de las voces "oficiales" o el interés por atmósferas vagas y evocadoras. A mi modo de ver, en este último punto es donde regala al lector sus hallazgos más felices. Lo mismo sucede en fogonazos de ingenio como el siguiente: Antes, mucho antes de entrar a una cristalería / Entré a la palabra cristal / Y salí de ella con una mirada transparente. Salvadas sus irregularidades, Roca termina ofreciendo en estos y otros muchos versos el testimonio de un verdadero poeta.

Javier de Navascués









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