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Poemas para tíos

Inmaculada Moreno, Poemas para sobrinos, Hiperión, Madrid, 2006.

Nicolás Gómez Dávila explicó que “tradición, propaganda, casualidad o consejo escogen nuestras lecturas. Nosotros sólo escogemos lo que releemos”. Yo, seamos honestos, no habría elegido un libro de poesía para niños de no mediar una buena amistad con su autora, Inmaculada Moreno, autora del interesante Son los ríos (Editorial Renacimiento, 1998). Y, sin embargo, tengo claro que volveré a Poemas para sobrinos por razones estrictamente poéticas. Ha sido una sorpresa, y más: un trago de agua fresca. Tal vez en la infantil se refugie cierta inocencia que le vendría muy bien a toda poesía, pero que no somos capaces de insuflarle con tanta metaliteratura, tanto cálculo y tantas miradas de reojo a las nóminas generacionales. Para demostrarlo bastará este verso incontestable: La playa es muy hermosa porque es grande.

En realidad, el neopopularismo, una fuente principal de la poesía española, ha tenido siempre una dimensión infantil muy acusada, que no desdeñaron ni Juan Ramón Jiménez ni Antonio Machado. La infancia es la patria del poeta, sí, y también de la lengua, como demuestra Andrés Trapiello en su reciente El arca de las palabras, donde cualquier palabra, con emocionante frecuencia, le retrotrae a su niñez o a su familia… Tampoco está de más recordar que Inmaculada Moreno es de El Puerto de Santa María y que sus paisanos Rafael Alberti y José Luis Tejada escribieron poesía para niños. Marinero en tierra puede leerse casi íntegramente como un extraordinario libro infantil. Nuestra escritora bebe mucho de esta tradición, como se puede ver (y oír) en su “Canción del viento de Cádiz”.

¿Qué aporta Inmaculada Moreno a su tradición? Dos cosas, a mi entender. La primera es una específica intención didáctica. Se propone enseñar poesía a los niños, sin ensañarse en el prefabricado buenismo empalagoso ni en el último grito, que es ese malditismo para párvulos tipo Bart Simpson. Las “Normas de uso” con las que abre la obra dan unas instrucciones de cómo tiene que leerse la poesía y son toda una declaración de principios. Hasta los mismos capítulos del poemario tienen valor explicativo, pues se articulan sobre las tres funciones de la poesía: “Para contar qué pasa”, “Para decir lo que siento” y “Para pensar”. Por otra parte, con la intención de que los niños experimenten que no sólo de romances o canciones vive la poesía, hay un buscado alarde formal en poemas como “Soneto del miedo a la oscuridad” o el esproncediano “La lluvia”. Este afán pedagógico, aunque evita escrupulosamente la moralina, no excluye (“Los finales felices” o “Caravana de Cheyenes”) la compleja reflexión moral, que es, a fin de cuentas, la columna vertebral de la lírica.

Lo cual nos trae a la segunda aportación de Moreno: su verdad. Un problema común de la poesía infantil es que concede tanto protagonismo al pequeño lector que el poeta se acaba olvidando del conocimiento propio y del análisis. Tal vez porque Moreno escribe desde el tercer grado de consanguineidad lateral, hay cierta distancia y abundan los poemas en los que ella habla de sí y no sólo a un niño. A veces la poeta aprovecha el género para recuperar su infancia. Por supuesto, hay textos más juguetones y pueriles, como las adivinanzas y en todos se palpa el cariño, pero un buen número de los Poemas para sobrinos cabrán en la poesía completa de Inmaculada Moreno porque pertenecen a su mundo. Por ejemplo, este desnudo, breve y dolorido poema, titulado “Los recuerdos”:

Cuando te sientes solo
los recuerdos escapan
del baúl del olvido
y hace frío en el pecho.

Las ilustraciones de Mercedes Perea, acompañan e iluminan los textos, mostrando a menudo ese aire inquietante de la alquimia geométrica de Escher, aunque sin perder la magia blanca que los niños merecen.

Supongo que las hermosas ilustraciones, la gracia de los versos y hasta el nombre del poemario (que es un involuntario acierto de marketing) harán que el libro se regale bastante. Me alegro. Pero en cualquier caso, aquí lo que importa es que el lector, aunque sea un tío hecho y derecho, poco niñero y que se toma la poesía con una seriedad a veces excesiva, se emociona de verdad. Encima, de entre el alto nivel general, sobresale un poema literalmente mayor: “Elegía primera. Alejandrinos para Alejandro”:

Ahora que estás triste y a la vez enojado,
que el dolor te parece tan enorme y eterno,
ten en cuenta que existe eso que llaman tiempo,
que todo pasa, Ale, todo acaba pasando.

Como se filtra lenta en la tierra la lluvia,
igual que se descuelga una gota indecisa,
de la misma manera que el hielo en tu bebida,
este día, lo sabes, no va a volver ya nunca.

El acierto de esta primera elegía, además de su título y de su melancólica musicalidad, es que en ella se descubre el tiempo y que éste, en contra de su costumbre, no hiere, sana. El hecho de que todo sea pasajero se convierte, extrañamente, en un motivo de esperanza. Qué misterio: uno lee la elegía y acaba, como Alejandro, alegrándose.

Enrique García-Máiquez










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