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Alzar el vuelo / Seguir ascendiendo

José Luna Borge, Alzar el vuelo. Antología de la joven poesía sevillana, César Sastre, editor, Sevilla, 2006.

Lo primero que llama la atención de esta antología es el prólogo, y no sólo porque es lo que uno se encuentra nada más abrir el tomo de 340 páginas. En él detecto cierta mala conciencia o, como mínimo, mucha incomodidad. Como explicaré a continuación, lo entiendo, aunque lamento el tiempo que Luna Borge pierde en explicarnos lo ingrata que es la labor del antólogo (citando a Cervantes) o el homenaje a Shakespeare (¿por qué a Shakespeare?) que rinde desde el título del volumen y que explica con unos versos homónimos espigados entre los sonetos y que ofrece en dos traducciones distintas.

Es una lástima, porque José Luna Borge demuestra en su prólogo que conoce a fondo el contexto de la poesía sevillana de estos años y que posee un educado olfato crítico, con el que hace unas caracterizaciones de los poetas escogidos llenas de buen sentido e inteligencia. Si se hubiera limitado a hacer esto y con más profundidad, habría escrito un prólogo más breve y menos disperso.

Sin embargo, como digo, entiendo que se entretenga en dar excusas. Para empezar, una antología de poesía joven sevillana soporta dos limitaciones extrapoéticas: la temporal (joven) y la espacial (Sevilla). A todo buen aficionado —Luna lo es— tienen que constreñirle a la fuerza estas coordenadas. Pero enredarse con consideraciones acerca del to be or not to be de la poesía andaluza, no aclara mucho y, además, tiñe el prólogo del neocentralismo que ha generado el Estado de las Autonomías: Sevilla es una ciudad más de Andalucía. Tendría que haber asumido esos límites como unas arbitrarias reglas de juego, sin más disquisiciones.

La segunda causa de incomodidad es, probablemente, que a la hora de cerrar la nómina de poetas, el antólogo se ha encontrado con un grupo —conocido como grupo Númenor por haberse articulado en torno a esa revista de poesía sevillana— muy compacto y de enorme calidad. El fenómeno había sido recogido hace cinco años en la antología La búsqueda y la espera (Kronos, 2001), y lo han reseñado, entre otros, José Luis García Martín y Fernando Ortíz. A un crítico perspicaz —Luna lo es— no se le habrá escapado que la existencia de este grupo tan cohesionado en amistad, en referentes culturales y en calidad poética descompensa una antología que pretende descubrir nuevos valores, dando la impresión de que estamos ante dos recopilaciones distantes: una confirmación de La búsqueda y la espera, cuyo título podría haber sido “Seguir volando”, y una antología de poesía joven al uso, esperanzada y atisbadora.

Los poetas que pertenecen al grupo Númenor son Francisco Gallardo, Pablo Moreno, Rocío Arana, Alejandro Martín Navarro, Jesús Beades y Joaquín Moreno. Pablo Buentes, el benjamín de la antología, aparece como un renuevo, como una segunda promoción. En la formación de todos ha jugado un papel primordial Fidel Villegas, al que reconocen desde sus poéticas y dedicándole poemas. También es conocida, y se reafirma en estas páginas, la devoción por Tolkien. Más sorprendente es comprobar el lugar que ocupa entre ellos un extraordinario poeta: José Julio Cabanilllas. No me he parado a contarlo, pero creo que es el nombre más citado. La influencia, sin duda, es benéfica y puede atisbarse donde importa: en los poemas.

Habrá quien considere llamativo el escaso papel que parece se le da a Miguel d´Ors, sobre todo, teniendo en cuenta que la crítica siempre ha considerado al grupo Númenor en su estela. La misma poética de Jesús Beades podría leerse como un rechazo de la poesía del maestro, pero eso sería incurrir en un error de bulto. En realidad, nada más d´orsiano que renegar un poco de la poesía de d´Ors (que en el poema “Cosas que no soporto en un poema” incluyó esto: Que sea mío). Paradójicamente, es mucho más heterodoxa Rocío Arana cuando entre sus influencias reconoce —“por supuesto” enfatiza— al autor de Punto y aparte. Beades, para rematar su prólogo tal vez inconscientemente migueld´orsiano, acaba con un elogio a César Vallejo.

Habernos detenido en estos pormenores sobre los poetas de Númenor no está de más, creo, porque esta antología sevillana muestra a las claras la entidad de sus integrantes. Y no sólo de alguno de ellos, sino de todos. Además, contra lo que sería de esperar por su grado de amistad y por su juventud, no son poetas intercambiables en absoluto. Hay que subrayarlo. Si nos diesen, barajados, sin firmar, varios poemas de ellos, seríamos capaces de adscribir cada uno a su autor sin vacilaciones. Cada poeta tiene su voz, su estilo y su mundo.

Aunque a uno le gustaría entretenerse en reseñarlos, no podemos ser injustos con la segunda parte de la antología. Ya habrá tiempo, a medida que vayan saliendo próximos poemarios, de dedicarles la atención personalizada que merecen. El resto de poetas antologados tal vez parezcan un poco desvaídos por el contraste, pero tienen un interés considerable y, en una antología de poesía joven más convencional, habrían destacado.

De Juan Frau llama la atención la mesura formal y el ritmo cuidado: el saber poético. De María Ruiz Faro yo no señalaría, como hace Luna Borge, su erotismo, que desde mi punto de vista nada tiene que ver con el de la Rossetti: hoy en día el sexo se ha trivializado tanto que ha dejado de ser motivo de escándalo. Escándalo que tampoco busca la Ruiz Faro, que rehuye en todo momento el lenguaje de la liturgia y la religión. Luna Borge sí señala con acierto su ternura, aunque lo mejor es este lema de su poética, que merece el mármol de la memoria: “Escribir porque quieres, porque puedes, porque debes”. De Gómez Coronado, aplaudo su ambición hímnica y su dominio musical. Y de Isaac Pérez Catalán, el sentido del humor de sus poemas, que tranquiliza: no hay temer el suicidio que parecía profetizar su desolada poética. En todos se encuentran siempre algunos poemas que justifican su selección. Luna Borge no se ha dejado engañar: en esta antología no hay presencias inexplicables.

Después de haberle reconocido al antólogo el mérito esencial, se me permitirá una última quisquillosidad. Tal vez debería haber buscado, a pesar de las diferencias que marcaba el grupo Númenor, algún denominador común a la joven poesía sevillana, más allá del tiempo y el espacio. Me parecen significativas la claridad de los poetas, la influencia de Vallejo en muchos de ellos, de Claudio Rodríguez, de José Julio Cabanillas y, sobre todo, la sensatez de todas las poéticas. Frente al ansia mediática que se detecta en los jóvenes poetas de otros lugares de España, los sevillanos muestran una sana indiferencia por los congresos, los premios y los suplementos literarios. No son argumentos estilísticos para configurar o caracterizar una poesía —lo sé—, pero son muy agradables y el lector los agradece.

Enrique García-Máiquez
egmaiquez.blogspot.com










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