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Brillante Auden

W. H. Auden, Carta de Año Nuevo, Pre-Textos, Traducción de Gabriel Insausti, Valencia, 2006.

[I]

Tengo el hábito de alegrarme cuando veo asomar un gran nombre entre los anaqueles de las novedades editoriales. Y de experimentar un particular acceso de fiebre cuando además –al referir a un no castellano-parlante- el asomo viene mediado por una traducción. De entrada pues, celebro que circule entre nosotros la Carta de Año Nuevo de Auden, pero además recomiendo la lectura de esta nueva presentación de Auden por tratarse de un buen trabajo. Me parece que el entretelado de eso que llamamos “traducción” no termina de ser palpado por el lector en general, aunque muy meritoriamente se van dando pasos de la mano de editores, críticos y otros mediadores culturales claramente conscientes. A esto volveremos en la segunda parte de la reseña. 

Con Carta de Año Nuevo estamos hablando de una obra bisagra en la producción de Auden. Escrito en el 39, en parte es expresión de un momento de (auto-)examen, con ese carácter de encrucijada de senderos diversos que aciertan a cruzarse en una persona lo asombrosamente sensible como para darse lúcida cuenta, y lo suficientemente honesta para no callarse. Es rasgo de grandes: también Eliot había sentido esa compulsiva necesidad de registrar en el verso su propia vivencia como persona, ciudadano, occidental, artista y ser religioso... de una época de desarreglo pluridimensional. Y además dos veces, en La tierra baldía y en Cuatro cuartetos. Así Auden muestra ese momento de crisis espiritual de Occidente que atañe a la cultura, la sociedad, la política y el arte, desde una constelación de rasgos que tienen como denominador la distancia. El estudio introductorio del responsable de esta traducción, Gabriel Insausti, es cumplidamente claro en la muestra de cómo el ingenio de Auden aunó diversas dimensiones compositivas del texto en esta idea del distanciamiento: distanciamiento que una conversión al cristianismo traduce en relativismo de los presuntos poderes del hombre moderno, incluido el artístico; el que aporta el hecho de la escritura desde un nuevo contexto, el norteamericano; el que asume la tradición literaria, como orientación estética que se aparta del emotivismo del confuso yo romántico, negando la espontaneidad y primando la disciplina; y al mismo tiempo como estrategia compositiva que materializa el desapego propio de la ironía en una forma estrófica acontemporánea que subraya la autorreferencialidad del discurso poético en un atrevido ejercicio de virtuosismo y resistencia.  

El libro trae asuntos que una reseña del género que estamos escribiendo -y leyendo- no puede y quizás no deba abordar; pero no sería una reseña solvente si, meramente como un tenso dedo índice, no pre-provocase la reflexión del lector que finalmente se decida con Carta de Año Nuevo. Entre esos asuntos indico el de la estricta separación que Auden postula entre arte y vida, que deja sobre el tapete una cuestión universal y particularmente moderna. Por eso nos apela como lectores conscientes de nuestra presente historia y de nuestra misteriosa transhistoricidad. Los clásicos son siempre valientes, asombrosos y paradójicos. Pero, valga la paradoja, no debería asombrarnos que busquen la connaturalidad de la valentía en sus lectores.

[II]

Y ahora me sube la fiebre con la pregunta: ¿qué debe hacer y qué ha hecho el traductor con Carta de Año Nuevo? Es un texto cargado de “actualidad”, de presente –de aquel presente- experimentado hasta sus raíces. Opino que, en general cualquier traducción poética -especialmente una de este texto-, debe ser una actualización que se haga cargo de la inmersión del texto original en un nuevo proceso comunicativo, inevitablemente distinto de aquel en que se fraguó y funcionó. Para esto el traductor ha de ser un sujeto creativa e impenitentemente analógico; y por otro lado, una tarea que no sólo le cabe a él: la de ampliar el concepto de traducción, más allá de la entrega del puro texto en castellano, hasta una que entienda que tanto el prólogo –con sus elementos de comprensión histórica, tanto como los de argumentación de los criterios artesanales de la versión-, como la presencia enfrentada del texto original, las notas a la edición y las notas a la traducción, todo este “aparato”, en Carta de Año Nuevo, es traducción, forma parte de la propuesta orgánica de lectura que hace el traductor, a quien quizás se le podría llamar más precisamente mediador y/o presentador. La asunción de esta alta tarea por parte del traductor es un meritorio ejercicio de ética profesional, escrupuloso de evitar la entrega irresponsable de un texto desnudo de un contexto que al menos indique lo más fielmente posible el contexto de confección y recepción del texto original. Creo que Insausti no ha presentado un Auden para académicos, sino una auténtica incitación a la lectura poética para los buenos lectores de lírica en nuestro complejo mundo pluricultural, distante de aquel de Auden. Principalmente por la valiente versión en castellano, no desaparece aquí el texto bajo el aparato, sino porque todo ese material de conocimiento está ahí, como quería Eliot, para favorecer –en la medida que haga falta- el deleite de la lectura. ¿Qué se puede objetar a un self-service de primera?: ahora que el lector se sirva lo que necesite. Bon appétite!

José Manuel Mora-Fandos











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