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Tiempo y labor

Javier Vela, Tiempo adentro, Acantilado, Barcelona, 2006.

Uno no sabe qué hacer con algunos libros: adivina en ellos un buen poeta pero se le antoja que en esta ocasión no ha dado el do de pecho, y la perplejidad se torna compromiso cuando se le pide que los reseñe. Tiempo adentro es uno de estos libros.

Como ya había dejado entrever con La hora del crepúsculo, el tiempo parece el tema central de la breve pero intensa y bien nutrida trayectoria de Vela: esa materia huidiza de la que está tejida nuestra existencia, que en aquel título premiado con el Adonais se seguía jornada a jornada y aquí se esboza en un trazo más dilatado. Y no es casual que el libro vaya precedido de una cita de san Agustín: descubridor de la disparidad entre tiempo vivencial y tiempo cósmico y de la inefabilidad de esa inaprensible dimensión (“si no me preguntan, lo sé; si me preguntan, no lo sé”), el sabio de Hipona da pie a la tripartición que estructura el libro con la siguiente declaración: “Éstas son tres cosas que existen de algún modo en el alma, y fuera de ella yo no veo que existan: presente de cosas pasadas (memoria), presente de cosas presentes (visión) y presente de cosas futuras (expectación)”.

La primera de estas tres partes, “La edad de las palabras”, es una tentativa de regreso a la infancia a través de la memoria, que el primer poema define de este modo: Algo que nos amansa: un presentir acaso / de manos conocidas que nos acariciaran, / de labios que, muy tibios, apenas entreabiertos, / nombraran nuestros cuerpos hasta amarlos. Y, como en otros momentos de la poesía de Vela, luchan aquí circularidad y linealidad, en una travesía imposible con el único morral de los recuerdos, que nos devuelven a la mitología romántica y rousseaniana del niño. Parto en busca del niño sin edad conocida/ como parten las aves en busca del verano, dice “Búsqueda”. Vivir es regresar; habitar el tiempo es buscar su sentido más allá -o más acá- del propio tiempo.

La segunda parte, “Memoria del silencio”, tiene como tema el deseo y el encuentro amoroso como expresión de un puro presente donde cuerpos como montañas se funden, se golpean, donde los amantes se funden en un solo ser, un estremecimiento, un espasmo telúrico, y es posible llegar al éxtasis de la carne, amaneciendo: una traducción carnal de la vía unitiva de los místicos en que así fue que existimos, apenas un instante, fuera de la tensión de la memoria y la expectativa. La mejor muestra de esa abolición de la temporalidad por obra del erotismo se encuentra en “Gozo”: 

Y esta dicha por qué, de dónde emergen
estas ansias eterna de abrazarte,
de haber estado siempre en esta hora
y estarlo en adelante, fuera del tiempo ya.

Hay un escalofrío que florece en la médula
y desciende muy lento por la espalda
como un dedo de dios o del silencio.

Pero de dónde tú. Por qué esa dicha.

El último tercio del libro, que es el que le da nombre, sigue la tripartición agustiniana y expresa precisamente la anticipación del futuro más cierto, es decir, la muerte, con un tono que huye de la escatología y se queda en la meditación funeraria, casi en un ignaciano ejercicio espiritual en la penumbra. Véase “Miedo”, por ejemplo:

Hoy se ha ido la luz, y he puesto velas.

He dado a cada pábilo su llama
como un ave que diera de comer a sus crías,
y luego me he sentado a contemplarlas
(se han apagado días, tal vez meses).

Cuando ha vuelto la luz estaba yo pensando
dónde me esconderé, qué umbría soledad
cuando la luz se vaya
    y no regrese,
y ya no queden velas, ni un cuerpo al que aferrarse.

   
En suma, Javier Vela vuelve a rondar temas del universo que ya había delimitado en entregas anteriores y vuelve a demostrar que tiene bien aprendida la lección métrica y retórica, así como el imperativo de la claridad, la limpieza de las imágenes y el magisterio de algunos poetas de los ochenta, junto con referencias algo más postergadas en las dos últimas décadas pero que estos primeros años del siglo XXI han restituido, como Antonio Colinas y Claudio Rodríguez. El problema, a mi juicio, es triple. Primero, que no acabo de ver la razón de esta reincidencia: algunos poemas hacen pensar que Tiempo adentro reúne retales de La hora de crepúsculo -incluso hay un poema que lleva este título- a los que se han añadido composiciones más recientes. Segundo, que este dominio técnico, esta maniera, no queda exenta de algunos defectos ocasionales que empañan el buen hacer el poeta y le restan naturalidad: el anástrofe forzado sin necesidad métrica (Eran lentas las horas como sábanas), la expresión rara o desusada (noches que se advienen), el poeticismo (Así que nos fundíamos, largos ríos de lava), la dicción suntuosa (el dorso túrgido) e incluso la agramaticalidad (Es luego que los cuerpos se amalgaman). Y tercero, que algunos de estos tópicos -la mitologización de la infancia y la sacralización del erotismo, sobre todo- han sido tan transitados por la tradición moderna -desde Wordsworth hasta Eloy Sánchez Rosillo pasando por Cernuda, por ejemplo- que sólo resultan ya creíbles si se recrean de un modo nuevo, propio. A estas alturas, hablar de mi deseo/ como un acto de fe desesperada puede resultar sonrojante, hiperbólico, inverosímil. No digamos nada si esa sacralización del amor se eleva a “Cosmogonía”, como reza el título de un poema: Pero cómo tus labios se infundieron de sangre, / cómo naciste tú, mujer, mundo, universo, / único dios que creo y que conozco / más allá de los símbolos, y existes.

Estos tres inconvenientes se resumen en uno solo: Tiempo adentro se me antoja demasiado “literario”; en él se advierte con demasiada nitidez la voluntad de hacer un poema tras otro y, por fin, un libro, como quien ha dado con una fórmula y se dispone a explotarla hasta la saciedad. Dicho sea esto desde la más sana y declarada envidia: ya me gustaría a mí escribir así de bien y haberlo hecho con tanta precocidad. Quizá aquí Vela participa de una calculada fecundidad que se ha reprochado a algunos poetas de última hornada, como Javier Cano, José Antonio Gómez Coronado, Carlos Vaquerizo, Jesús Beades o Javier Cánaves, que tienen en común un origen mayoritariamente meridional, una cronología parecida (hijos de la Transición, han comenzado a publicar en los primeros años de este siglo), una corrección que bebe de fuentes parecidas (con un mayor coloquialismo y una mayor presencia de la cultura pop en casos como Cánaves) y una trayectoria que con frecuencia pasa por el Adonais y la Fundación Gala. Claro que ese reproche es en sí injusto (¿acaso la brillantez y el trabajo constituyen un demérito?), pero no lo es tanto cuando el libro se adivina inferior a la capacidad del poeta, que tal vez podría haberse demorado un poco. En fin, les dejo con uno de los poemas que me parecen más logrados. Y a ver qué pongo en la reseña.

HUELLAS

Si alguna vez le vierais decidle que le busco,
que he surcado desnudo lentos mares de azogue
redivivo, decidle
   que regresé de los médanos,
y que hallé nuestras huellas hundidas en la arena.

Me encuentro con su ausencia donde quiera que vaya.
Perviven aún el patio,
     las hormigas
la acritud de las piedras, el tacto de las algas
al roce con un cuerpo pubescente (...)

Si alguna vez le vierais decidle que le extraño,
decidle que le aguardo al fondo de mis ojos,
que sólo para él he alzado con mis manos
un púlpito con vistas al océano,
y que le espero allí,
   asomado al olvido,
asido a mis recuerdos como un náufrago
a un trozo de madera, torpemente.

Gabriel Insausti










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