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A la memoria de la abuela muerta

Elena Medel, Tara, DVD, Barcelona, 2006.

Rara vez la mejor literatura se presta a la velocidad, menos, si cabe, tratándose de poesía. Elena Medel (Córdoba, 1985) acaba de publicar Tara (DVD, 2006), un poemario cuya lectura obliga a la reflexión pausada y, en más de una ocasión, a la pausa a secas. La apuesta era arriesgada: un libro de fuerte carácter confesional sobre la muerte de su abuela materna. Lejos del autoplagio que podía haberla tentado tras el éxito de Mi primer bikini, Elena Medel ha escrito un libro serio (en el sentido etimológico de la palabra) que sólo defraudará a quien espere encontrar más de lo mismo. En Tara, el pop eficaz de Los planetas ha sido sustituido por un lujo funerario más cercano al réquiem.

Ya tras la lectura de los primeros poemas queda patente que, por encima de todo, Elena Medel quiere ser entendida. En ese sentido, la autora sabe muy bien que es mejor hablar de lo que se sabe, es decir, que Elena Medel habla principalmente de Elena Medel. A menudo los familiares, vivos o muertos, aparecen con sus nombres y apellidos, la invocadísima identidad entre autor y obra es aquí completa. Y en este punto me viene a la cabeza la cita de Juan Ramón: "La poesía es anónima porque es colectiva", máxima no por manida menos cierta en este caso ya que, en Tara, el total localismo biográfico abre al lector diferentes vías de identificación merced a la falta de prejuicios, al por momentos acentuado irracionalismo y al constante impudor con que se aborda uno de los temas más frecuentes en la historia de la creación poética y del que todo parece estar ya dicho. Elena Medel parece haberse propuesto demostrar que no es necesario callar para sugerir ni hablar de lo inefable desde la vacuidad. Y no sale mal parada. 
 
Una posible lectura: la distancia que separa de la vida al ser perdido es la misma que media entre la poeta y su propia infancia. Esa ecuación, que se nos presenta exacta, justifica el riesgo de acercarse demasiado a una impostada sacralización de la niñez o a la poco creíble atmósfera de pérdida que caracteriza la poesía de muchos autores jóvenes. Porque no habla aquí la niña, sino la joven que súbitamente madura al enfrentarse a una versión anterior de si misma, la de la niña que vio y asistió y tiempo después interpreta y pregunta: Saber y no impedir: / entonces, / ¿Por qué no me avisaste / del dolor que aguardaba? 

Y ahora una obviedad: con los muertos tratamos sobre todo en el pasado. Pero ajustemos la lente: los abuelos, esos antepasados a los que nos es dado conocer en vida, a menudo nos enseñan lo que nuestros padres no han aprendido todavía y así completan y perfeccionan nuestra infancia, pero al irse tiran de ella, de algún modo se la llevan consigo. O eso es, al menos, lo que trasluce la lectura de Tara, nos habla aquí la voz de quien ha quedado bruscamente huérfano de niñez y escribe para explicarse qué ha pasado. Tal vez por ese motivo las siete vidas en que se estructura el poemario parecen guardar cierta progresión cronológica. Desde el primer verso de Tara: La noche de tu muerte Dios acribillaba a gargajos el cristal de mi ventana, hasta el último Mi corazón perverso se ha calmado, asistimos a un intenso proceso de evolución interna. La muerte reciente amplia el pasado, revela en él matices nuevos que la autora disecciona y analiza con extrema lucidez. 

Todo el poemario se mueve dentro del triangulo que va de lo femenino a lo andaluz y de lo andaluz a la condición solitaria de la mujer andaluza, atmósfera que remite, por buscar un ejemplo no demasiado alejado, al Lorca de Yerma. ¿Y los hombres? Los hombres mueren pronto y además no importan, mejor búsquenlos en otro libro. Incluso cuando por momentos se acerca peligrosamente al tópico moderno alguien que no soy yo, pero se me parece lo hace como un guiño mimético a otra tradición, la más representativa del aquí y ahora (o hace muy poco).  
 
"Si la memoria desplazase totalmente a la anticipación, ya estaríamos muertos" afirma Adam Zagajewski en su magnífico libro En la belleza ajena. Corresponde aquí al lector asumir el riesgo y situar el lugar exacto de la línea que separa ambos territorios. Yo por mi parte leo: Echo de menos el infierno que vendrá, y hago, no sin alguna zozobra, mi propia quiniela. Y después cuento hasta tres veces la palabra riesgo en esta reseña.

Andrés Navarro










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