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Desvelo

Esperanza López Parada, La rama rota, Pre-Textos, Valencia, 2007.

¿Qué dice para sí una rama rota? Cuando se parte una rama, se produce un chasquido casi inaudible para quien no preste toda su atención a lo que acaba de suceder. De la misma forma, la savia ya no fluye hasta esa extremidad mutilada, pero la falta de vida es invisible a la mirada de quien no la sigue con los ojos de la imaginación. Algo semejante sucede con este libro, que desvela pequeñas muertes y miserias con un tono ajeno, a veces casi objetivo en apariencia, lo que no quiere decir que, bajo la superficie, no esté anegado por la melancolía. El universo de Esperanza López Parada es raro y múltiple, regido por una sensibilidad extrañada, sumida en una dolorosa y perpetua perplejidad.  

Cómo resiste el sirviente la ausencia de la orden, es el secreto sin respuesta que plantea en uno de sus mejores poemas. Debajo de todo, está la carencia de un orden claro que, desde la memoria o la contemplación del presente, sirva para dar sentido a la existencia. Y así, nada tiene un sentido preciso y es ilusorio mantener una única visión del mundo.

Para llevar a cabo este programa tan delicadamente atormentado, se ofrece un lenguaje en permanente tensión, movido por una sintaxis dura y un ritmo áspero. Creo que al lector, en ocasiones, puede parecerle demasiado duro el resultado. A mí, particularmente, se me han quedado en la garganta los versos en los que se habla de la voraz búdica tetera que, llena hasta la boca, aguanta ática su penitencia de agua. Sin embargo, otras veces los aciertos son espléndidos, como, por ejemplo, los que inauguran el último poema de la primera sección: Si la luna ordena al mar / replegarse y el mar obedece, / qué no hará en nuestras / maltrechas emociones… El mismo poema se cierra de una manera excelente: …y el agua lavará estos nombres /. Nos reunirá a todos de nuevo / en la limpia planicie.

Cuatro secciones dividen el poemario: "A lo alto", "A lo largo", "Los alrededores" y "La corteza". Se impone así una sensibilidad espacial, por la que cada cosa es en la medida que está situada en un lugar. De esta manera, el mundo, como se declara en el epígrafe inicial, carece de una sola ley que lo explique todo, pero se reconoce a través de la mirada en el espacio. A lo alto y a lo largo, esto es, en el espacio y en el tiempo, nos movemos. El cielo y sus motivos aledaños (una iglesia, un trapecista, las estrellas, la luna, los astros) protagonizan la primera parte del libro, que ya entraña la dificultad de encontrar una interpretación al mundo visible desde el invisible: El cielo nada dice, pero se llena de signos. / En ellos leemos, criaturas simples que ven donde no se ve. Cosas pequeñas -un tenedor, una percha, una fotografía o una regadera- componen los escenarios de "A lo largo", en donde el mundo real acaba por nombrarse a sí mismo, incapaz de abrir puertas que no nos lleven más que a lo breve, es decir, a la muerte, al fin.

La tercera sección, "Los alrededores", desgrana recuerdos de seres próximos, sobre todo de la infancia. Se asume una voz colectiva, inconsciente y por ello mismo feliz, hasta que la conciencia trágica del paso del tiempo venga a transformarlo todo: Quién negará que habíamos nacido/ para callarnos en una muerte sola.

Y, por fin, el último tramo del libro no nos lleva a la hondura del ser, sino más bien, a la corteza, como se declara de manera explícita en alguna ocasión. Somos sólo relieve asegura el hablante en otro poema. Versos sobre la naturaleza, el amor, el dolor y la muerte componen esta recta final en el que la mirada se posa sobre temas eternos y manifiesta la compleja forma con que se invisten las cosas cada día. 

Javier de Navascués










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