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El mismo amor, la misma luna

Felipe Benítez Reyes, La misma luna, Visor, Madrid, 2007.

Felipe Benítez Reyes nos recordaba, en el ensayo titulado La dama en su nube, una opinión de W. H. Auden: "el estilo característico de la poesía moderna es un tono de voz íntimo, como consecuencia de lo cual también opinaba que un poeta contemporáneo que eleve su voz sonará a falso". Benítez Reyes ha seguido, desde luego, esta máxima, y sus poemas nunca son altisonantes, más bien gustan de un tono que tiende a cierta frialdad, a cierta distancia. En los poemas menos logrados, el resultado es artificial, como una figura de cera. Pero en lo más logrados, el poeta ha dado con la chispa adecuada: la intensidad contenida, la emoción sin patetismo, de lo cual es un ejemplo siempre el soneto "1964 (II)", de Borges (el I lo es de lo contrario).

Leyendo La misma luna recordamos que Felipe Benítez es un poeta con una decorosa y sencilla técnica (métrica correcta, ritmos sin complicaciones ni encabalgamientos apenas, verso limpio), que gana altura con el uso de las imágenes; metáforas, símiles, o vagas sugerencias, que establecen conexiones, desde las más claras y silogísticas (y busca allí (…) / aquella joya falsa / a cambio de la cual diste tu vida), hasta las más barrocas y desmelenadas, que quieren transmitir, y lo hacen, una sensación –por medio del lenguaje asociativo- más que una idea (la arboleda que arde / como las crines de cientos de caballos de púrpura aterrados). Al contrario que otros poetas, que se lanzan a levantar un poema sobre una única imagen, a la que dan vueltas y más vueltas hasta gastarla, Benítez Reyes suele proceder por acumulación; va disponiendo sus figuras como en un museo (a veces, un museo de hielo, otras veces de metal), en el que el lector pueda escoger a su gusto: si una imagen no le dice nada, quizá sí lo haga la siguiente. Es una suerte de humildad poética: las imágenes son perecederas –y más las metáforas, fruto de una época y una educación visual y sentimental parecida-, no como la sintaxis, que es el alma de la poesía, su estructura espiritual e invisible. Por eso, no sabemos si la poesía de Benítez Reyes perdurará en el tiempo. Mejor dicho, pensamos que lo hará, pero no sabemos con qué textos en concreto. Cada cual se queda con la huidiza sensación que le produjo tal o cual encuentro del lenguaje, tal o cual asociación de figuras, y no se queda admirado ni deslumbrado por la brillantez del autor. Esta es una de las virtudes de su poesía: no quiere brillar, sino que calienta con una llama apenas perceptible, no muy intensa, pero presente en lo escondido. Y al final, salta la chispa.

Hay dos tipos de poetas maduros. Unos, publican libros cada vez más delgados, con menos versos, como si sólo quisieran exponer a la perduración unos cuantos poemas, sabedores de que la posteridad borrará casi todos, y ya le ahorrasen ese trabajo al porvenir. Otros, publican libros más largos con poemas desiguales, como si ya hubiera pasado la época de un humilde uso de la papelera. Entre estos poemas desiguales, hay joyas y hay otros prescindibles. Al final da lo mismo: el lector hace su antología personal, y el tiempo, implacable, borra lo insustancial. En el caso de Felipe Benítez, encontramos farragosidades como ésta: la prestidigitación magnífica / del fluir de una esencia invariable / ante unos ojos asombrados / que ven cómo se esfuma / en el cajón atravesado por espadas / la muchacha cautiva en la memoria, y sigue con la imagen, dándole vueltas sin sacarle más jugo. Es el ejemplo de una imaginería a la que se le ve la trampa y el cartón. Por otro lado, abunda en este poemario esa otra imaginería rápida y misteriosa, fugaz y encantadora, que alimenta el ánimo: Hay quien levanta / estructuras de sal  que se diluyen / con la lluvia, ("Arte poética"), o y el mapa de un tesoro que no está en ningún mapa, o aquel con la brújula rota de qué sueños o los buques de metales pensativos. Y entre unas y otras, también las más típicas alusiones a la fugacidad del tiempo, la engañosa materia del tiempo, etc.

Felipe Benítez Reyes es un poeta mayor que habla en un tono menor. Con La misma luna nos deja algunos poemas más en que descubrir, si bajamos la voz y los leemos sin prisa, una imaginería que, si bien no consuela de las penas de la vida, nos aporta cierto calor humilde, cierta ascua de veras, cierta inconfesada fe en la permanencia de la hermosura.

Jesús Beades










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