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Poesía en un orden del paisaje



A Alejandro Rodríguez-Refojo y Francisco León

Quisiera, antes de empezar con el tema o con los motivos del tema que me ocupa, declarar las enormes dificultades y las no vencidas dudas que creo no haber logrado superar en esos pensamientos tentativos que han precedido a este texto. Me gustaría aclarar que, desde la generosa invitación que el crítico y poeta Carlos Javier Morales me ha hecho para reflexionar con cierta extensión sobre la poesía —entiendo que la mía— y el paisaje, no han sido pocos los elementos y cuestiones que —la estrecha relación de ambos fundamentos en mi escritura— me han abordado con la rigurosa obligación de no dejarlos en el olvido, y afrontarlos con la Pasión crítica que todos y cada uno de ellos merece. Poesía y paisaje, centros de imantación en efecto de los fragmentos de lenguaje y visiones ecfráticas que, a lo largo de ya más de una década, han ido sumándose y acumulándose en mis libros de poemas; pero no sólo en ellos, sino también en mi diario, mis relatos, mis cuadernos de notas, ensayos literarios, etcétera, material este, sin embargo, inédito casi en su totalidad todavía.

Recordando al semiólogo y ensayista francés Roland Barthes, lo primero sería cuestionarse el comienzo, preguntarse por el origen, ese origen al que sin cesar —como ya sabemos— regresa la poesía para elevar su voz sobre los infértiles rumores del mundo y sus sociedades actuales: neoliberales, globalizadas, postmodernas, postindustriales, postideológicas, capitalistas y democráticas en el mejor de los casos —es decir, cuando no están secuestradas por una dictadura militar nostálgica de fallidas y frustradas revoluciones social-marxistas—. Teniendo en cuenta las cuestiones que se me proponen, temo no poder dejar de aludir a cierta descripción de mi recorrido poético, haciendo una muy sucinta síntesis de un breve itinerario creador que, me parece, no debe carecer de ejemplos —poemas en este caso— que puedan testificar de alguna manera las herramientas críticas y las preocupaciones estéticas que me ocupaban cuando los escribí o, mejor, cuando las palabras —en su libre albedrío musical— fueron aliándose en la mente y en la boca para encarnarse, para formar un cuerpo de reflexión y de resistencia (Lezama) que no dejase de ser, al mismo tiempo, un canto o, recordando al poeta checo Rainer Maria Rilke, una celebración: "Dime qué haces, oh poeta. / Yo celebro (...)." ¿No fue por otro lado Friedrich Schlegel quien habló del poema como un movimiento musical del espíritu?

El aprendizaje de un escritor se va desarrollando en conjunción con todo lo que gira a su alrededor, y este —en la devoradora polimatía lezamiana— no debiera excluir nada, sino tratar de adentrarse en el conocimiento y la sugestión de todo
Parece inevitable, para asentar los fundamentos que iluminaron mis primeros ejercicios poéticos, citar a algunos de los escritores —poetas esencialmente— que ayudaron a determinar mi vocación y a encauzar mis muy dubitativos tanteos como grafómano incipiente. De cualquier manera, mis influencias no fueron entonces ni aún ahora mismo exclusivamente literarias. Aquí me centraré no obstante en esas influencias e incitaciones literarias, por no caer en una dispersión excesiva y atendiendo al espacio del que dispongo. Tampoco podré tratar a todos los autores que han dejado y siguen dejando alguna huella sobre mí ni aún menos podría hablar de todas las caras de mi escritura poética —no siempre orientadas, por otro lado, a la fuerte seducción física del paisaje—. Así que no es este el espacio para hablar de Domenico Scarlatti o Giacinto Scelsi, Arvo Pärt y Alban Berg, como tampoco lo es para dilucidar todas las incitaciones de la pintura de Goya y Kandinsky, Balthus o Giorgio De Chirico. El aprendizaje de un escritor se va desarrollando en conjunción con todo lo que gira a su alrededor, y este —en la devoradora polimatía lezamiana— no debiera excluir nada, sino tratar de adentrarse en el conocimiento y la sugestión de todo: en el gusto por las diferencias, las innovaciones y los inconformismos, tanto éticos como estéticos. Es muy importante para mí salvar —como decía antes— los apriori y el mayor o el nulo prestigio social de esta disciplina o de aquel autor. El juicio del escritor no debiera ser, según mi criterio, un añadido a un estado de opinión hecho, cerrado, sino tratar de cuestionar o rebatir ese juicio si así fuese necesario. Como ocurre en el relato de Borges "Las ruinas circulares" (Ficciones, 1944), los únicos alumnos de los que se puede esperar algo son aquellos que arriesgan, a veces, "una contradicción razonable (...)". Creo que solo mediante las contradicciones logramos pensar.
   
Los poemas de mi primer libro, Arena (2001), se publicaron gracias a la Obra Social de CajaCanarias y su premio de poesía Pedro García Cabrera, al que yo me presenté en el año 2000, cuando iba a cumplir veinte años y llevaba año y medio ya cursando estudios de Filología Hispánica en la Universidad de La Laguna. El libro se divide en dos secciones ―es, en realidad, un díptico― tituladas "Umbrales" y "Estela del solitario" escritas muy tempranamente, tal vez demasiado pronto: entre mis diecisiete y mis veinte años, es decir, entre el año 1997 (cuando cursaba todavía el Bachillerato) y el 2000, momento en que concurrí al premio. Visto a día de hoy, quizá el libro carezca de una unidad de sentido que yo no conseguí en aquel momento en el despliegue de la escritura. Algunos textos del conjunto fueron, por otro lado, suprimidos luego ―y antes, claro, de la edición del libro― porque quizá su excesivo afán experimental con el verso, la prosodia, la dicción, la estrofa, no logró satisfacer mis expectativas del todo ni alcanzó la temperatura creativa que yo esperaba. Juzgo que la forma más adecuada de leer hoy aquel escueto libro (apenas veintisiete poemas) es yendo a unos pocos textos concretos que yo salvaría, a saber: "Pleamar", "Conciencia", "El guaidil", "Grao", "El contador de olas", y algún otro poema sin título.

Toda poesía nos remite ―en su más primaria constitución― al hermetismo, a ese diálogo silencioso con lo desconocido o con lo que no podemos conocer del todo (como Moisés, que sólo pudo ver la espalda de Dios)
No es que reniegue de mi primer libro, nada más lejos de la realidad. Hay en él hallazgos, encuentros poéticos que aún hoy me sorprenden a mí mismo y siguen proponiéndome ese mysterium que la poesía no puede nunca dejar de lado o eludir. Thot, dios egipcio de la escritura, se identifica en la mitología griega con Hermes, el leve, el alado, el ligero; en fin, el ánguelos que ―en lengua griega moderna― quiere decir literalmente mensajero. Poesía: comunicación y comunión del hombre con el dios o con los dioses y ―desde ella― con el ámbito y con el sentimiento de lo sagrado, el espacio distinto (si recordamos a Mircea Eliade) o distinguido por su apertura, por su inacabable capacidad de abrirse a lo inesperado, a lo desconocido, a la infinita posibilidad. Entendida así, toda poesía nos remite ―en su más primaria constitución― al hermetismo, a ese diálogo silencioso con lo desconocido o con lo que no podemos conocer del todo (como Moisés, que sólo pudo ver la espalda de Dios). Toda poesía de verdad es originalmente hermética, y lo que ella nos propone, en su tímida manifestación, es una mirada distinta sobre cualquier tipo de realidad ―pues no hay una sola―. La poesía es también un contradiscurso, una contravención que cuestiona los referentes y los conocimientos previos.

Siendo un lenguaje extracotidiano, en el poema es esencial su fuerza imaginativa. Me parece que una poesía que no imagina no es capaz de proponer nada nuevo, y para mí el poema siempre debe aspirar a ser nuevo, a nacer constantemente bajo cada mirada abierta. Debemos entender así quizá la idea de Einstein sobre la imaginación como una capacidad cognitiva superior al conocimiento o que, partiendo de él, busca trascenderlo. Hubo ya en mi temprano primer libro algo que todavía hoy sigo juzgando esencial: la conciencia de que, si bien el escritor trabaja con experiencias y va en busca de un destino para la palabra, el lenguaje lo es todo en su trabajo. El poeta norteamericano Wallace Stevens escribió: "La poesía es el tema del poema. / De esto nace el poema y a esto / vuelve (...)", tratando de acentuar con ello el enorme peso que la forma tiene en la composición del texto artístico. Un escritor trabaja con palabras, y trata de construir (como en el concretismo brasileño) más que de expresar. Creo que la poesía es, en gran medida, una construcción lingüística, verbal: el poeta no puede por tanto ver su lengua como algo secundario, simplemente como un medio o un instrumento, sino como el centro y la razón misma de su trabajo.

Esa conciencia de la tierra es entendida y asumida en mi escritura como una estrecha vinculación con la naturaleza en su conjunto y, en el caso específico de un poeta canario, con el paisaje insular visto en su totalidad; pero sin excluir el matiz, el detalle nimio
  Ánguelos Sikelianós escribió sobre las cinco conciencias que, según su poética, escuchaba como escritor: la conciencia de la tierra, la conciencia de la estirpe, la conciencia de la mujer, la conciencia de la fe y la conciencia de la creación personal. Quizá todas sean centrales para un creador, pero aquí me interesa detenerme ―por motivos obvios― en la primera de ellas, la de la tierra. Quisiera aclarar de inmediato que esa conciencia de la tierra es entendida y asumida en mi escritura como una estrecha vinculación con la naturaleza en su conjunto y, en el caso específico de un poeta canario, con el paisaje insular visto en su totalidad; pero sin excluir el matiz, el detalle nimio ―lejos, por otro lado, del arrastre de los topos más manidos de nuestra tradición―. No es casual que haya citado a un poeta griego que considero capital en mis inmersiones en lo poético; un poeta griego que, además, nace y muere en una isla (Léucade o Lefkáda y Salamina), no en la Grecia continental. No es casual porque va a ser en algunos líricos insulares, helénicos o no ―como Odisseas Elytis, Andreas Kalvos, Aristotelis Valaoritis, José Lezama Lima, Saint-John Perse, Luis Palés Matos, Derek Walcott, etc.― donde voy a encontrar el mejor espejo, o el más propicio, para afrontar la creación teniendo muy en cuenta el espacio físico donde se ha desarrollado y se desarrolla mi vida.

Creo que las personas que hemos nacido y nos hemos formado en una isla, en pequeños espacios rodeados por un mar inevitable, sentimos con una intensidad mayor la noción de límite o de frontera y, tal vez, quizá también la pregunta a la que nos vemos constantemente sometidos por los malpaíses, las dunas, los valles, las montañas y las playas y sus sensualidades, adonde se acaba llegando siempre para aguardar en la escucha: escucha de esa conciencia de la tierra a la que me referí más arriba. Como ha escrito también el poeta, profesor y crítico Miguel Martinón, nacer y crecer en una isla te constituye para siempre. Vivir en una isla no tiene pocas analogías con el retiro espiritual que lleva a cabo el estilita o el místico en el desierto: de ahí el título de mi primera colección de poemas, Arena (2001); aunque esa arena, como en el relato borgesiano titulado "El libro de arena" (El libro de arena, 1975), también aludía a la infinitud de la experiencia, de la literatura y de la misma materia del mundo. Como ejemplo de ese lugar silencioso y solitario donde acontece la escritura, transcribo por entero el poema "Pleamar":


     PLEAMAR

     Lenguas del mar
     que empapan las arenas,
     la calima de agosto.

     Las gaviotas ahondan,
     azul, un término imposible.

     Nieves de la pleamar,
     éxtasis blanco, donde se confunden
     las huellas.

     Un niño lanza piedras
     o pájaros dormidos
     sobre las aguas.

     Nadie descifra la mareta,
     las olas, y en alguna
     se ha de anular,
     tal vez, la espera.


Espera, así pues, insaciable escucha de lo que el mar está diciendo y aún no hemos logrado traducir. Como Baudelaire en su "bosque de símbolos" y como Unamuno en las playas de Fuerteventura, el poeta es un oyente privilegiado de la naturaleza.

A partir de mi gusto por la botánica, ya en mis primeros poemas pude encontrar humildes realidades naturales que habían pasado desapercibidas para nuestra pequeña literatura canaria y ―por su especificidad macaronésica― también para la literatura española; realidades, así pues, que carecían de tradición: imágenes que aún no habían alcanzado espesor simbólico, que aún no se habían transformado en mito (si recordamos a Lezama) porque todavía no habían comenzado su aventura. Así que, siguiendo la idea rimbaudiana según la cual un poeta debe desvelar la cantidad de lo desconocido (la cantidad hechizada) que se despierta en su época, escribí el poema "El guaidil", que transcribo a continuación en su totalidad:

     EL GUAIDIL

     El tarajal se bate con el viento,
     acantilado en el que rompe el mar.
     Caminas, camino hacia el final de la tarde
     junto a esa miríada de pájaros
     negros, sin canto...
     El viento inventa la mareta
     liminar de las olas. En el aire
     pareciera distinguirse un rumor de ahogados.
     Nadie va por esta luz hacia
     el fondo de la tierra, sólo pájaros
     hacia el final del día.
     Arranco una flor muerta en la memoria,
     su raíz húmeda. No sé qué significa
     ese signo en mi mano.


Como una isla en la página, el poema muestra y acota un territorio en su aparición, el que le es propio: el territorio de la palabra. En este poema mío, todas las palabras ―en su inesperado nacimiento― recrean también una atmósfera, un tempo y un espacio por habitar: el del encuentro con el enigma, con la fascinación de la imagen. Como en los pensadores jonios antiguos y en algunos poetas griegos, naturaleza y poesía se acompañan en su proposición de un comienzo inicial ―subrayemos la aparente redundancia―, de situarse en arkhé, en el origen y, desde allí, ir al encuentro de una certeza para la imaginación. «El guaidil» se asoma a la palabra poética como signo de una opacidad capaz de alojar la infinita rueda de las significaciones, susceptible de llenarse en cualquier mirada como un elemento más de la belleza secreta del mundo. Como Rimbaud, yo también ―si fuera preguntado por el sentido o el significado de mis poemas― diría: "He querido decir lo que esto dice, literalmente y en todos los sentidos". No muy distinto a "El guaidil" en su cometido es otro poema también de mi primer libro, "La morgallana", y que transcribo a continuación:


     LA MORGALLANA

     Se incendiaba el profuso monte de la tarde
     en exiguas hogueras rojas, en claras sombras
     sobre el ardiente hueso seco de la tierra.
     Corazones azules, sangrientos sobre el suelo,
     donde hierve la piel acuosa de una voz,
     una oscura, difusa voz desde el barranco.
     Junto al muro negro de la casa abandonada,
     crece la morgallana, y el ladrido de un perro
     manifiesta que alguien se había perdido.
     Los pájaros, silentes, ya buscaban la noche.


Mi escritura no ha querido ni ha podido mantenerse ajena a una implicación y una responsabilidad morales mediante lo que podría llamarse una crítica civil
Poemas de descubrimiento y de invención del espacio, como muchos otros de los libros que han seguido a Arena (2001): Fragmentos de sentido (2006), Bajo el cielo innumerable (2007), Cariátides (2007) y Un sueño de esplendor (2010). No hay espacio ni tal vez sea aún el momento adecuado para que yo continúe comentando poemas míos que aparecen recogidos en cada uno de esos libros. Quizás no haya transcurrido, desde su escritura, el tiempo necesario para establecer una distancia crítica suficiente, y baste por ahora con lo dicho hasta aquí. Sin embargo, sí querría apuntar algo que considero particularmente importante: si mis poemas se han propuesto, modestamente, heredar la vocación de algunos románticos (Hölderlin, Leopardi, etc.) y simbolistas (Rilke) en su deseo de proponer y renovar la noción griega de la sacralidad de la tierra, no lo es menos ―y viéndolo desde esa perspectiva concreta― que, desde hace ya unos años, mi escritura no ha querido ni ha podido mantenerse ajena a una implicación y una responsabilidad morales mediante lo que podría llamarse una crítica civil.

Sabemos que, desde hace aproximadamente medio siglo, el crecimiento económico y demográfico que se dio en nuestras islas, llevó consigo una progresiva e indetenible destrucción de numerosos espacios naturales, totalmente desprotegidos por la ley. Los artistas y creadores canarios no han dejado de sensibilizarse y pronunciarse críticamente contra esta burda, tosca y atroz idea de ofrecer una supuesta oferta de ocio de calidad con el fin de atraer un turismo de calidad: en mi opinión no se ha conseguido ni una cosa ni la otra. Tal ha sido el abuso que políticos, empresarios y constructores han hecho de nuestro patrimonio, que César Manrique llegó a decir:

"...los propios canarios son los que están destruyendo sistemáticamente las Islas, a través de una especie de egoísmo, de negocio a corto plazo, de una vulgaridad de tal magnitud, que por eso a dos islas hermosísimas como son Gran Canaria y Tenerife las han machacado. Sobre todo la de Gran Canaria, ¡es vergonzoso! Han destruido una isla para la eternidad (en Olga Álvarez, Conversaciones en la isla, pág. 123)".

Cómo, me pregunto, no estar de acuerdo con cada una de estas palabras o con la visión desoladora que el poema "Los bárbaros" (Oriental, 2003), de Melchor López, nos ofrece de Fuerteventura. Cómo, en fin, no coincidir con otro poeta canario, Francisco León, cuando nos dice en sus diarios (Ábaco, 2005) que estar hoy en playa de Las Américas (Tenerife) es como estar "en ningún lugar". Me gustaría pedir, para concluir este texto, que cada uno medite atentamente sus ideas sobre lo que debiera ser una ética del paisaje, de la que tanto se habla hoy vanamente. Por mi parte, creo que los poetas canarios hemos pasado de celebrar y recrear ese paisaje, a criticar amargamente y lamentar su abolición: como quien se inicia escribiendo odas y acaba por escribir, dando la razón a Borges, elegías. El maestro argentino lo dijo así en su poema "Posesión del ayer" (Los conjurados, 1985): "Todo poema, con el tiempo, es una elegía. (…) No hay otros paraísos que los paraísos perdidos". En fin, me parece aterrador que estas palabras tan hermosas estén, a la vez, tan llenas de verdad.

Iván Cabrera Cartaya





   
   






    Comentarios

    1

  1.  

    Chinca Coromoto Salas Rodriguez 03-02-2011 |

    Me gusto el articulo, la poesia nos lleva por rutas mas alla del hermetismo, la controversia politica, libertad para ejercer libremente el pensamiento sin torturas, sin amedrentamientos, discriminaciones, cobardias, nos da la oportunidad del dialogo abierto, de ir por la reflexion y la filosofia, el salto al silencio dentro de nosostros mismos, hablar sobre el aspecto de lo desconocido sin compromisos, disfrutando de la naturaleza y expresar lo que ella podria sentir si hablasemos su misma lengua, a conciencia hablar de ella, de la muerte de la naturaleza, del ave que vuela en busca de nido, de sus alas, su ansias de volver mas alla del mar, o anidar entre las aguas. Debe de ser decepcionante no poder escribir sobre otros ambientes como escribes del mar, del sonido de las olas, del corazon de la roca, del ahogamiento de los pequeños espacios y el transitar por el malecon, puentes y el cambio de las tormentas, nacer y crecer en un mismo lugar rodeado de sal, de viento, de un espacio cerrado. Me dio gusto incribirme, un abrazo fuerte.

  2. 1
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