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Claudio Rodríguez

Con sus cinco libros poéticos, Claudio Rodríguez (Zamora, 1934-Madrid, 1999) constituye una de las cimas de la poesía española contemporánea, de esas que surgen en la primerísima juventud y nos dejan la extraña impresión de que ya han escrito un libro insuperable, pero un libro que, sin posible explicación humana, aún deja sitio para mayores prodigios en sus entregas siguientes.

Surgida de la contemplación amorosa de las personas y los demás elementos de la vida cotidiana, la poesía de Claudio Rodríguez es una maravillosa epifanía de la Verdad y el Amor absolutos. Su cama, su ropa tendida, su vuelta del trabajo diario, su río Duero… se convierten en espejos de toda la Luz del Universo, que invitan al poeta y al lector a averiguar y seguir averiguando cómo es posible que tanta maravilla, siendo inagotable, nos pase inadvertida e incluso sea traicionada tantas veces. De una palabra a otra, con una simple inflexión de su voz, el verso de Claudio Rodríguez es portador de la más sincera solidaridad, del mayor asombro y del lamento más irremediable, cuando la ocasión así lo pinta. Pero, en el fondo, hay una visión del Hombre y del Mundo radicalmente esperanzada y fascinante, de una ética tan atractiva como la Luz que hace posible toda visión, de la que el poeta es el primer asombrado. Por eso su lenguaje asciende a trechos, en escalas de gozo, que a veces es tan intenso que entrecorta su decir y obliga al poeta a seguir contando el milagro por aproximaciones a otras y otras realidades semejantes; todo lo cual
IWC replica otorga a sus poemas una gran variedad de tonos y un poderoso impacto sensorial.

Sus libros son: Don de la ebriedad (1953), Conjuros (1958), Alianza y condena (1965), El vuelo de la celebración (1976) y Casi una leyenda (1991). Todos ellos están recogidos en su Poesía completa, 1953-1991 (Barcelona, Tusquets, 2001). Entre los galardones recibidos, destacan el Premio Iberoamericano de Poesía Reina Sofía y el Premio Príncipe de Asturias, ambos en el año 1993. 

Libro Primero. Poema IV

Así el deseo. Como el alba, clara
desde la cima y cuando se detiene
tocando con sus luces lo concreto
recién oscura, aunque instantáneamente.    
Después abre ruidosos palomares
y ya es un día más. ¡Oh, las rehenes
palomas de la noche conteniendo
sus impulsos altísimos! Y siempre
como el deseo, como mi deseo.            
Vedle surgir entre las nubes, vedle
sin ocupar espacio deslumbrarme.
No está en mí, está en el mundo, está ahí enfrente.
Necesita vivir entre las cosas.                                       
Ser añil en los cerros y de un verde
prematuro en los valles. Ante todo,
como en la vaina el grano, permanece
calentando su albor enardecido
para después manifestarlo en breve
más hermoso y radiante. Mientras, queda
limpio sin una brisa que lo aviente,
limpio deseo cada vez más mío,
cada vez menos vuestro, hasta que llegue
por fin a ser mi sangre y mi tarea,
corpóreo como el sol cuando amanece.

                                                         (De Don de la ebriedad, 1953)



A mi ropa tendida

                                                                  (El alma)

    Me la están refregando, alguien la aclara.
¡Yo que desde aquel día
la eché a lo sucio para siempre, para
ya no lavarla más, y me servía!
¡Si hasta me está más justa! No la he puesto
pero ahí la veis todos, ahí, tendida,
ropa tendida al sol. ¿Quién es? ¿Qué es esto?
¿Qué lejía inmortal, y qué perdida
jabonadura vuelve, qué blancura?
Como al atardecer el cerro es nuestra ropa
desde la infancia, más y más oscura
y ved la mía ahora. ¡Ved mi ropa,
mi aposento de par en par! ¡Adentro
con todo el aire y todo el cielo encima!
¡Vista la tierra tierra! ¡Más adentro!
¡No tenedla en el patio: ahí en la cima,
ropa pisada por el sol y el gallo,
por el rey siempre!

    He dicho así a media alba
porque de nuevo la hallo,
de nuevo el aire libre sana y salva.
Fue en el río, seguro, en aquel río
donde se lava todo, bajo el puente.
Huele a la misma agua, a cuerpo mío.
¡Y ya sin mancha! ¡Si hay algún valiente,
que se la ponga! Sé que le ahogaría.
Bien sé que al pie del corazón no es blanca
pero no importa: un día…
¡Qué un día, hoy, mañana que es la fiesta!
Mañana todo el pueblo por las calles
y la conocerán, y dirán: "Esta
es su camisa, aquella, la que era
sólo un remiendo y ya no le servía.
¿Qué es este amor? ¿Quién es su lavandera?"
 
                                                                (De Conjuros, 1958)

Ajeno

    Largo se le hace el día a quien no ama
y él lo sabe. Y él oye ese tañido
corto y duro del cuerpo, su cascada
canción, siempre sonando a lejanía.
Cierra su puerta y queda bien cerrada;
sale y, por un momento, sus rodillas
se le van hacia el suelo. Pero el alba
con peligrosa generosidad,
le refresca y le yergue. Está muy clara
su calle, y la pasea con pie oscuro,
y cojea enseguida porque anda
sólo con su fatiga. Y dice aire:
palabras muertas con su boca viva.
Prisionero por no querer, abraza
su propia soledad. Y está seguro,
más seguro que nadie, porque nada
poseerá; y él bien sabe que nunca
vivirá aquí, en la tierra. A quien no ama,
¿cómo podemos conocer o cómo
perdonar? Día largo y aún más larga
la noche. Mentirá al sacar la llave.
Entrará. Y nunca habitará su casa.

                                                             (De Alianza y condena, 1965)











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