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Ernestina de Champourcin

Ernestina de Champourcin (Vitoria, 1905; Madrid, 1999) no fue sólo una de las mujeres poetas de la generación del 27 (tal vez la mejor entre las pocas mujeres que se dieron a conocer en esos años), sino una de las grandes voces femeninas de la poesía española contemporánea, que ha sido objeto de grandes estudios académicos pero que aún no ha vibrado suficientemente en la gran mayoría de los lectores de poesía, los que leen poesía porque sí, que es la razón fundamental. La obra de Ernestina de Champourcin es variada y dilatada (su primer libro, En silencio, es de 1926, y su última entrega, Del vacío y sus dones, apareció en 1993, además de una plaquette y otros poemas inéditos que se han publicado en antologías); pero lo realmente asombroso es la lucidez creadora que la acompañó hasta sus últimos años, cuando seguía escribiendo en medio de una casi total ceguera.

Sin embargo, a pesar de su variedad y su evolución, puede afirmarse que el tema central de su poesía, el drama del que arranca toda su escritura, es la tensión continua entre la creencia en Dios y en su felicidad infinita, de un parte, y, de otra, la limitación de nuestra existencia terrena. Dos fuerzas que actúan en su obra con una intensidad verdaderamente dramática, generando un vacío, un desierto entre lo Uno y lo otro, que en esta poeta no es absurdo, sino un paso necesario —doloroso o gustoso— para acceder al Paraíso donde todo el drama habrá de resolverse. De manera que el drama arraiga en una posición espiritual radicalmente optimista, aunque sin fáciles entusiasmos. De ahí que el amor erótico pueda ser un camino y un reflejo del amor místico; y que el mundo presente sea un conjunto de signos (muy simbolista siempre, de principio a fin) para poder intuir la grandeza de la otra tierra prometida por Dios. De ahí también que sus prójimos, sus compañeros de viaje, no sean nunca un obstáculo, sino un puente para su encuentro con Dios; y que la memoria de todo lo vivido no sea un recuerdo inútil, sino el recuerdo de lo que ha hecho Dios y lo que ha hecho ella, lleno de un agradecido amor por la vida, también en los momentos de más turbador aislamiento social o psicológico.

Su poesía puede leerse en el extenso volumen titulado Poesía a través del tiempo (ed. de José Angél Ascunce, Barcelona, Ed. Anthropos, 1991), al que hay que añadir su último libro propiamente dicho, Del vacío y sus dones (Madrid, Ed. Torremozas, 1993). Los dos primeros poemas que aquí recogemos pueden encontrarse en el primer volumen mencionado; el tercero y último es del libro citado de 1993.

Recientemente, en 2008, Jaime Siles ha preparado una edición titulada Poesía esencial (Madrid, Fundación Banco Santander), aunque el título no sea muy afortunado, pues los poemas ahí no recogidos no son siempre secundarios ni prescindibles.








Sólo allí

Tú no sabes qué lejos.
¡Nadie sabe qué lejos!
Encima de las nubes, detrás de las estrellas,
al fondo del abismo en que se arroja el día,
sobre el monte invisible donde duerme la luz.

Sólo allí podrá ser. Sólo allí tocaremos
la verdad que tortura nuestras frentes selladas.
Sólo allí se abrirán como flores de aurora
aquellas lentas noches de amor en desvarío.

Nuestras manos lo piden tendidas al espacio
en un sordo anhelar que no engendra clamores,
nuestras plantas lo exigen tercamente aferradas
a las huellas que el viento indómito destroza.

El horizonte huye robando a cada hora
la secreta delicia que presagia el milagro.
Hay briznas de prodigio en todos los instantes
y el mundo, ciego, arde con vibración de altar.

Arrodilla tu fuerza. No hay glorias presentidas.
Palpita en certidumbre la carne de los sueños.
Si acunas la belleza que tu fervor concibe
florecerá en tu muerte su exacta encarnación.

                                                              (De Cántico inútil, 1936)

Exilio y fiesta

(16 de septiembre)

El ruido de palomas se extiende a lo infinito
y hay un rastro de alas perdido entre las nubes:
es la huella de Dios que ilumina a los ciegos.
¿Palomas, gaviotas, albatros de otros climas?
Porque eso somos todos, vagabundos sin raza,
gitanos sin fronteras,
círculos mal trazados que no se cierran nunca.

Y una fecha que vuelve, agrietada de gritos,
enferma de estancar yo no sé qué rencores…
¿Quién habló de destierro, de exilio, de raíces
que se quiebran y olvidan su frágil contextura?

Cuando el mundo se abre para ti, para todos,
la siembra es prodigiosa
y un brotar de capullos enardece la nieve.

No hay países ni mares con nombres inventados,
con límites ficticios que las leyes defienden.
Hay algo inmenso, puro, que unge si se toca.
Eso nuestro tan grande que no cabe en los brazos.

El pájaro se ríe de nuestra complacencia
frente al menor zumbido de élitros sonoros,
porque no es eso, no, lo que allá nos espera,
¡minúsculas redomas de eternidad inmutable!
No importa lo que dice la plaza estremecida
—sudor contra sudor— en su red de clamores:
Importan estos años en que estuvimos todos
acogidos al árbol de nuestras noches tristes.

Y ésa es la verdad, la que cuaja en verdades
que ya no se marchitan, en recuerdos sonoros,
en frutos de un color estridente, inaudito,
que no se borra nunca porque el matiz persiste.

Desde aquella terraza un vuelo repentino
que la pólvora nubla.
¿Lo que nunca se vio puede ser para siempre?
           
                                                              (De Huyeron todas las islas, 1988)


Los encuentros frustrados

                                     V

Cuando se nos relevan las rosas de aquel tiempo
y entre las manos crujen
unos tallos quebrados,
¿dónde puede alentar lo que pasó
y advino,
lo bello que persiste y es y será siempre?

No se cuentan los años: lo que queda es un zumo
de perfección extraña,
lo que vale y sonríe porque ya es
eterno.

Y no es en el aire, ni en el mar,
ni en la ola, donde pueden hallarse
los relevos que faltan;
y no es necesario que se trate de rosas,
todo es flor si se quiere
y se sabe cogerlo.
              
                                                               (De Del vacío y sus dones, 1993)











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