
Este mes ofrecemos al lector tres poemas inéditos de Ana Isabel Conejo (Tarrasa, 1970), quien, además de su obra novelística, ha trazado ya una trayectoria lírica tan variada como personal y coherente. Ya sea en poemas en prosa, en verso o en versículos; en palpitantes chorros de imágenes o en contenidas meditaciones, la poesía de Ana Isabel Conejo se caracteriza por una extremada delicadeza sensorial que trata de expresar, junto a su insaciable pasión amorosa, un sed de conocimiento tan urgente como aquélla. Inspirándose en el mundo de los sueños o de la realidad inmediata, en su acontecer biográfico o en personajes de todas las manifestaciones culturales, que vienen a ser otros rostros de su único yo, su poesía trata de vivir y revivir las experiencias más variadas para reconstruir desde todas ellas el sentido coherente a una vida aparentemente contradictoria e incomprensible. Entre sus libros poéticos figuran Umbral (1990), Prisión o llama (1993), Ciclos (2002), Grises (2003), Vidrios, vasos, luz, tardes (2004), Atlas (2005), Colores (2007) y Rostros (2007).
Los poemas que siguen pertenecen a un futuro libro inspirado en el mundo de Dostoyevski.
"Tengo un proyecto: volverme loco."
(Carta de Fiódor M. Dostoyevski a su hermano Mijaíl)
Lápices, tiralíneas. Los planos impecables de un porvenir de ascensos y condecoraciones de tercera. El reloj holandés de San Pedro y San Pablo da las doce. Las doce. Sus autómatas golpean con exacta y doliente indiferencia las notas del himno del zar.
La torre con su aguja dorada, las ramas con su nieve, la adolescencia con su traje arrugado de lujuria, los pájaros soberbios del pensamiento. Yo también tengo un corazón. No duermo pensando en Ivanhoe con su herida de espada, en Rebeca y sus párpados prometidos al fuego.
Si una mañana vuelvo del frío y de la lluvia sin un solo kopek en el bolsillo para pagarme un té caliente, si finalmente enfermo de barro y caminatas y muero, por favor recordadme como el loco que pude haber sido,
nunca me recordéis con mi uniforme, con mis pulcros informes en la mano,
mi prudente silencio cuando aquel profesor insultó a Gógol,
mi sensatez de niño que temía sufrir.
En el embarcadero de la isla Vasílievski, las columnas arden como ojos.
Son columnas rostradas: en sus fustes rojizos se han incrustado proas metálicas de barcos que nunca navegaron,
y así cada una cuenta la historia de un naufragio perfecto y geométrico, de un naufragio
que se fraguó al principio, antes de izar las velas y abandonar la costa.
En el embarcadero de la isla Vasílievski, cada columna se alza en memoria de un día que nunca existió,
pues es de sabios erigir monumentos a las grandes catástrofes de la Historia del sueño,
esa inmensa corriente de vidas no vividas que amenaza en secreto la paz y la prosperidad de gentes y comarcas.
Qué te puedo decir; que tuve miedo del mar y de tus ojos,
que en el último instante no quise conocerte.
Sobre cada columna, en el embarcadero de la isla Vasílievski
arde un fuego, una antorcha alimentada
con aceite de cáñamo;
extraños faros
para guiar al navegante
que a pesar de su sed de curvos horizontes
nunca se hizo a la mar.
Quién es la criatura que utiliza las alas
para cubrirse el rostro, me preguntan,
la que sabe flotar, mas no caerse,
la que aprende a decir antes su nombre
que a quedarse en silencio.
Me abrazo a sus dos zarpas de león
y comienzo a llorar.
No sé por qué;
quizá por su ignorancia;
quizá por mi futuro
cargado de certezas.