Nacida en Buenos Aires en 1947, Tamara Kamenszain ha practicado una escritura poética que explora los procesos psicológicos y sociales del mundo actual a través de los acontecimientos de su vida personal y familiar. Su lenguaje, aparentemente claro, avanza lentamente y elude muchos nexos lógicos, tratando de exponer los resultados de su investigación a la vez que el proceso mental y verbal por el que accede a esos resultados, que nunca es un proceso rigurosamente lógico. La familia, los sueños, la intimidad cotidiana de su vida amorosa, la tradición cultural propia y las posibilidades de su idioma son las señas de identidad que la poeta tiene para desenvolverse en un mundo cada vez más complejo, caótico orologi replica e inabarcable.
Su obra poética está compuesta por los libros De este lado del Mediterráneo (1973), Los No (1977), La casa grande (1986), Vida de living (1991), Tango bar (1998), El Ghetto (2003) y Solos y solas (2005). Además, es autora de una luminosa obra crítica sobre poesía, en la que figuran libros tan fundamentales como El texto silencioso. Tradición y vanguardia en la poesía sudamericana (1983) o Historias de amor y otros ensayos sobre poesía (2000).
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Sentada al borde de la memoria de ella me archivo como puedo en ese olvido que la trabaja entre nosotras las palabras se acortan ella no habla yo dejo de decir lo que decía la dejo que no diga para no avergonzarla juntas vamos armando un presente que no dura en ese instante precoz mi madre se queda sola porque yo como los tontos elijo seguir de largo creo que a futuro todo me espera mientras nadie a ella le da esperanzas así separadas nos vamos juntando la que oyó mi nacimiento me sienta en el borde para hacerme escuchar por ella el anticipo de su muerte vienen y van nuestros pasados compartidos van y vienen nuestros futuros distanciándose ella no sabe lo que yo no sé me pregunta ¿yo qué hago? le contesto comé vestite dormí caminá sentate el chirrido de su robot le hace caso por hoy a ese minimalismo que habrá que reprogramar mañana.
"¿Sucederá que vea extenderse el desierto hasta que también le falte la caridad feroz de los recuerdos?" se pregunta Ungaretti en El cuaderno del viejo mientras mi vieja se aleja encorvada hacia el desierto público de su desmemoria desde la cabecera de la cama doble la interrogan dos retratos pero ella no encuentra la contraseña quiero guiarla pero se le suelta la lengua es tu mamá es tu papá ¿te acordás cómo se llamaban? Avanza protegida por lo que no dice su amnesia y me pierde a mí en otro idioma nos encuentran sueltas nuestras maternidades adoptivas soy ahora por ella la hija que crece sin remedio para dejarla decrecer tranquila entre mis brazos así juntas nos vamos separando trabajamos hasta el borde un abismo de sonrisas porque hay otras fotos y ella bien puede no acordarse de mí pero no importa entre mi nacimiento y su muerte la de la alegría fotogénica ésa que me legó generosamente un parecido todavía está viva y nada le impide seguir siendo mi madre.
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Del otro lado del dormitorio familiar fijo como una roca al espacio inhóspito del desalojo ahí, más allá de los retratos de abuelos señalando esa almohada que ya nadie usa pegado a las valijas que esperan de pie ahí es donde crece el fantasma del asilo que espera paciente a mi madre para volverse real. En puntas de pie entramos a espiarlo detrás de un olor hay otro olor hay otro olor hay otro olor y todavía más atrás de un quejido un ruido avanza son sillas de ruedas que caminan solas los desnudos y los muertos ponen el freno de sus sondas a disposición de las enfermeras alguien tiende la cama con fruición de sepulturero en la sala de kinesiología inmovilizan a los inválidos en zapatillas no encuentro la salida aunque las flechas la indican a cada paso que no doy no la dejemos, no la dejemos acá, decimos a coro con mi hermana que ella nos cuide, que ella nos proteja de lo que le toca consolanos mamá de tu propio sufrimiento porque el gasto de tu vida nos ahuyenta poniéndonos como locas al borde de la salida aunque la flecha que la señala ya atravesó tu cuerpo y ahora todo lo que nos espera es una entrada marcha atrás por el túnel de tu deterioro ése que desde el primer parto programado hasta el punto muerto de la última cesárea va expulsándote sola suelta de tus propias hijas afuera más afuera muchísimo más afuera todavía de nuestro primer hogar.
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A ver, a ver, a ver, repetía antes de morirse como si algo le tapara la visión del otro camino ése que ella ya tenía delante de las narices pero que la dirección de su cuerpo aún se negaba a tomar. A ver, a ver, a ver, siguió insistiendo hasta el cansancio mientras los que rodeábamos su cama queríamos ver también si es que realmente algo visible, un ángel o cualquier otra aparición, metida de lleno en la asepsia de ese cuarto
podía darnos la clave médica de que algo estaba por pasar. Después de que murió me sentí culpable de haberla confrontado con sus fantasmas a ver qué, mamá, a ver qué, a ver qué. Y aunque nada había para ver, eso es seguro, ella encontró, parece, el objeto que buscaba porque de un minuto para otro se quedó muda mientras yo con la pregunta en la boca me fui rumiando las razones de todos los asuntos del mundo que en la cadencia insoportable de su repetición no tienen, no tienen y no tienen ninguna respuesta.