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El sentido del destinatario

Marta Agudo, 28010, Calambur, Madrid, 65 pp., 2011

Siempre sabemos a dónde ir. Cómo no saberlo a golpe de Tom Tom, de GPS, de callejero en realidad aumentada. Cómo no saber a qué hora llegaremos a. Cuál es la dirección de. El destino, el destinatario, son más ciertos que nunca, ahora que todos podemos saberlo todo. Otra cosa es entender. Porque tener una dirección no es siempre saber cuál es el sentido. Y hace falta en esto de las indicaciones, o los poemas.

Para Agudo, en 28010, las coordenadas suenan, se organizan, nos ubican, narran.  Un timbre, un envío, el sentirse destinatario de. Poco importa el "de". El "de" lo es todo. Importa ser destinatario. Reconocerse en un nombre, en un significante al que una misma significa. Por eso en todo lo que rechazo palpita mi postura; y entre lo que fui y no fui, mis frustraciones; y entre lo que soy y seré, una bandada de verbos, siente la poeta al deletrear su propio nombre, en un ejercicio de identidad que identifica como "Fonética".  Bajo este nombre transcurre la primera parte de un poemario centrado en la búsqueda, consciente de lo que eso supone, conocedora la voz poética de la tradición que rodea ese tema, asumiendo los vicios de quien busca con palabras, ganándose el respeto entonces de todos aquellos que andan buscando y casi ni lo saben: Dadme mis letras para recomenzar. Dadme aunque sea un cero, pero uno completo, cuadrado y sin fisuras.

Como pequeños cuentos estáticos configura Marta Agudo 28010. Una sucesión desencadenada por el timbre, porque en la literatura siempre llega alguien. Y con el timbre, anagnórisis. Lo complicado es el reconocimiento propio, la construcción de una identidad, y entenderla. Y más aún, reencontrarla pasado el tiempo, cuando parece que todos los muebles están colocados y "mira, tú, dónde demonios estaba aquella cómoda y qué diantres hace aquí esta estantería". Y en el origen qué fue: ¿el verbo o el nombre? El primero hizo al segundo y éste para afirmarse empleó un procedimiento negativo: si "no planta", si "no perro", si "no ojo"…; expectativa hasta que el adverbio "sí" pudo ser enunciado. Después el resto de partículas: "antes", "hasta", "no obstante", "todavía". Repetición tras repetición para ir creando oraciones: llanura… Las cosas, las casas, los hogares que poco a poco vamos siendo y en los que nos hacemos espacio y de los que nos expulsamos, algunas veces. Condensa Agudo esa evolución de espacio cerrado y a la vez abierto, de paredes y patio de luces. Como si al abrir una ventana el ritmo del vivir se transformase (Cuando llegue patios abandonados, memorias de oscuros exterminios, aunque, paredes adentro, hexágonos de miel).

En este entender quién es el destinatario de la dirección escrita (mucho más allá de un código postal, aunque sí código, siempre código), hay cuatro partes: "Fonética", "Sintaxis", "Geografía" y "Secuencia". Como si las tres primeras glosasen la última, con lo que suena, lo que se ordena y lo que ubica. Los elementos para contar una historia que en el tiempo alberga lo que una magdalena proustiana, esa maldita costumbre que tienen los sabores o el olfato de llevarnos a otro tiempo. Quizás duren estos poemas, en el tiempo físico (que no es necesariamente el más real), lo que dura sostener con las manos un sobre, un paquete, que no unas palabras. En otro hilo de tiempo, sostener esas palabras se dilata, se fragmenta. Dice Agudo: Y si la verdadera patria del hombre es el idioma: las pausas, las curvas, sus ritmos informales, habré de callarme para recomenzar, frotarme las manos hasta que desaparezcan las huellas dactilares y en la explanada abierta de la palma poder sembrar carteles, opúsculos, las cadencias de mi sintaxis o la precocidad de un niño, consciente de ser niño, que muestra sus venas rotundas hacia el aire.

Si hay un motor de avance en 28010 hay, al margen, otro movimiento. Uno que oscila entre un sentimiento crítico (muy libre, en su forma, en sus modos, en su dar pasos con un trazado difuso pero convencido) y un pesimismo leve, que no quiere evitarse, a modo de polvo que se deja ahí con los años. No por mucho madrugar soñarás más certidumbres, dice la voz crítica que ya conoce la certidumbre de lo dislocado.

El vecindario de 28010 recuerda, desde la mirada de la poeta, al universo de José Carlos Fernandes, en la colección gráfica La peor banda del mundo: quienes pasan los días así piensan en el "tiempo" o el "espacio". Si el primero no existe, qué hacer entonces con el segundo. Un niño al que le da miedo el espacio: montes, playas, cosas que esperan y esperan por algo.

Existe, además, un ejercicio de reconstitución (Rebobinar y desdecir la saliva que aquí me trajo), con el que entender que toda ubicación hasta el momento era en sí metáfora. Si has de contar (que es hacer), has de ser (que es ser).  Elaborarse, convertirse una en respuesta a su propia cuestión. Marta Agudo desmenuza lo aprendido (y poco se aprende fuera del lenguaje, el dolor, que está ahí, el latir, que va por su cuenta) y lo coloca frente al reflejo de un espejo cuarteado. Lo analiza como se ve el cuerpo de algunos animales en las carnicerías. Más estudio que compasión para encontrar lo que sabe que hay de fondo. Y si existe el miedo, que existe ante la ausencia de certezas, permanece la decisión de que esto es justo lo que hay que hacer: No hay cordillera sin dos ni zanja sin cuerpo vivo.

Porque viva, Marta Agudo se cuenta. Porque libre, se busca.


Sofía Castañón







    Comentarios

    1

  1.  

    Adolfo Cueto 06-07-2011 |

    A fuerza de dragados: vuelta a la tortilla (turno de réplica) Avisado, leo la reseña con sorpresa. Releo con estupefacción. Contrasentido esencial. Si de amor –y con sentencia: no olvidemos que el crítico enjuicia– es re-al-men-te de lo que habla este libro (párrafo 2º), ¿es posible que el homo homini lupus esté de-ma-si-a-do presente en una obra con poco espacio para la confianza en el hombre (párrafo 3º)? ¿Cómo se come eso? ¿Canibalísmo amoroso? ¿Una (mala) suerte de licantropismo lírico-moral? Sin duda. Oh, no, qué va: si se trata de un libro duro, con predominio de léxico de carácter negativo (párrafo último). ¿Amor sadíco entonces, con violencia de género incluido? –de género poético, claro: poético o no. Queda uno muy confuso, indignado –que para eso está de moda- con tanta perversión y tanto enredo al acabar de leer la reseña. Y es que ¿qué cabe esperar de alguien que gasta su energía en escribir todo un libro, desconfiando, como desconfía, de la palabra (párrafo 4º)? Pues eso: puro vicio. (Y reincidiente, además, que es ya el tercero.) ¿Y exhibicionista, encima? El colmo. ¡Ahí podíamos llegar! Si hasta manifiesta, en la poética final (Epí-logo, curiosamente), eso de la desconfianza… No es insuficiencia ni afán de plenitud (ay, el no sé qué ese del balbuceo; la música ya sin letra de la ascensión), no: es un recelo tajante. ¿Hacen falta acaso más “pruebas” que esa definitiva de la desconfianza? ¿Hay que mostrar algo de decencia ante tanta indecencia? ¡Para qué rebajarse ya…! A renglón seguido, pueden juez y fiscal concluir en condena: el juicio sumarísimo y la hoguera. Eso sí, breve y rápida, que no se diga que no hay compasión; y con la sentencia de rigor previa –no olvidemos que el crítico sentencia, y condena, a veces, aun yendo sin toga, como de calle, con su condicional. (¡Un buen cirujano, por caridad, que tengo un cáncer! Que no me muestran el resultado de la biopsia. Por caridad…) Mucho puede estar ya en el sitio de la exactitud de bulto. A la altura imprecisa de estos tiempos de globalización: que si ¿barroquismo hasta el final?, ¿y el característico de to-da la poesía española (párrafo 4º), ni más ni menos?; que si ca-si-na-da escapa al bisturí de la ironía (párrafo final); etc. Sí, debemos de dar siempre gracias al buen ejercicio crítico: ¡incluso yo mismo voy a releer el libro, después de esto! Qué obsesión la de Goethe, pidiendo "luz, luz, más luz" hasta en el lecho mortuorio, antes de expirar. ¿Tendría delante a algún “crítico”? Claro que, para vestirse de luces y meterse en faena, imprescindible resulta rematar y consumar bien, sabemos. Es básico que no le vale al crítico lo que al poeta, y que ese mismo eje de coordenadas de cierto pensamiento [poético] que es la "contradicción" (párrafo 3º), trasladado a la crítica, da más bien en confusión desvirtuada o ceguera. Uno podría iluminar por chispazos, al frotar palabras, ideas, conceptos; otro nos quema la vista, al estrellarlas. Al estrellarlos. Téngase en cuenta lo dicho, sobre todo, para evitar que lo que pudiera, en apariencia, ser una reseña bien fundada, adolezca luego de descompensación, coja el rábano por las hojas, dé la vuelta a la tortilla y no deje correr el agua lúcida y cristalina de una adecuada lectura, cayendo en las garras de tanta perversión enjuiciada; quedando ellas mismas encalladas, ay –amputadas lectura y reseña-, en su contradicción esencial (qué enredo, sí): precisamente en la zona esa de dragados, palabra cuya definición en la Wikipedia leemos al principio (convendrá releerla, finalmente), y que tan sólo constituyen, stricto sensu, los apenas diez u once poemas de la sección inicial. Y que, en vez de esa reseña pretendida y aparentemente rigurosa (pese a su frío neutro) con que debe enjuiciar todo un señor juez-fiscal, revestido ya en su poltrona –y después de golpear con el martillo-, lo que encontremos más bien, al hacer la prueba del algodón con buen ojo, sea algo así como un potingue de esos con que tratamos de disimularnos las arrugas, sea éste de la firma Pond’s o no. Pero no todo es yerro, en fin. Hay algunos aciertos que aparecen enseguida, antes de que la cosa gire en purito contrasentido. Y así, desde luego, qué duda cabe de que la construcción sólo es posible si antes se ha dado el proceso de dragado (párrafo 2º), ya que, a la inversa (y a la contra, sobre todo), se corre gran riesgo de que caiga el edificio; de que quede inundado, vaya, aun por pequeño que éste sea. O por eso mismo, quizá. Así que gracias en todo caso. El autor descargado, que no despechado

  2.  

    Adolfo Cueto 06-07-2011 |

    Siento que este sistema no respte presentación ni párrafos.

  3.  

    Anónimo 07-07-2011 |

    A ver si ahora: A FUERZA DE DRAGADOS: VUELTA A LA TORTILLA (Turno de réplica) Avisado, leo la reseña con sorpresa. Releo con estupefacción. Contrasentido esencial. Si de amor –y con sentencia: no olvidemos que el crítico enjuicia– es re-al-men-te de lo que habla este libro (párrafo 2º), ¿es posible que el "homo homini lupus" esté de-ma-si-a-do presente en una obra con po-co espacio para la confianza en el hombre (párrafo 3º)? ¿Cómo se come eso? ¿Canibalísmo amoroso? Una (mala) suerte de licantropismo lírico-moral, sin duda. Oh, no, qué va: si se trata de un libro duro, con predominio de léxico de carácter negativo (párrafo último). ¿Amor sadíco entonces, con violencia de género incluido? –de género poético, claro: poético o no. Queda uno muy confuso, indignado –que para eso está de moda- con tanta perversión y tanto enredo al acabar de leer la reseña. Y es que ¿qué cabe esperar de alguien que gasta su energía en escribir todo un libro, desconfiando, como desconfía, de la palabra (párrafo 4º)? Pues eso: puro vicio. (Y reincidiendo, además, que es ya el tercero.) ¿Y exhibicionista, encima? El colmo. ¡Ahí podíamos llegar! Si hasta manifiesta, en la poética final (Epí-logo, curiosamente), eso de la desconfianza... No es insuficiencia ni afán de plenitud (ay, el no sé qué ese del balbuceo; la música ya sin letra de la ascensión), no: es un recelo tajante. ¿Hacen falta acaso más "pruebas" que esa definitiva de la desconfianza? ¿Hay que mostrar algo de decencia ante tanta indecencia? ¡Para qué rebajarse ya...! A renglón seguido, pueden juez y fiscal concluir en condena: el juicio sumarísimo y la hoguera. Eso sí, breve y rápida, que no se diga que no hay compasión; y con la sentencia de rigor previa –no olvidemos que el crítico sentencia, y condena a veces, aun yendo sin toga, como de calle, con su condicional. (¡Un buen cirujano, por caridad, que tengo un cáncer! Que no me muestran el resultado de la biopsia. Por caridad...) Mucho puede estar ya en el sitio de la exactitud de bulto. A la altura imprecisa de estos tiempos de globalización: que si ¿barroquismo hasta el final?, ¿y el característico de to-da la poesía española (párrafo 4º), ni más ni menos?; que si ca-si-na-da escapa al bisturí de la ironía (párrafo final); etc. Sí, debemos de dar siempre gracias al buen ejercicio crítico: ¡incluso yo mismo voy a releer el libro, después de esto! Qué obsesión la de Goethe, pidiendo "luz, luz, más luz" hasta en el lecho mortuorio, antes de expirar. ¿Tendría delante a algún "crítico" que le tapase la ventana? Claro que, para vestirse de luces y meterse en faena, imprescindible resulta rematar y consumar bien, sabemos. Es básico que no vale al crítico lo que al poeta, y que ese mismo eje de coordenadas de cierto pensamiento [poético] que es la "contradicción" (párrafo 3º), trasladado a la crítica, da más bien en confusión desvirtuada por alteraciones de la vista, pudiendo llegar a la ceguera. Uno podría iluminar por chispazos, al frotar palabras, ideas, conceptos; otro nos quema la vista, al estrellarlas. Al estrellarlos. Téngase en cuenta lo dicho, sobre todo, para evitar que lo que pudiera, en apariencia, ser una reseña bien fundada, adolezca luego de descompensación, coja el rábano por las hojas, dé la vuelta a la tortilla y no deje correr el agua lúcida y cristalina de una adecuada lectura, cayendo en las garras de tanta perversión enjuiciada; quedando ellas mismas encalladas, ay –amputadas, lectura y reseña-, en su contradicción esencial (qué enredo, sí): precisamente en la zona esa de dragados, palabra cuya definición en la Wikipedia leemos al principio (convendrá releerla, finalmente), y que tan sólo constituyen, "stricto sensu", los apenas diez u once poemas de la sección inicial. Y que, en vez de esa reseña pretendida y aparentemente rigurosa (pese a su frío neutro) con que debe enjuiciar todo un señor juez-fiscal, revestido ya en su poltrona –y después de golpear con el martillo-, lo que encontremos más bien, al hacer la prueba del algodón con buen ojo, sea algo así como un potingue de esos con que tratamos de disimularnos las arrugas, sea éste de la firma Pond’s o no. Las grietas, al desmaquillarnos, están ahí. Pero no todo es yerro, en fin. Hay algunos aciertos que aparecen enseguida, antes de que la cosa gire en purito contrasentido. Y así, desde luego, qué duda cabe de que la construcción sólo es posible si antes se ha dado el proceso de dragado (párrafo 2º), ya que, a la inversa (y a la contra, sobre todo), se corre gran riesgo de que caiga el edificio; de que quede inundado, vaya, aun por pequeño que éste sea. O por eso mismo, quizá. Así que gracias en todo caso. El autor descargado, que no despechado

  4.  

    Adolfo Cueto 07-07-2011 |

    Pues nada. Después de un segundo intento para que aparezca el texto bien presentado por párrafos, no puede ser. Así queda ya. Me voy a respirar...

  5. 1
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