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Barroco cubano

Alexis Díaz-Pimienta, Fiesta de disfraces, Calambur, Madrid, 2008.

Alexis Díaz-Pimienta (La Habana, 1966) gana con Fiesta de disfraces el I Premio Internacional de Poesía LOS ODRES, de la Fundación López Rejas (Murcia). No es el primer premio que se le concede en nuestro país ni la primera vez que le publica una editorial española, sin embargo, la crítica nacional todavía no le ha prestado la atención que creo se merece. Escritor de una veintena de libros, tanto de poesía como de novela, cuento y ensayo, dedica gran parte de sus esfuerzos al repentismo, literatura oral de improvisación, que tiene en la décima o espinela su forma más extendida. El repentismo, tal como se conoce hoy en Cuba, cobra auge a partir de los años 40 del siglo pasado con un marcado hibridismo interdisciplinar y muy vinculado a los diferentes medios de comunicación de masas. Desde entonces la tradición repentista no ha dejado de crecer, animada por el espíritu de controversia que lo propicia y que recuerda a las justas literarias del barroco. En España no son pocos los festivales dedicados a esta especialidad que ya han trascendido los iniciales ámbitos andaluz o canario. Determinar de qué manera influye la faceta oral de la literatura de este autor en la escrita y viceversa, no es el propósito de estas líneas, aunque sí hay que dejar constancia de la existencia de esta influencia -para la cabal comprensión de su obra-, que no siempre se traduce en fenómeno enriquecedor. El poema que comparte título con el libro creo que es un ejemplo de que lo que funciona en la oralidad no tiene por qué funcionar en el texto escrito, aun considerando el carácter marcadamente oral de la poesía.

Sin caer en simplificaciones ni reduccionismos, me parece que se puede entender muy bien Fiesta de disfraces al amparo del mejor neobarroco hispanoamericano, de ese neobarroco cubano con particularidades propias y que tiene en Nicolás Guillén, José Lezama Lima, Alejo Carpentier o Severo Sarduy a las figuras más representativas; y del neobarroco argentino, abanderado por Jorge Luis Borges, presente en esta obra de múltiples maneras. Entender el barroco y sus manifestaciones actuales a la luz de las aportaciones de Eugenio d´Ors y de los que le han continuado, dejando a un lado toda la carga peyorativa que la tradición ha ido transmitiendo, creo que es necesario a estas alturas de madurez crítica. Comprender que la peculiaridad del neobarroco cubano es efecto, como dirá Vittoria Borsó, de traducciones y transacciones culturales, de la topografía transversal que se ocasiona, de ese encuentro de diferencias y contactos culturales que se da en los espacios heterotópicos que resulta ser América Latina, y que es de donde surge la desestabilización de los órdenes que será característica de cualquier barroco. 

Si en esta obra se puede decir que hay una reflexión sobre la identidad y los fingimientos, y el autor poetizará numerosísimas manifestaciones siendo un perspicaz descubridor de sus evidencias cotidianas, diremos que esa crisis de identidad que se plantea responde al tópico barroco del horror vacui, que tiene la otra cara de la moneda en la proliferación formal. Dirá en un poema: todos convocados por el miedo a no ser, / después de tanto tiempo, nadie. Este es un libro fuertemente sentimental, aunque en ocasiones se empeñe en no serlo, en el que cada uno de sus poemas va alzando los miedos del autor: miedo a la nada, a la soledad, a la falta de comunicación entre la gente que se quiere, a la pérdida de memoria, a la involuntaria falsedad, a los sueños rotos… Como estructuras tópicas más distintivas del barroco que se ponen de manifiesto en esta obra, señalaremos a modo de enumeración: el retrato; contacto de contrarios/opuestos manifestado en la necesidad de presentar diversas miradas de lo mismo; ruptura del orden tanto temporal como espacial, coincidiendo, por una parte, con Sarduy en ir más allá de los experimentos del boom de los 60, cuya poética se basa en la lógica de las oposiciones, y optar por la ironía, y por otra con Lezama Lima al considerar la memoria como constructora del pasado; necesidad de “nombrar las cosas”, que responde a la citada proliferación formal y se concreta en el recurso habitual a la enumeración; parodia, como en casi todo el neobarroquismo cubano, de la cultura de Occidente. De forma minoritaria hay unos pocos ejemplos de la otra vertiente del barroco que, en lugar de recurrir a la acumulación, opta por la eliminación de lo superfluo y llega casi al silencio. En uno de estos poemas (“Aniversario de tristeza”), Díaz-Pimienta está muy cercano a la poética del haiku tanto temática como técnicamente: Crespones negros en todas las ventanas / (…) Crespones negros y hormigas / que ya no pueden con las hojas secas.

Fiesta de disfraces es un libro variadísimo en cuanto a la forma: décimas, serventesios, sonetos…,  entrelazados con poemas de verso libre, unos breves y otros más largos, sin escapar algunos a un prosaísmo de tono que no desmerece del conjunto. Hay numerosísimos aciertos verbales, sin caer en la verborrea que le achacan algunos de sus coetáneos, aun cuando reconozcamos una tendencia mayor a la proliferación que a la contención. También variadísimos son los recursos que utiliza en la construcción de los poemas, sirviéndose incluso de técnicas cinematográficas: la recreación del pasado que hace en un par de poemas es transmitida en blanco y negro o en color sepia; otro dos, por ejemplo, funcionan a modo de espejo, ese espejo que está tan tematizado en las páginas de este libro y que corresponde a la visión poliédrica de la realidad que el autor quiere transmitir y que, sin duda, ha heredado de Borges. Ambos comparten ese afán por poner en jaque a lo establecido. El autor juega con el lenguaje y con la literatura, no ajeno a lo lúdico del romanticismo, y mantiene un diálogo constante con otros escritores reinterpretándolos e incorporándolos a su propio discurso.

Estamos ante uno de esos libros que  hacen volver a creer en la literatura, a disfrutar de su lectura, de lo que tiene de festival su alarde de virtuosismo, y a valorar su tarea de agitador de modorra. “Ambos momentos –dirá Vittoria Borsó-, el impacto crítico y la ‘golosina intelectual’, son los gestos con los que la estética barroca y neobarroca hispanoamericana han ido entablando un diálogo con el mundo.”

José Manuel Pons










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