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Autobarcinografía

Joan Margarit, Barcelona amor final, Proa, Barcelona, 2007.

Hay entre mis libros una Breve antología de elogios poéticos a Barcelona, discreto volumen publicado por el Ayuntamiento de esta ciudad en 1969 que puede encontrarse por quintuplicado en todas las librerías de viejo de la urbe y todos los domingos en el Mercat de Sant Antoni; yo se la compré por tres pobres euros a un librero que liquidaba. Si ahora, cuarenta años después, volviera a editarse algo semejante, y si a la hora de escoger los poemas no hubieran de intervenir factores, digamos, extraestéticos, sospecho que no encontraríamos ningún poema de Joan Margarit, y eso por el mismo motivo por el cual en la antología citada no aparece ninguno de Jaime Gil de Biedma.

A fuerza de habitarlos, los espacios acaban por quedarse con algo de nosotros; así, cuando posamos sobre ellos nuestra mirada o nuestro recuerdo, nos devuelven nuestra imagen, nuestro pasado. A fuerza de habitarla, la ciudad se convierte en parte de uno mismo, y entonces verla es verse y recorrer sus calles es recorrer el camino de la propia vida. Cada chaflán es un espejo de cuerpo entero, cada esquina recupera un meandro de nuestra historia. "El diàleg amb Barcelona és un diàleg amb mi mateix", dice el poeta en el prólogo al primer capítulo del libro. A fuerza de habitarla, Barcelona no puede ser para el poeta, sin más, como para Woody Allen, la rutilante metrópolis mediterránea que tiene dos milenios de historia y se ha puesto guapa y está de moda. La Barcelona de Margarit es una ciudad que ha crecido con él, desde los días de la posguerra hasta el día de hoy; es un espacio tan propio, tan íntimo, que no se presta naturalmente al elogio: la oda a uno mismo no es una fórmula de buen gusto. Más aún: como dice el propio poeta, es "la humilitat, l’únic camí que pot dur cap al poema".

Margarit ha recogido en este volumen aquellos poemas de sus libros que tienen como motivo explícito a Barcelona; sólo hay ocho piezas  inéditas, entre ellas la que da título al libro y lo cierra. El recorrido por Barcelona, que, como se puede sospechar después de lo dicho,  no es un acordeón de postales de quiosco sino un álbum personal —el piso frente al Turó Park, la Escuela de Arquitectura, Sardenya 548, el Carrer de les Camèlies, Sant Gervasi, la Estación de Francia, Montjuïc, el parque de La Ciutadella y el museo que entonces alojaba, Collserola…—, traza su autobiografía: ilusiones, desengaños, amores y dolores. Ya conocemos la obra de este artista: la suya no es una poesía preciosa, es una poesía auténtica; no responde al lujo sino a la necesidad. El tono fluye entre una sobria melancolía y un dolor sin paños calientes —los poemas sobre su hija Joana—, pero aflora aquí y allá el amor a Barcelona y la satisfacción de haber vivido.

El barcelonés reconocerá su propio hogar en la recurrente alusión a los plátanos y probablemente disfrutará con las evocaciones del paisaje urbano. Pero, obviamente, no hace falta haber vivido en Barcelona para disfrutar de estos poemas, como no hace falta haber vivido en París para disfrutar de los versos de Baudelaire. Tampoco hace falta saber catalán: la edición es trilingüe, Margarit los ha traducido al castellano y Anna Crowe al inglés. Una serie de fotografías retratan la ciudad de ayer y de hoy.

Gonzalo Salvador










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