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La desproporción de la hermosura

Lorenzo Plana, Desorden del amanecer, Pre-Textos, Valencia, 2008.

¿Por qué traer aquí un libro que nos parece irregular, hurtado o conseguido a medias de sí mismo? ¿Cómo al final ser ecuánime si la ecuanimidad ni se usa, ni tampoco existe? Propuesta: encareciendo lo que en él haya de bueno, tratando de aliviar, sin acabar de menospreciarlo, aquello que se estima de menor valor. Lorenzo Plana (Lleida, 1965) vuelve a componer, después de La historia de Silly Boy (Dama Ginebra, 1991), Ancla (Pre-Textos, 1995; para muchos el mejor construido de todos), Extraño (Pre-Textos, 2000) y La lenta construcción de la palabra (DVD, 2004) un libro en el que los hallazgos, cuando no se nos escatiman, valen, y resultan preciosos. Es decir, suficientes para mencionar aquí Desorden del amanecer en el intento de ensalzarlo y recomendar  así su lectura.

El libro comienza rotundo y exaltado, feliz en una ínfima convicción: la de aquello que se encuentra en todas partes y ninguna, fuera del límite, y es a la vez gombrowiczianamente incompleto e imposible. Desde ese territorio negativo pueden alzarse los valores de lo ingenuo, lo no culminado y entonces la dicha de lo que, al no haberse realizado, no tiene por qué someterse a las reglas del mundo generando a sus propias instrucciones (Sigues feliz, / porque tarde o temprano saltarás / y en la aduana sin fin de las estrellas / sólo tú escribirás las instrucciones, "Fortuna"). Se trata de una apuesta desesperada, aquella de quien opone su propia verdad al mundo (El universo es un erial desierto; / mis ojos son la entrada a todo lo que importa, “Vida abierta"), de quien confía en la amistad y en el amor y, desde él, en el miedo de la vida. La alegre verdad de quien se ha inmolado y sobrevive.

Ya desde aquí (y a lo largo todo el libro) el verso –la exhaustiva rigidez del verso, su frase estática y cerrada que desmiente la armonía de lo fácil ("Lava")– impide que lo dicho se desmande aunque lo desearíamos. Que se forzase la dicha o lo otro se atenuase hasta una delicadeza prácticamente invisible. Porque cautiva cuando brevemente aparece esa voz rotunda (Las basuras respiran contra el humo desnudo / y yo anhelo un gran frío, "Pertenencia"), o cuando algo sutil adelgaza el grosor de las palabras (Como elegantes nubes, / como sedados muslos de pereza / la radio emite una canción dormida, "La resta"; Un viento con los brazos sin huesos / aplica la ceniza de un rito desalmado / sobre mis sienes blancas, lisas como una luna, "Los que deciden marcharse").

Pero tal vez la poesía de Plana sea esa imperfección: la sequedad moral con que la voz se ausculta buscando desentrañar las cosas ("Egocéntrico") con recesos de extraño lirismo en que ella descansa: Fuerte y sincero árbol transparente ("Árbol transparente"). La mayoría de las veces esto sucede en un mismo poema, que entonces se deslavaza en la contradicción de su unidad. Sin embargo, ¿por qué no extremarse, llevarlo aún más lejos, abrirse finalmente a la plenitud? ¿Por qué no burlarse de esa imagen que a sí misma se impreca, constantemente? Si bien no deberíamos olvidar el pórtico, la declaración inicial de intenciones: una verdad de nada que sobrepasa los contrarios (Si vamos descendiendo / nuestros pequeños males son arena, "Ventana blanca")  y dota de unidad y que no es otra que la escritura (Escribir desde aquí. / Escribir como quien pisa una mano, "Sólo yo"). Sólo que al final estos dos límites, este juego de contrastes y equilibrios, se pierden en lo evidente, en la notación obvia. El poema se astilla inexacto o al lector se le repiten sus matices convirtiéndolo en material obvio o predecible.

Lo mejor, quizá, lo que nos llama en este libro es esa continua sensación de extrañeza y misterio ante lo vivo, su apuesta emocionada por la belleza, por la poesía misma. Es esta conmoción la que impulsa la marcha, el gesto del que va adelantándose caminando sin objetivo, avanzando siempre hacia el avance, con la sola conciencia de su peso en la contradicción como en "Hombre cerrado". O cuando se evita la obviedad (En tu sonrisa el mundo se desguaza ("Emily Brönte") y surge una desesperación desengañada (Quiero que mis palabras / rompan el mundo / porque el mundo me ha roto, "Hombre cerrado"), a la vez que se comprende la gran desproporción de la hermosura aunque buscándola o convocándola (Adoro a la belleza como a un hijo. // Sé que si permanezco junto a ella / seré una bestia fuerte como el mejor venero, "Lejos").

Sólo al final, se completa el círculo, retorna la fuerte pero emocionada confianza en ese amanecer mínimo que permite vislumbrar algo, cualquier cosa que la nueva hora sea:

Es el amanecer: se filtra más allá.

Yo sólo pido aquello inexplicable:
que mis latidos rompan todo lo que resulta cierto.

Esta luz que me llena
no puede ser tan sólo indiferencia.

Precisamente porque soy minúsculo,
el universo abre un horizonte.

Sólo me salvará
buscar en mi interior un alba hacia lo mínimo.

Esta noche ha esperado
como un dios se acomoda entre estrellas que vibran.

Yo avanzo porque el más allá está en mí.

("Amanecer")

Daniela Martín Hidalgo










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