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Seguiremos buscando entre los objetos

Margaret Atwood, La puerta, Bruguera, Barcelona, 2009.

Si en la Novena Elegía de Duino Rilke proponía alabar al ángel del mundo mostrando lo simple y feliz y nuestro de las cosas próximas, buena parte de la poesía anglosajona del siglo XX no ha hecho más que insistir en esa alabanza y decir lo común en todos los tonos posibles. Desde Lowell pasando por Larkin y para alcanzar finalmente a Ashbery, se ha logrado reducir la poesía y su tono al aquí terrestre, decir lo que no es más ni menos extraordinario que un solo hombre, una sola mujer, en la brevedad de su paso por el mundo. Las mujeres poetas alcanzaron en esto su matiz diferente: más físico y carnal, más cercano a la materia. Y entonces vino Moore pero también H.D. (distinta del resto, más concentrada y difícil y clásica y acaso mediterránea) y luego Bishop, Plath y Sexton y todas. Así hasta llegar a la canadiense Margaret Atwood (Ottawa, 1939), culminación o acaso final superviviente de esta saga.

En España, los libros de estas poetas anglosajonas se traducen y los leemos y nos interesan y hasta nos gustan. Aunque a veces uno caiga a cierta sensación de insistencia (prueba de ello, las anteriores dos buenas reseñas aquí de los libros de Bishop y Plath, a las que yo no estoy sino añadiendo repetición con esta misma). La insistencia en esta variación, vamos a suponer, tiene que ver con revelar nuevas posibilidades y significados, en descubrir lo que muta y aquello que permanece de esta poesía hasta hace poco escasamente conocida en España.

Atwood se diferencia de las otras en un tono narrativo más sostenido, en la científica atención a la naturaleza y sus bichos. Pero permanece en ella ese gusto por la evocación de la infancia burguesa (mamá, papá y un lindo gatito llamado Blackie), luego la explicativa poetización de la propia labor poética (la segunda parte del libro agrupa la mayoría de estos poemas) y esa crónica de la existencia de lo común diario, la extraordinaria relevancia de lo vulgar. Y esto es lo que encontramos en este libro granate (un poco no demasiado agradablemente escogido el diseño para esta colección de poesía en Bruguera: cubiertas llamativas y reconocibles pero poco atractivas, papel y caja con poco gusto escogidas).

En La puerta, la voz poética es la de una mujer anciana que hace recuento vital desde la infancia y sus primeras experiencias hasta la vejez y como preparación a la entrada por esa puerta del último poema al que hace alusión el título y que no es sino la de la muerte: La puerta se abre: / Oh, dios de los goznes, / dios de los largos viajes, / has cumplido tu palabra. / Ahí dentro está oscuro. / Te confías a las tinieblas. / Estás dentro. / La puerta se cierra. Esa mujer y su mundo de cosas materiales y espirituales: desde la mancha irisada infantil de gasolina del primer poema y que parece justificación a todo el recorrido poético del libro (Pero aun así disfrutaba del olor, / tan ajeno, una ráfaga / de materia de estrellas. // Me hubiera gustado beberlo, inhalar su iridiscencia, "Gasolina")  hasta los "cúmulos de objetos" revisados tras la muerte de la madre o la voz robada al tabique de la soledad del hombre amado.

Se trata de un libro de cierre, de recuento, largo (una década de escritura si atendemos al tiempo de silencio poético de Atwood), sólo que demasiado limpio y correcto (incluso cuando entra en el terreno de la denuncia política, en la tercera parte). Un libro optimista, vital y tal, de una casi despreocupada apuesta por la vida (esa "old woman" de cuento que nos invita a volver del suicidio en "La esencia del gótico" con las palabras mágicas de "Go back, my dear"). Una exacta "biografía poética" de quien se retrata en el gesto de quien ha mirado la realidad desde el antepecho de su escritura, poniéndose un poco la mano en la boca después de reír de su fina y urbana y educada ironía (ironía, qué palabra para la risa). En definitiva, todo lo contrario a lo que en "Sor Juana trabaja en el jardín" la propia Atwood parece proponerse: Es hora, otra vez, de trabajar en el jardín: hora de la poesía, de los brazos / hasta los codos en lo que queda / del diluvio. Queda entonces la sensación de que esta poesía ni revuelve la tierra ni mancha. Pero es que un jardín no es más que un jardín, quiero decir, naturaleza domesticada.

Daniela Martín Hidalgo










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