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El esplendor del clasicismo

Miguel d´Ors, El misterio de la felicidad. Antologí­a poética, Renacimiento, Sevilla, 2009.

Con un luminoso prólogo de Ana Eire, que ha cuidado también la edición y la selección de los poemas, ha aparecido recientemente esta antología de la poesía de Miguel d´Ors (Santiago de Compostela, 1946), un autor que, desde hace tiempo (por lo menos desde el Premio Nacional de Poesía, que obtuvo en 1987 por su Curso Superior de Ignorancia), suscita grandes devociones; y no sólo entre los devotos católicos, como se confiesa este poeta en muchas ocasiones, sino entre un gran número de lectores que, sobre todo, admiran su aparente sencillez estilística para abordar cuestiones vitales y actuales nada sencillas. A tratar de desvelar por qué un autor tan aparentemente "clásico", tan conocedor y seguidor de una larga tradición poética, se muestra a la vez tan original y tan inconfundiblemente suyo en cada verso, dedicaré las siguientes líneas, con la brevedad que requieren estas páginas.

En primer lugar, me interesa desvelar por qué un poeta con una dicción tan llana, que con frecuencia roza o se interna en lo coloquial mientras nos cuenta su vida, puede, a la vez, deslumbrarnos con unas emociones tan hondas e inesperadas. Y es que si Antonio Machado, borrada la historia, / contaba la pena, Miguel d´Ors nos cuenta, a la vez, la historia y la pena. Pero de manera que su historia o sus historias personales no se cuentan nunca del todo, sino que se ofrecen como aparente narración verídica de una vida que es, en realidad, mucho más compleja, y cuya complejidad el autor ha sabido transmitir sin pretender desarrollarla del todo. Digamos que d´Ors cuenta la historia, pero no toda, pues sabe que tal labor sería imposible y que lo único factible es seleccionar y combinar sabiamente (he aquí parte de su oficio) unos episodios de gran impacto emocional. Así se nos dice explícitamente en esta breve "poética" con que finaliza "Una postal", un poema de La imagen de su cara (1994): (…) un poema / debe ser como esta cartulina marchita: / debe reunir en un solo instante de magia / lugares, tiempos, vidas, / sueños que se entrecruzan con más sueños // y cosas que no pueden entenderse (pág. 148). Además, por encima de todas sus aventuras y desventuras, suelen quedar en el ánimo del lector unas cuantas imágenes sensibles que, simbólicamente, tiñen de un color muy particular, muy expresivo, todo un trozo de vida.

Por otra parte, debe advertirse que, si bien el tema constante de su obra es el paso del tiempo y los sueños perdidos, también es verdad que su poesía no es una continua elegía, como podría desprenderse de una lectura superficial, sino que todos esos sueños perdidos, paradójicamente, vienen a ser ganancia cada vez que el poeta trata de hacer un sensato balance existencial. Precisamente en un poema centrado en el tema del tiempo, "As time goes by", de Hacia otra luz más pura (1999), el yo-poético aprovecha para puntualizar que, en sus negocios con el tiempo, he sido siempre yo / el que salió ganando de todos nuestros tratos (pág. 168).

Y de fondo, aunque Miguel d´Ors se nos muestra siempre como un hombre que le pide demasiado a la vida, esa continua búsqueda no desemboca nunca en el fracaso, porque detrás de las pérdidas dramáticas de la existencia siempre percibe la presencia de un misterio en el que, pese a la sombras de su apariencia, el poeta vislumbra la clave de toda su vida: "el misterio de la felicidad", como se titula esta antología, que trasciende todas las aventuras y todas las rutinas: Qué misteriosamente y a la vez / con rigor de reloj / va avanzando la vida (pág. 75), observa el poeta en una composición de Chronica (1982).

Otro de los méritos de esta poesía está precisamente en situar ante nuestra mirada un yo personalísimo, con sus arrebatos de gratitud, de desconsuelo, de indignación o de generosa entrega, que, a la vez, por su inserción en unas circunstancias vitales normales y corrientes, parece vivir en nuestro propio mundo cotidiano, sin que nada (ni siquiera su condición de poeta) lo separe del lector; hasta el punto de que sus comentarios apasionados sobre la sociedad actual se enuncian con la misma espontaneidad que sus requiebros, sus declaraciones de amor o sus manías. Por ejemplo, hablando de sus fracasos, el poeta reconoce y advierte que ya sabido/ definitivamente / que tampoco nací para ser un maestro / de la Filología, ni siquiera según/ consta en cierto expediente más o menos gallego / (aunque no de Galicia, y yo me entiendo) / un mero catedrático de una Universidad / pobre, torpe, mezquina y, por si fuera poco, / además española… (pág. 116).

Asimismo, para que nadie confíe en conocer suficientemente al yo-poético después de que éste nos haya mostrado sus costumbres y tantos episodios de su vida, ese yo no cesa de reconocer con asombro que es como una entelequia de todos los yoes tan contradictorios que ha sido, que será o que podría haber sido, como se advierte con especial énfasis en el "Poema de un rato" (pág. 203); de tal manera que el Miguel d´Ors real se percibe a sí mismo, sin vanidad ninguna (igual que le podría suceder a un hombre cualquiera), como un ser definitivamente misterioso, que eso es todo hombre en cuanto reflexiona un poco sobre sí.

Conocedor de una vastísima tradición de poesía en lengua castellana, Miguel d´Ors deja que resuenen en sus poemas las voces de Quevedo, de Bécquer, de Borges, de Vallejo, de Neruda…; aunque ninguna de esas voces llega a ocultar su timbre de voz personalísimo. Como ejemplo de esa continua y sabia intertextualidad, vale la pena transcribir las dos estrofas últimas de un poema de finos acentos vallejianos pero de voz netamente d´orsiana:

  Pero quiero decirte que esa lágrima tuya,
        cayendo inconsolable
  de tus años –tan dulces, tan amargos, tan quince--,
            desbarató la tarde;

  que la playa y el verde de las enredaderas
           y julio y sus gaviotas
  se ensombrecieron cuando, a solas con el mar,
  lloraste porque todo, porque nada, por cosas
(pág. 70).

Sería imposible detenernos en todos los valores de esta larga trayectoria poética. Pero deseo que el lector sepa descubrir cómo, detrás de sus frecuentes coloquialismos, se percibe la mano maestra de un poeta que cuida su ritmo hasta el extremo, que divide los versos de un modo tan arbitrario como expresivo y que rompe las frases hechas con un tono absolutamente opuesto al previsible, lo cual no es nunca improvisación ni mera espontaneidad. Y aunque muchos de sus poemas sean largos y reflexivos (otros muchos son más concentrados y ceñidamente simbólicos), el poeta siempre es consciente de la limitación de la palabra, de esa necesidad del bla, bla, bla tan vulgar, tan irremediable y, a la vez, tan grandiosa. Además, y como consecuencia de todo lo dicho, debo destacar el desconcierto que con tanta frecuencia nos asalta en los poemas de Miguel d´Ors, especialmente cuando, tras un razonamiento del mayor rigor lógico, la conclusión suele marcar apasionadamente un contraste del todo inesperado.

Poesía variada en sus temas, en sus tonos, en su intención: pocos autores contemporáneos cuentan con poemas de gran intensidad amorosa y, a la vez, con tantas composiciones burlescas, satíricas o de denuncia social. Lo curioso es que todos estos temas, tonos e intenciones suelen acabar conduciendo, por una u otra vía y con tamaña vibración emotiva, al gran tema de su obra: el misterio cotidiano de que vivamos en el tiempo y ansiemos llegar más allá del tiempo.

Y, por si eso no bastara, aquí Miguel d´Ors nos adelanta un buen puñado de poemas inéditos que demuestran lo grande que sigue siendo su capacidad de invención y de sorpresa.

     Carlos Javier Morales










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