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Unos deseos enormes de vivir

Vicente Aleixandre, Nombre escondido, Renacimiento, Sevilla, 318 pp., 2009

Las antologías debieran responder a una doble autoría: especificar quién creó los poemas, y no omitir al encargado de su orden y su selección. El editor premedita nuestra lectura, inclina la balanza al lado de su propio gusto y de sus argumentos, obviando aquellos aspectos que menos le interesan y que —sin embargo— quizá más entusiasmaran al hipotético lector. Y reescribe, en cierto modo, los textos que compila; de su visión de los libros que desbroza, surge otro libro diferente. La pregunta se evidencia: ¿del poeta al que estudia? ¿Suyo propio?

Con Nombre escondido leemos a Vicente Aleixandre, pero —arrojando tierra al párrafo inicial— no leemos a Alejandro Duque Amusco. ¿Qué lectura nos propone el experto? Generoso en su recorrido del corpus aleixandriano, desde la experimentación inicial al realismo de los últimos libros, el editor nos propone una ruta centrada en el amor o —de forma más concreta— la construcción de una identidad con respecto al otro: los amantes se besaban sobre los nombres ("La muerte o antesala de consulta"), escribió Aleixandre en Pasión de la Tierra, casi rozando la poética. Un editor, afirma Duque Amusco en el prefacio, no debe ser más que un lector sin prejuicios. De ellos se libera en Nombre escondido, considerando que cuanto más se acerca uno a la obra de un autor (…) más se desdibujan sus contornos y sus líneas, y aboga por una visión panorámica, sin olvidar —como digo— ninguno de sus libros, mostrándonos la complejidad de un escritor que siempre eludió las opciones-autovía: ni únicas, ni fáciles. A esta diversidad estilística —que no tanto temática: pocas veces las recurrencias de un poeta se llamaron, con semejante razón, obsesiones— se refiere el editor como el problema de la pseudonimia en Aleixandre, especificando que llega a afectar a su obra entera, dificultando la muestra de su pensamiento poético. Es decir: Aleixandre contuvo multitudes, no sólo en firmas, sino —sobre todo, y por ahí entiendo yo la "problemática" a la que alude Duque Amusco— en su propuesta estética. ¿Qué media entre, por ejemplo, La destrucción o el amor e Historia del corazón? Coinciden el nombre, el apellido: en nada las voces. Sólo el latido temático, los deseos enormes de vivir —tal y como confesara en una carta a su amigo Gregorio Prieto, recogida por Duque Amusco—, las une.

Por continuar rondando Nombre escondido, sin zambullirnos en él, fíjemonos en los paratextos que —sin rastro de inocencia— envuelven esta antología de Vicente Aleixandre: su título, su texto de solapa, el prólogo minucioso, breve aunque sugerente… En "Vicente Aleixandre: nombre escondido", de quince páginas, Duque Amusco enumera los seudónimos de los que tiró Aleixandre; apenas tres nombres falsos y con ellos unos pocos textos menores, que achaca a la timidez del poeta, además de al deseo de quedar al margen y estar a la vez presente. Esta paradoja —de ellas gustaba Aleixandre: ¿por qué, si no, La destrucción o el amor?— se nos revela todavía más interesante: en el párrafo anterior al que contiene estas citas, Duque Amusco apunta a la natural inclinación del poeta por construir un orbe en el que al mismo tiempo él está y no está, aparece y se oculta. O, más adelante, ese estar y no estar al mismo tiempo, hacerse presente sin ser advertido, como quien va a una reunión social con un disfraz. Y nos recuerda el editor una aseveración de Keats: el poeta es un camaleón.

Aleixandre lo fue. En su poesía latió la vida como no pareció hacerlo en su día a día: continúa Duque Amusco desgranando las influencias del poeta, su encuentro con la vanguardia (especifica que de ella le sedujo su frescura irrespetuosa, su juego con los moldes convencionales, su atrevimiento para explorar), y retoma la idea del comienzo —ese problema de la pseudonimia— para apuntar las claves del pensamiento poético aleixandriano. Nos habla, pues, de la atracción por la novedad, el riesgo, el empleo de un lenguaje y una técnica que le permitían ser él pero sin mostrarse del todo, recurriendo al pseudónimo (que Aleixandre utilizó de manera puntual, simbólica) como ocultación absolutamente sintomática. La insistencia —o eso me parece— en una pseudonimia literal, en una querencia heterónima que en Aleixandre resulta (o al menos en ese sentido apuntan, por escasos, los ejemplos) anecdótica, es el único cabo suelto —menos, incluso: dejémoslo en que no se amarra con igual fuerza— del prólogo, por otra parte, inmaculado de Alejandro Duque Amusco. La ‘justificación’ del título de la antología, del movimiento de espejos y reconocimientos en la poesía de Vicente Aleixandre, bien hubiera podido cimentarse en los propios versos, por tirar de entrecomillados (Soy lo que soy. Mi nombre escondido, en "Vida", uno de los textos de Pasión de la Tierra), o en su evidente voz poliédrica. Más allá de este pequeño desacuerdo, sin embargo: lo acertado del tono de Duque Amusco, que parece descubrir a Aleixandre a medida que el lector se encuentra con él, su renuncia a las piruetas para enfocar la constante temática aleixandriana (el lugar central de la pasión amorosa, la certeza de que el amor está en todo, la importancia secundaria de la poesía al lado del amor), su avanzar mostrando y demostrando.

Retornando a esa periferia textual que estableció Genette, el título de esta antología (Nombre escondido) aspira a fotografiar la recepción de la obra de Vicente Aleixandre hoy: galardonado con el Nobel de Literatura, referencia inexcusable hasta la Transición, pensamos con él mismo que la historia a veces calla / los nombres. Estos dos versos abren el poema titulado "Sin nombre", incluido en —casi un juego de muñecas rusas— Retratos con nombre (1965), y nos recuerdan que salvo los poetas que maduraron junto a él, y algún joven autor como Antonio Lucas —en la veta más surrealista de Aleixandre, la de Espadas como labios— o sobre todo Ariadna G. García —en la carga moral, y en el equilibrio entre imagen y discurso que se asoma en títulos como Sombra del paraíso—, Vicente Aleixandre no halla eco entre las nuevas generaciones. No por falta de validez y vigencia, desde luego, quizá sí por falta de aura mítica: resulta curioso, porque esa propuesta estética aleixandriana —quizá no en sus libros de vejez, sí en los de juventud y primera madurez— que opta por la armonía entre las dos orillas poéticas la investigan muchos autores actuales, que en el responsable de Mundo a solas se toparían con alguien que ya lo hizo antes, y lo hizo bien.

Nombre escondido, pues: Vicente Aleixandre como poeta caleidoscópico, firme en su apuesta temática, empeñado en las máscaras. La antología se abre con los poemas de Ámbito, escritos entre 1924 y 1927, publicado en 1928, reunida ya la generación a la que le pertenecieron: Hay un temblor de aguas en la frente. / Y va emergiendo, exacta, / la limpia imagen, pensamiento, / marino casco, barca ("Idea"). Aleixandre tantea su decir en esta colección de poemas, presentada como suplemento de Litoral, y que anclan todavía sus metáforas a la tierra; será justo en Pasión de la Tierra (1933) cuando se muestre el primero de esos muchos Aleixandres. Todo son disfraces, habrá afirmado Alejandro Duque Amusco, desde los pseudónimos al lenguaje críptico de lo irracional. Pero sabemos que, en realidad, el disfraz revela más que oculta, delata más que encubre. En Pasión de la Tierra, Aleixandre se abre a la experimentación, juega e imagina: frente a la posterior de Federico García Lorca, su salmodia se fundamenta más en la necesidad comunicativa (enlazando así con el motor de su última etapa, la más transparente, por compartir el adjetivo de Duque Amusco) que en la fuerza de Poeta en Nueva York. Libro de aciertos (Un río de sangre, un mar de sangre es este beso estrellado sobre tus labios. (…) Cuéntame el relato de ese lunar sin paisaje. Talado bosque por el que yo me padecería, llanura clara; en "El amor no es relieve") e imágenes menos afortunadas (Pero me gustan tus ojos, me gustas tú y no es porque me engañes sino porque la campiña ha perdido todos sus accesorios; en "Superficie del cansancio"), el antólogo lo representa de manera amplia, con ocho poemas que demuestran de qué era capaz Vicente Aleixandre: (…) En cambio, yo. ¿Qué soy yo? Después de todo, yo no soy más que una evidencia. Pero con un compás muy lento. Con una resonancia que bordea las copas de los árboles con miedo de florecer por la noche. Yo no soy una luz en la cima, ni una senda a deshora, ni siquiera esa sonata que se escucha en las raíces más tiernas. Soy, simplemente, una vacilación en la trama. Un segundo de estupor sin arcilla, sin quebrantamiento del instante, sin dolor de los ojos desnudos. Soy lo que soy: tu nombre extendido ("Lino en el soplo"); No grité aunque me herían. Aunque tú me ocultabas la forma de tu pecho. Sentí salir el sol dentro del alma. Interiormente las puntas del erizo, si aciertan, pueden salir dentro de uno mismo y atraer la venganza, atraer los relámpagos más niños, que penetran y buscan el misterio, la cámara vacía donde la madre no vivió aunque gime, aunque el mar con mandíbulas la nombra (“El amor padecido”).

Y Aleixandre se asoma al surrealismo. No se zambulle, no, no se empapa; se moja, escurre la ropa, mezcla con el agua, nace su voz. Francés y canónico —si así pudiera considerarse algún surrealismo— en algunos momentos de Espadas como labios (1932), en versos como esos Muerte, oh vida, te adoro por espanto, / porque existes en forma de culata ("Desierto"), La destrucción o el amor (1935) nos suena más que ningún otro de sus títulos: en sus poemas, el amor-animal que Duque Amusco aborda en su introducción (Allá por las remotas / luces o aceros aún no usados, / tigres del tamaño del odio, / leones como un corazón hirsuto, / sangre como la tristeza aplacada, / se baten con la hiena amarilla que toma la forma del poniente insaciable; en "La selva y el mar"), el instinto-sentimiento de un Aleixandre que oculta la intención bajo la capa de la metáfora, regalándonos destellos igual que el fondo palpita como un solo pez abandonado ("Sin luz").

Después, la guerra. Frente a la oscuridad de la vida, la luz de la poesía: su mensaje se aclara, aún herencias en Sombra del paraíso (1944), en cuyo texto "El poeta" Aleixandre evoca cómo la piedra canta, recuerda los calientes peces sin sonido, se dice —¿autorretrato?— que el amor y el dolor son tu reino. E Historia del corazón (1954), ya sin biombos, porque era el último amor. ¿No lo sabes? / Era el último. Duérmete. Calla. / Era el último amor… / Y es de noche ("El último amor", III), y otras obras que parecen contarnos de Vicente Aleixandre, del Aleixandre que aquí (enlazando con esa doble firma de las antologías) nos dibuja Duque Amusco, más por su título que por su contenido: en definitiva transparentes, concebidas como de directa ‘comunicación’, Retratos con nombre (1965) y Diálogos del conocimiento (1974), mirada a los otros el primero, curiosa fragmentación de la voz el segundo, construido con intención casi dramática, raros en la obra de un raro. Una última etapa que pareciera explicarse con el díptico "Para quién escribo", de En un vasto dominio (1962), especialmente en su primer tramo: ¿Para quién escribo?, me preguntaba el cronista, el periodista o simplemente el curioso. // No escribo para el señor de la estirada chaqueta, ni para su bigote enfadado, ni siquiera para su alzado índice admonitorio entre las tristes ondas de música. // Tampoco para el carruaje, ni para su ocultada señora (entre vidrios, como un rayo frío, el brillo de los impertinentes). // Escribo acaso para los que no me leen. Esa mujer que corre por la calle como si fuera a abrir las puertas a la aurora. // O ese viejo que se aduerme en el banco de esa plaza chiquita, mientras el sol poniente con amor le toma, le rodea y le deslíe suavemente en sus luces. // Para todos los que no me leen, los que no se cuidan de mí, pero de mí se cuidan (aunque me ignoren). // Esa niña que al pasar me mira, compañera de mi aventura, viviendo en el mundo. // Y esa vieja que sentada a su puerta ha visto vida, paridora de muchas vidas, y manos cansadas. // Escribo para el enamorado; para el que pasó con su angustia en los ojos; para el que le oyó; para el que al pasar no miró; para el que finalmente cayó cuando preguntó y no le oyeron. // Para todos escribo. Para los que no me leen sobre todo escribo. Uno a uno, y la muchedumbre. Y para los pechos y para las bocas y para los oídos donde, sin oírme, / está mi palabra. ¿Escribió Vicente Aleixandre sobre sí mismo, escribió Vicente Aleixandre para los demás? Máscaras, disfraces, baile en su poesía: nada como esperamos.

Yo sé que todo esto tiene un nombre: existirse ("La explosión"), escribía Aleixandre en Historia del corazón. Sin duda, merece la pena no omitir este Nombre escondido, una muy buena antología (plural, atenta al espíritu de la poética aleixandriana, esencial como indica su subtítulo por dos motivos: se ciñe al hueso de su literatura, no sobra ninguno de sus textos) enmarcada en la nueva joya de la corona de Renacimiento, y que cumple con su objetivo: refrescará la memoria de quienes ya están convencidos, atraerá a quienes pasamos de puntillas por Vicente Aleixandre, captará a quienes se resistían a descubrirle.

Nombre escondido contiene a un poeta inconformista, poco amigo de las fórmulas inmóviles, y contiene —también— imágenes verdaderas, poemas excelentes. Por limitarnos a último bloque, el de los poemas huérfanos, Nombre escondido nos regala la "Oda a los niños de Madrid muertos por la metralla" o el "Funeral por Che Guevara", entre lo popular y lo simbolista, que no parece de Aleixandre o que —quizá por eso— sabemos que le pertenece. Y por rebobinar, e instalarnos en Espadas como labios, por ejemplo, "Mi voz": He nacido una noche de verano / entre dos pausas. Háblame: te escucho. / He nacido. Si vieras qué agonía / representa la luna sin esfuerzo. / He nacido. Tu nombre era la dicha: / bajo un fulgor una esperanza, un ave. / Llegar, llegar. El mar era un latido, / el hueco de una mano, una medalla tibia. / Entonces son posibles ya las luces, las caricias, la piel, el horizonte, / ese decir palabras sin sentido / que ruedan como oídos, caracoles, / como un lóbulo abierto que amanece / (escucha, escucha) entre la luz pisada.

Elena Medel









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