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Lección de madurez

Francisco Caro, Cuaderno de Boccaccio, Ayuntamiento de Alcalá de Henares, Alcalá de Henares, 76 pp., 2010

Después de leer un libro como el que tengo ahora en mis manos, Cuaderno de Boccaccio, Premio Ciudad de Alcalá 2009, del poeta Francisco Caro (Piedrabuena, Ciudad Real, 1947), cualquier dicotomía entre cultura y vida salta por los aires. Hace doce o trece años que tal dilema fue planteado en un suplemento literario por un poeta "novísimo" que ya no lo era tanto. Cabe entender aquella supuesta polémica como un reclamo periodístico para que distintos autores hablaran de su cultura y de su vida, es decir, de su poesía. Tal vez fue también un modo de justificar la validez de la poesía culturalista que durante años practicó el autor del reportaje, y que fue una gran poesía, sin duda. Y es que el culturalismo, si de verdad nace de la incidencia que la obra artística de los mayores deja en la vida del poeta actual —en su modo de iluminarla, de examinarla, de contrastarla con otros ejemplos de la cultura—, deja de ser un gesto de pedantería para convertirse en un diálogo máximamente sincero y fecundo del autor con esos interlocutores excepcionales que son los grandes poetas y artistas de la Historia.

Esto es lo que practica Francisco Caro en su nuevo libro, el sexto de los suyos, aunque todos ellos hayan visto la luz en el estrecho plazo de cuatro años: de 2006 al actual. Hago esta observación porque, aun desconociendo personalmente al poeta, y a la vista de estas fechas, tengo la impresión de que Francisco Caro, novísimo por edad y por su probable educación sentimental, está publicando los libros que pacientemente ha ido escribiendo a lo largo de su vida, sin ninguna prisa por figurar en la nómina generacional y con el honesto criterio de exponer a la definitiva prueba del tiempo toda su escritura poética, que a día de hoy se corona majestuosamente con este Cuaderno de Boccaccio.

El título designa con precisión lo que en él se contiene: los apuntes conservados por el viejo mercader Massimo Novello sobre las lecciones que en sucesivos jueves del año 1373 impartiera el ya anciano Boccaccio de Certaldo, en su amada Florencia, a cinco jóvenes voraces de sabiduría y de plenitud vital, entre los que se encontraba Novello, quien exhuma y comenta esos apuntes en 1432, el hoy de la escritura de un Novello ya también anciano. Aunque pudiera parecer un recurso literario para desdoblarse en varios personajes (¿qué poeta verdadero no tiene sus recursos, además de ser poeta?), este marco histórico-cultural resulta especialmente idóneo, pues nos permite contemplar cómo los consejos poéticos de un auténtico maestro, transcritos con la máxima fidelidad, siguen desentrañando una verdad actualísima y muy necesaria para el lector situado a más de seis siglos de distancia. Y ello es posible porque la verdad y la belleza, que de un modo más o menos perfectible se hacen realidad en cada poema humano, son realidades imperecederas. He aquí la cuestión medular que nos plantea cada composición de este libro, aunque siempre de un modo distinto y sorprendente. Nos encontramos, sí, ante una obra enteramente metapoética que, a la vez, rebosa intensidad vital por todos los poros.

Y es que la poesía, sin dejar de ser una construcción humana, una escritura hecha con todo el esfuerzo del poeta, no tiene como misión  informar sobre un hecho particular, ni tampoco dar constancia de un mero sentimiento, por noble y puro que sea. Su meta es mucho más alta y totalizadora, porque, sin pretenderlo, el poema es un texto compuesto de fragmentos de ese gran texto inabarcable que es el Universo, según una concepción romántico-simbolista que Boccaccio no pudo aprender ni enseñar en su tiempo: sólo transmitirla involuntariamente a través de la entereza poética de su obra, que es siempre imprevisible en su alcance de verdad y en su vigencia. Pero, siguiendo la ficción de nuestro libro, Boccaccio reconoce ese origen divino que hay inserto en la construcción humana del poema:

¡qué sutil estrategia de los dioses!
tan sólo cómplices nosotros                                                                         
de su juego, debemos rebuscar
despojos de aquel libro: palabras, intuir                                                    
en los fragmentos luz, recomponer

los poemas son restos, sólo restos
hallados entre el polvo                                                                               
de cañadas,
emociones, sospechas,                                                                                
que apenas si, confusos, ordenamos.
(p. 67)


Y aunque el poema sea un conjunto de fragmentos de ese lenguaje invisible y divino que es el Mundo, en cuanto que es construcción libre del poeta, el poema es también un acto humano, realizado con un deseo tan personal como irrenunciable. Un acto que, siendo el más libre de todos, es el más necesario para la vida del poeta y de la Humanidad en su conjunto, pues en él se revela toda la verdad esencial para nuestro camino. De manera que la poesía sólo es ficción y artificio en apariencia, visto desde el lado de acá, el lado humano, porque, visto desde la omnipresente mirada divina, si eso fuera posible en este mundo, el poema es transmisor de una verdad suprema. Hablando de los poetas, afirma el maestro: no viven del embuste / amanuense / sino en la virgen fábula / —Boccacccio de Certaldo se dolía— / de la exacta verdad. (p. 52)

Considerada como acto humano y libérrimo, la poesía es una construcción tan duradera en su verdad y en sus frutos como el amor erótico, el acto más sincero y trascendente de la naturaleza humana. En efecto: como el amor erótico, la poesía penetra en lo más hondo de la persona, en lo más escondido de su carne, aun a sabiendas de que esa carne, por ser cuerpo humano, es portadora de un misterio de valor insondable: escribir es cavar —insinuante / Boccaccio de Certaldo— / sin rubor en los cuerpos, / en el blando misterio de su nieve. (p. 42).  La poesía se erige así en texto duradero y fecundo por ese poder maravilloso que, como el del amor erótico, es capaz de consustanciar en unas pocas palabras la Verdad, el Amor y la Belleza, las máximas aspiraciones de todo hombre. Tanta realidad condensada en palabras resiste a todos los embates del tiempo, de la debilidad y aun de la maldad humanas: por ello, mis futuros, fiad en la poética / palabra como daga, / pues conserva ad calendas / agudo su poder sobre el hastío // su filo permanece, vive lento, / la belleza lo guarda de erosiones // vendrán deshechos siglos y celestes, / y un poeta / ya sin ira, vencido— escribirá: / hieren / los cisnes más que los aceros. (pp. 63-64. Respeto la tipografía del autor)

Además, puesto que se trata de la revelación más fiel de la condición humana y del esplendor del mundo, la poesía puede tratar de los asuntos más cotidianos y banales, sin que por ello quede incapacitada para abordar las mayores ambiciones del hombre: también es un poema / la cúpula imposible, / sueño núbil y abierto en el Duomo del Fiore // ¿de quién será / —ofrecía Boccaccio— / la palabra que cubra tanto azul infinito? (p. 56)
   
El único cabo que no encuentro bien atado se refiere a la estructura externa, a la división del marco global en cinco secciones, correspondientes a los cinco discípulos que asistieron a las lecciones de Boccaccio (Filippo, Alessandro, Paolo, Luca y Massimo), pues las dos únicas voces que escuchamos a lo largo del libro son la del Maestro y la del alumno superviviente, Massimo Novello, que rememora aquellos jueves juveniles donde adquirió la máxima sabiduría de la vida. De todos ellos se dice que sólo Paolo llegó a ser poeta, pues acceder a esta categoría no es sólo fruto del aprendizaje intelectual ni del empeño humano, sino de una especial capacidad creadora que Novello, tal vez en su modestia, tampoco cree tener, como la mayoría de sus condiscípulos; aunque, en realidad, como autor explícito de algunos poemas enteros del Cuaderno, Novello es tan gran poeta como el autor real, Francisco Caro. En cualquier caso, según enseña el Maestro al comienzo de sus lecciones, todo lector de poesía será capaz de llegar con ella a una altura del Mundo que jamás había sospechado:

seguid,                                                                                                 
levantad vuestra voz, dejad temores
  
—Boccaccio de Certaldo nos guiaba—                                                     
alzad en coro,
leed, llenad el aire,
llegad conmigo al canto

volad, volemos juntos, 
dad al viento
(p. 15)

Y, en efecto, con un lenguaje totalmente despojado de sonoridades preciosistas y de juegos imaginativos, por culturalista que sea el libro (siempre en el mejor sentido de la palabra), Francisco Caro parece haber llegado a la cima del decir, que es también la profundidad del saber.


Carlos Javier Morales









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