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Aproximación a la joven poesía española

Este año 2010 se han revisado de distintos modos el estado y la identidad propios de la joven poesía española. Entre otras publicaciones, han visto la luz dos obras documentadas y extensas. Una de ellas es el libro de Martín Rodríguez-Gaona titulado Mejorando lo presente. Poesía española última: posmodernidad, humanismo y redes (Madrid, Caballo de Troya), que comenta los libros de distintos autores jóvenes, después de precisar las circunstancias culturales que actualmente rodean al acto de escritura poética. Otro es la antología realizada por Luis Antonio de Villena, La inteligencia y el hacha (Un panorama de la Generación poética de 2000), publicada en Madrid por la editorial Visor, que consta de una amplia introducción y de una selección de poemas de treinta y dos autores nacidos entre 1964 y 1988, por lo que buena parte de ellos rebasan con creces los cuarenta años y no corresponden ya a lo que en rigor puede llamarse poesía joven.

No es mi intención hacer aquí una reseña de ambos libros, ni siquiera un resumen de sus propuestas. Sólo pretendo ofrecer mi visión personal de la evolución que la poesía española ha experimentado en los últimos quince años, ofreciendo las fuerzas de convergencia entre los distintos autores y, sobre esa base, esbozar la amplia diversidad de direcciones estéticas, que en la realidad de la escritura es tan amplia como el número de poetas que de verdad poseen una personalidad definida. Estos apuntes serán, pues, una reflexión complementaria de las que nos ofrecen las dos obras citadas y otras que he podido leer en los últimos años.

Por lo demás, me parece imprescindible acotar brevemente lo que entiendo por joven poesía española. Si bien es cierto que el concepto de generación está cada vez más desprestigiado (tal vez porque la realidad cultural actual no parece tan fácil de estudiar de acuerdo con relevos generacionales), también es cierto que en los últimos diez o quince años los jóvenes poetas han emergido al mundo literario con unos planteamientos marcadamente distintos —aunque no contrarios— a los de la llamada generación de los 80, la de los autores nacidos desde mediados de los años 50 hasta el fin de las década de los 60, quienes empezamos a publicar en los años 80 o primeros 90. Por eso me ha parecido oportuno, aun con toda la simplificación que eso supone, centrar mis observaciones en los poetas nacidos a partir de 1970, que dan a la imprenta sus primeros libros a finales de los 90 o en la primera década del siglo XXI. Creo que esto no es sólo una cuestión de fechas, pues las fechas hacen referencia a un tiempo histórico que ya no es exactamente el mismo que el de sus predecesores, el cual favorece la consolidación de unos presupuestos literarios también distintos, por más que el joven poeta no sea siempre consciente de todos ellos. Y en eso quiero centrarme ahora.

Algunos de los más valiosos representantes de aquella "poesía de la experiencia" han evolucionado a principios del nuevo siglo hacia una escritura más visionaria y desconectada de los acontecimientos cotidianos (aunque, como toda poesía, sólo pretenda iluminar la vida diaria, la única vida real, con una luz distinta y más profunda)
El primer hecho que salta a la vista es que, desde hace ya unos diez años, ha desaparecido o, al menos, ha perdido toda su vitalidad el antagonismo surgido en la década de los 80 —y prolongado en la mitad de la siguiente— que enfrentaba a los poetas cultivadores de una escritura realista o figurativa, llamada comúnmente "poesía de la experiencia", con los poetas más proclives a una expansión irracional de su discurso o a una palabra esencial que también pretendía desdibujar lo ocurrido en el poema y apartarlo de cualquier parecido reconocible con la experiencia cotidiana. Tal antagonismo o dicotomía en que autores y antólogos pretendían encauzar la verdadera escritura poética pierde toda su fuerza hacia el año 2000, de manera que en ese momento la disputa es ya un debate interesado en mantenerse a sí mismo y en promocionar por medio de la polémica a los poetas jóvenes —y a los mentores— de ambas estéticas aparentemente irreconciliables. Como apunta Martín Rodríguez-Gaona en el citado libro, "pese al intercambio estrictamente intelectual, dicho conflicto expresó que, en buena medida, las desavenencias no pertenecían de forma exclusiva al campo de la estética o lo artístico, sino que hundían sus raíces en la pugna por ser parte de las estructuras de la institucionalidad cultural, los medios masivos y el mercado" (pág. 11). Y el hecho irrefutable está en que algunos de los más valiosos representantes de aquella "poesía de la experiencia" han evolucionado a principios del nuevo siglo hacia una escritura más visionaria y desconectada de los acontecimientos cotidianos (aunque, como toda poesía, sólo pretenda iluminar la vida diaria, la única vida real, con una luz distinta y más profunda). Tal es el caso de Vicente Gallego, Carlos Marzal, Álvaro García o José Mateos, por poner algunos ejemplos muy representativos de esa progresión desde la meditación existencial sobre los acontecimientos biográficos a una poesía de radical inquietud metafísica y de lenguaje más desprendido de los vínculos racionales.

Por esas fechas, en las inmediaciones del nuevo siglo, los poetas jóvenes y menos jóvenes se muestran convencidos de que la poesía es, a la vez, comunicación y conocimiento, diálogo emocional con un lector semejante y revelación de un saber que nos excede. Pero no sólo eso: la relación entre comunicación y conocimiento se nos presenta como directamente proporcional, esto es, sólo en la medida en que la escritura avanza hacia el misterio puede provocar la aquiescencia de un lector igualmente urgido por esa hambre de saber. Y aquí entramos ya en uno de los presupuestos compartidos por los poetas más jóvenes, que no es, por lo tanto, una brusca ruptura, pero sí un estadio distinto en la historia de nuestra poesía.

Entre las demás fuerzas de cohesión que facilitan los puntos de convergencia entre los poetas nuevos, encontramos, unida a lo anterior, la certeza de que el conocimiento proporcionado por el poema, a pesar de sus visos de normalidad, es un saber extraordinario, excepcional, ajeno al voluntario discurrir de la mente. De ahí que muchos nuevos autores —no todos, ni mucho menos— hayan pretendido resacralizar la noción de poesía y alejarla todo lo posible de cualquier discurso mundano.

Por motivos semejantes —y esto sí valdría para todos, al menos si fuera posible generalizar tanto—, surge en el poeta la necesidad de que su voz tenga una resonancia lo más universal posible, lo cual, si bien no ha de estar reñido con poder dar cuenta de la experiencia biográfica, sí exige ahora despojar al poema de toda confesión íntima que pueda parecer más o menos anecdótica. De este modo, aunque el yo-poético siga hablándonos de sucesos cotidianos, los detalles de la narración supuestamente biográfica se reducen al mínimo: aparecen, en su lugar, uno o dos hechos desnudos de toda adherencia anecdótica, para enseguida dar paso a la reflexión explícita del yo-poético o a la sugerencia simbólica que nos envuelve en una intensa atmósfera de misterio, cuando no a un torrente imaginativo casi carente de contornos reales. Leamos, como ejemplo, el poema "Mi secreto homenaje", perteneciente al libro La caja negra (2004), de Josep Maria Rodriguez (nacido en 1976), y observemos el modo en que el hablante poemático comienza aludiendo a una experiencia corriente para dejarse atrapar de inmediato por la fuerza reveladora de una imagen contemplada:


           MI SECRETO HOMENAJE

        Caminaba despacio y me detuve   
        a contemplar el humo,                                    
        su extraña ceremonia.
       
        Humo antiguo de fábrica,
        intestino que creces y al crecer
        te retuerces                         
                           y elevas          
        y me elevas contigo hasta fundirnos                           
        con lo que te rodea.   
                        
        Oscura imagen de la serenidad:  
        creo en ti.

        (Cada paso que damos va trazando una órbita                   
        alrededor de la palabra muerte.)
               
        Humo antiguo de fábrica.                                  
        Tu canto vertical es existencia,
                    
        oscuridad de la que procedemos.

Otras veces sucede que el hablante poemático narra una historia cotidiana con más lujo de detalles, pero atribuyéndosela a terceras personas, intentando distanciarse de esos hechos y evitando todo lo que suene a confesionalismo íntimo. Así lo comprobamos en Pablo García Casado (1972), uno de los poetas que empezó más pegado a la narración autobiográfica (aunque alejada de cualquier posible resonancia sentimental) y que en su último libro, Dinero (2007), ha optado por la prosa poemática y por historias cuyo protagonista no es él, sino una tercera persona (a veces una segunda). Leamos "Ajuar":

Vendió su casa para pagar las deudas, sólo le quedó lo necesario. Estamos bien, dice, un piso más pequeño, más fácil para limpiar. El resto está en una nave que tiene su hermano en el polígono. Vitrina Luis XV, cómoda de caoba, vajilla, protegidas del frío y la humedad por un plástico transparente. Todos los domingos, muy temprano, toma el autobús hasta el polígono con una bolsa de trapos y productos de limpieza.

Como alternativa al detallismo anecdótico del yo-poético y a la consiguiente sensación de revelarnos su estricta intimidad cotidiana, el autor también puede yuxtaponer varias experiencias biográficas distintas y con protagonistas diferentes. He aquí, como ejemplo, un poema sin título de Raúl Alonso (1975), perteneciente a su libro El amor de Bodhisattva (2004):

          Juanma está traqueotomizado.    
          Fidel se siente solo.                                
          Azucena, que guiña un ojo,                            
          piensa en las variaciones del paisaje.    
               
          Ayer le abrieron un orificio grande                        
          a Juanma en la garganta.

          Ayer Fidel contaba los seis meses                        
          que cree no ve a sus nietos.
 
          Ayer, como otro ayer cualquiera,                    
          Azucena mezclaba los colores.  
                     
          Como un río de oro                                
          Dios pasaba por ellos                                
          con secreto murmullo.


Todos estos rasgos expresivos apuntan hacia ese fenómeno generalizado de adelgazamiento del autobiografismo explícito por parte del yo-poético, algo que hace veinte años había llegado a excesos insoportables, al lado —eso sí— del uso realmente expresivo de la anécdota biográfica que practicaban muchos buenos poetas del momento.

Lo que ocurre muchas veces en los jóvenes poetas es que, sin perder del todo el contacto cálido con los hechos inmediatamente vividos, la reflexión serena tiende a expandirse en detrimento del componente narrativo-biográfico, que suele ser muy débil
Unido al mencionado afán de universalizar la voz poética para adaptarse a las más variadas circunstancias personales del lector, está, además de ese adelgazamiento de la anécdota biográfica, el crecimiento del componente reflexivo del poema, el cual, sin llegar al intelectualismo, tiende a ocupar mayor espacio en la superficie del texto. Lógicamente, la poesía figurativa de las décadas del 80 y del 90 tendía a la meditación del yo-poético sobre las experiencias vitales que éste mismo contaba. Lo que ocurre muchas veces en los jóvenes poetas es que, sin perder del todo el contacto cálido con los hechos inmediatamente vividos, la reflexión serena tiende a expandirse en detrimento del componente narrativo-biográfico, que suele ser muy débil. Así sucede a menudo en la poesía de Juan Marqués (1980), que vive y habla desde una atmósfera cotidiana pero sin muchas precisiones sobre el lugar y la época de sus andanzas. Véase como ejemplo este poema de su último libro, Abierto (2010):

              TE LLAMAN

        Basta con concentrarse en existir 
                      
        para que pase el día.                                        
        Saborear la luz

        no tiene consecuencias en la luz.                                
        Para la poesía   
                                
        basta con la atención y la prudencia                                
        de no querer tocar lo que no es tuyo,
                    
        como cuando te llaman por teléfono                                
        y te quedas oyendo cómo suena.
   
Otra consecuencia de ese desprendimiento del relato autobiográfico que tiende a desdibujar —no a suprimir— las circunstancias geográficas  y temporales del yo-poético, en favor de una representación más libre y aparentemente universal del personaje poemático, es la emergencia de ciertos poetas de imaginación surrealizante que, a diferencia de lo que ocurría con esta tendencia en los años 80 y 90, alcanzan a articular un discurso poético de vibrante emotividad y, a la vez, de profunda indagación en las tensiones internas del hombre, todo lo cual cristaliza en poemas muy logrados. Lo curioso de esta vigorosa irracionalidad expresiva es, por paradójico que resulte, la disposición clásica del verso sobre la página, que muchas veces también se sujeta a metros clásicos (alejandrinos, endecasílabos, heptasílabos…), fenómeno que, en sí mismo, no es nada surrealista. Como tampoco es surrealista la tendencia a repetir determinadas expresiones que, más allá de la métrica, confieren al texto un ritmo y una cohesión racional notable, unida a veces a la reflexión explícita. Tal lenguaje surrealizante se halla contrapesado, a fin de cuentas, por un afán de coherencia significativa que no es más que una consecuencia de esa concepción de la poesía como camino hacia el más lúcido conocimiento, lo cual resulta radicalmente contrario a todo delirio incontrolado. Veamos cómo inicia José Luis Rey (1973) un poema de poderoso impacto visionario, aunque urdido muy sutilmente, ya desde estos primeros versos, por un hilo racional que se va desplegando a lo largo del extenso poema. Me refiero al comienzo de "La moda", un texto de su reciente libro titulado Barroco (2010):

        Disueltos en el hombro de la luz,

        tejidos en silencio,                                        
        seremos la costura del fulgor.                                
        Y las manos de trapo se abrirán en la música                        
        del pájaro y su aguja,                                        
        en el canto que es siempre nacimiento,                            
        pespunte de los soles.                                    
        Y aunque esto sea bueno, diríamos también que nuestros ojos                
        no volverán a ver nada anticuado.                                        
                                (…)

Nuestra joven poesía nos pone frente a preguntas tan radicales como la posibilidad del Ser y de la Nada y, por supuesto, la Incertidumbre más o menos duradera que puede asaltarnos ante una encrucijada tan decisiva
En el fondo de estas fuerzas de cohesión hacia unos puntos de convergencia entre los jóvenes poetas de hoy (concepción del poema como acto de conocimiento extraordinario, adelgazamiento de la anécdota biográfica, internamiento en una atmósfera de misterio gracias al poder sugerente de los símbolos, crecimiento del componente reflexivo, surgimiento de un lenguaje surrealizante controlado por una afán de coherencia  racional) late una necesidad de ahondar en las cuestiones fundamentales de la existencia humana, incluida la cuestión del mismo lenguaje y sus límites. Por ese afán explícito de un conocimiento que pueda dar razón de ser al Todo, el yo-poético de estos autores es un personaje que piensa y hace pensar al lector, suscitándole preguntas de toda índole desde el comienzo del texto hasta mucho más allá de él, sin oprimir la vibración emotiva que pide toda poesía auténtica. De manera que nuestra joven poesía nos pone frente a preguntas tan radicales como la posibilidad del Ser y de la Nada y, por supuesto, la Incertidumbre más o menos duradera que puede asaltarnos ante una encrucijada tan decisiva. Sin querer simplificar la gran diversidad de inquietudes vitales y de lenguajes, podría decirse que estas cuestiones radicales priman hoy sobre otros asuntos muy presentes en promociones anteriores, como podían ser la dinámica de los sentimientos amorosos (por más que el amor erótico sea hoy el centro de muchas preguntas totalizadoras), las cuestiones sociales, en lo que tienen de urgente llamada a la acción justa; la defensa de unas ideologías concretas o la delectación culturalista en el pasado.

En cualquier caso, para no ofrecer un panorama falsamente uniforme de la joven poesía española, considero oportuno señalar algunas direcciones poéticas que marcan una inevitable diversidad en este amplio panorama y que, a su vez, se diversifican en la singularidad de cada autor y de cada poema (aunque esto último sea imposible de constatar en una aproximación general como la que estamos haciendo).

En este sentido, advierto un amplio grupo de poetas que indagan en el sentido global de la existencia humana mediante un lenguaje realista y simbólico a la vez, procurando que la misteriosa sugerencia de los símbolos nos ayude a recorrer un camino de suyo muy largo, sí, pero imposible de trazar del todo; todo lo cual da como resultado una poesía de sobriedad clasicista y de aparente coherencia racional. En este ámbito situaría la obra de poetas como Ana Isabel Conejo, Ana Merino, Javier Rodríguez Marcos, Martín López-Vega, Josep Maria Rodriguez, Andrés Neuman, Juan Manuel Romero, Juan Marqués, Ana Gorría, Javier Vela y Sofía Castañón, entre otros.

Muy cercana a la anterior, y a veces también cultivada por algunos de esos autores, está una dirección de poesía de ambición metafísica, por cuanto trata de responder al sentido de la existencia personal dentro de un planteamiento totalizador sobre la consistencia del Mundo. Pese a la gran variedad expresiva que encontramos en estos poetas, predomina en ellos el deseo de plasmar en el poema una imagen más o menos definitiva del Universo, aunque tal imagen nunca será completa, pues siempre es el resultado de una mirada subjetiva e instantánea que reclama la complementariedad de otras miradas. En esta dirección veo avanzar la obra de poetas como Rafael-José Díaz, Francisco León, Jaime García-Máiquez, José Luis Gómez Toré, Raúl Alonso, Rocío Arana, Iván Cabrera Cartaya o Rubén Martín. Podemos decir que, si los autores mencionados en el párrafo anterior, escriben desde la búsqueda de una verdad necesaria, aventurándose por caminos donde los tramos de amplios horizontes alternan con otros de angustiosa zozobra, estos poetas últimos parecen escribir desde la certeza, desde una seguridad que, si bien ha de ser siempre conquistada y reconquistada, arroja con frecuencia una luz suficiente para conocer el lugar que ocupa el Yo en el Mundo, por muy frágil que sea.

En tercer lugar situaría a otros poetas donde el deseo de verdad o la certeza no llegan a un resultado satisfactorio, pues no sólo constatan la dificultad de encontrar un sentido a la existencia, sino la desconfianza hacia los mismos medios de acercamiento a la verdad, empezando precisamente por el lenguaje verbal, que hace muy costosa la necesaria comunicación entre los hombres. Su poesía se torna así más reflexiva e intelectual, sin evitar una buena dosis de ironía o de juego con otros discursos, como el filosófico, el científico-experimental o incluso el metaliterario, desconcertando al lector por su aparente falta de estímulos emocionales (que, en el caso de los verdaderos poetas, es sólo aparente). Entre los ejemplos más logrados dentro de esta poesía de la radical incertidumbre debo citar la obra de Javier Moreno y de Sandra Santana.

Por último, quiero referirme a los poetas que, frustrados en su intento de encontrar una solución a las infinitas contradicciones del Yo y del Mundo, desembocan en una poesía nihilista, donde no hay lugar siquiera para la incertidumbre, pues la realidad constata una y otra vez la ausencia de todo sentido. En este camino ciertamente marginal se desarrolla la obra de algunos poetas interesantes, entre los que Pablo García Casado ocupa un lugar propio, gracias a su peculiar mirada distanciada y aparentemente objetiva sobre las vidas cotidianas de un sinfín de personajes.

Direcciones concretas, grupos y subgrupos habrá tantos como poetas verdaderos, dueños de un lenguaje irreductible a cualquier clasificación y, por ello mismo, creadores de un mundo poético que sólo puede ser individual
En cualquier caso, no es posible reducir el rico panorama de la joven poesía española a estas cuatro grandes posiciones espirituales que, a ser posible, habrían de coincidir también con cuatro grandes estilos expresivos. Nada de eso. Hay tantas posiciones y estilos como poetas: basta pensar en dos autores de filiación ciertamente surrealista como José Luis Rey y Antonio Lucas. Ambos dejan una enorme libertad al torrente de su imaginación, dentro de la ya apuntada coherencia racional. Sin embargo, si el flujo visionario de Rey es una modo de revelar las ilimitadas maravillas de un mundo inabarcable, por lo que cabría incluirlo dentro de la vocación metafísica ya apuntada, el de Lucas tiende a escarbar en los débiles fundamentos de la vida humana para corroborar su fragilidad constitutiva, en lo cual viene a coincidir con el nihilismo recién mencionado.

Por lo dicho ya se supondrá que direcciones concretas, grupos y subgrupos habrá tantos como poetas verdaderos, dueños de un lenguaje irreductible a cualquier clasificación y, por ello mismo, creadores de un mundo poético que sólo puede ser individual. Aquí he pretendido dar cuenta de esa apertura totalizadora a las cuestiones fundamentales de la existencia humana que presenta la joven poesía española, con la superación tanto del explícito autobiografismo como de una abstracción purista desconectada de la vida corriente. También he tratado de advertir sobre las diversísimas posibilidades de escritura que surgen desde un fondo común de inquietudes, propias del actual momento histórico. Y, por supuesto, a la hora de citar a buenos poetas, he desechado toda pretensión de exhaustividad, pues, entre otras cosas, soy consciente de lo mucho que aún me queda por leer.

Carlos Javier Morales







    Comentarios

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  1.  

    Anónimo 01-12-2010 |

    Enhorabuena por los cinco años. Sigo esta revista desde hace muchos meses y no dejo de sorprenderme de la calidad y el rigor. Gracias por servir a la poesía.

  2.  

    Anónimo 02-12-2010 |

    A mí me gustaría que se hablara de maestros en esta joven poesía, como lo fueron Gil de Biedma o Ángel González en la generación anterior. Claro que hay maestros, como Valente o Gamoneda, ¿o es que estos poetas salen de la nada?

  3.  

    Anónimo 02-12-2010 |

    Algunos de estos jóvenes poetas engrandecen el espectro de los "clásicos". Ya sabemos todos que es ardua la labor de leer cuanto se publica. Pero esa misma es una razón para el optimismo. Esta misma revista es una prueba de que en España se publica mucha y muy buena poesía. Sin conocerle bien, ni mucho menos personalmente, me atrevo a destacar "Jugar en serio", de Jaime García-Máiquez. Me parece un poeta inspirado y atrevido.

  4.  

    Rafael-José Díaz 13-12-2010 |

    Estimado Carlos: te agradezco el artículo sobre la poesía española joven. También, que me incluyas en tu panorama. No te oculto que me produce cierta perplejidad verme incluido como poeta "joven" (a mis ya cumplidos 39 años). Yo creo que ese término debería emplearse ya más bien para quienes han nacido a partir de 1980. Quisiera, además, transmitirte mis dudas sobre esa escritura "desde la certeza" en la que incluyes lo que he hecho. Tal vez haya dos o tres libros iniciales míos que están escritos desde un cierto entusiasmo juvenil cercano a algún tipo de certidumbre, pero creo que a partir de ahí lo que he hecho hasta ahora no son más que tanteos por una zona de sombras (más que metafísicas, tal vez existenciales) que poco o nada tienen que ver con ningún tipo de certeza. En cualquier caso, te agradezco la tentativa de aportar un poco de luz en un panorama que a mí me parece cada vez más tenebroso a medida que lo conozco. Un saludo. Rafael-José Díaz

  5.  

    Carlos Javier Morales 15-12-2010 |

    Querido Rafael, gracias por tu lectura. En cuanto a tu edad, no te considero tan mayor como para excluirte ya de la joven poesía española (hay antólogos que incluyen a poetas con 46 y 48 años, lo cual me parece excesivo). En mi caso, el concepto de JOVEN POETA no equivale al de POETA NOVEL o PRINCIPIANTE, sino más bien al que se encuentra en un proceso de maduración y, a la vez, ha dado ya uno o dos libros perdurables, cosa que no es fácil encontrar entre los veinteañeros. Tienes toda la razón cuando dices que tu poesía ha evolucionado mucho desde aquel fervor inicial por la revelación de la palabra poética, que te hacía confiar plenamente en sus verdades, como ocurre en tus dos primeros libros, EL CANTO EN EL UMBRAL y LLAMADA EN LA PRIMERA NIEVE (dime si "La canción de la tierra" no es un poema de certidumbre). Por estos libros, y sólo por ellos, me parece que estás mejor "alineado" en la parrilla de salida de aquellos que confiaban (o siguen confiando) en la palabra poética como la revelación más pura de un mundo misterioso y estable en su misterio. Ya sé que cualquier alineación de poetas es injusta, pero sólo trato de hacer una aproximación a las variadas direcciones que observo en la joven poesía española (muy distinta, por cierto, de la concepción caótica del mundo que se entrevé en la palabra alucinatoria de un Antonio Lucas, por ejemplo). Tómálo, pues, en ese sentido y nada más. Ya sé que tus últimos libros transitan por un mundo quebradizo y opaco; lo cual te produce inquietud y desasosiego. Aun así, ante esa misma situación, otros poetas reaccionarían de una manera irónica y escéptica, que no es la tuya. Tómalo sólo en ese sentido, si no te parece mal.

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