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Carmelo Guillén Acosta

"Se canta lo que se gana"

Carmelo Guillén Acosta (Sevilla, 1955) ha sido definido por Jesús Beades como el Claudio Rodríguez de su generación. Se inició tempranamente con Envés del existir (1975), un sorprendente poemario de raíz vallejiana. A partir de ahí, ha sido capaz de crear una poesía muy personal, de tonos cálidos y raíz religiosa, recogida en Aprendiendo a querer. Poesía, 1976-1996  (Colección Númenor, Sevilla, 1997). Actualmente dirige la prestigiosa colección Adonáis, de la editorial Rialp. Acaba de publicarse una cuidada antología suya, Este hilo que enhebro (Ayuntamiento de Camas, 2007) y se prepara una reedición corregida y aumentada de su poesía completa en Númenor.

Poesía Digital-  El curso pasado se le tributaron varios homenajes en su entorno más cercano. En Camas le dedicaron una plaza, el Ayuntamiento editó una hermosa antología de su obra y en el Instituto de Enseñanza Secundaria donde da clases se publicó una revista monográfica sobre su poesía. Resulta muy llamativo tanto afecto en el entorno de un poeta cuando lo habitual es que los lectores de poesía sean pocos, anónimos, hipercríticos y dispersos. ¿A qué lo achacaría usted?

Carmelo Guillén- Hombre, no creo que sea cuestión de ser o no poeta. Para los eventos que me refiere, se daban diversos factores: llevo viviendo en Coca de la Piñera, una barriada de Camas, desde los ocho meses; imparto clases en el instituto camero, antes, de bachillerato y, ahora, de secundaria, desde hace casi veinte años; contagio a muchos alumnos míos mi pasión por la Literatura y, en concreto, por la Poesía; a los ojos de mis vecinos, tengo una trayectoria poética y profesional muy definida, que valoran sobresalientemente; el nombre de Camas va conmigo porque en este municipio he escrito toda mi obra… Si se suma todo eso,  puede llegar a justificarse –por lo menos así ha sido en mi caso, me parece– que a los políticos (fue unánime la decisión del Consistorio) les pareciera culturalmente significativo poner una Plaza con mi nombre y publicarme la antología. Como mis compañeros del instituto no querían ser menos,  han optado por editar un número monográfico sobre mi persona más que sobre mi concreta poesía.

P. D.-  En cambio, en las nóminas habituales de la última poesía parece que usted no cuenta como una figura de primera fila. Desde Poesía Digital nos preguntamos, muy extrañados, por qué.

C. G.- Como en todo, aquí, supongo yo, se dan diversas causas: no soy un poeta ni trepador ni oficial, ni de ésos que saben todo de todo y poseen el don de la ubicuidad. De lo que no sé, no hablo, y si debo hacerlo, me informo rigurosamente antes. Aunque vivo inmerso en la Literatura, por mi actividad profesional y mi dedicación a la Poesía (cuando viene), me doy más a la vida cotidiana de cualquier hombre normal que a la literaria; más a disfrutar de los míos que a las escaladas y apariciones en prensa. Es más: evito el peso de los cenáculos literarios y encuentros de poetas, que tanto pueden gustar a otros. Por otra parte, mi poesía, hasta ahora, ha aparecido en editoriales de corta distribución y siempre en tiradas muy reducidas. Soy más bien poeta del boca-oreja y del directo.

P. D.-  La dirige ahora. ¿No tiene la sensación de que desde unos años antes a su llegada la colección Adonáis había perdido el paso de la poesía última?

Muchos sabemos cómo se elabora la mayoría de las antologías: con un material sesgado de nombres y, lo que es peor, con un conocimiento de la poesía huero o imperdonablemente deficiente o tendencioso.

C. G.- Adonáis no ha perdido nada: sigue llevando un magnífico paso desde sus principios: fomentar la poesía. Si usted tiene la amabilidad de repasarse la relación de los volúmenes que han obtenido premios o accésits Adonáis desde, por ejemplo, los veinticinco últimos años, verá que son todos los que están, aunque no estén todos los que son. Además, ¿quiénes marcan el paso de la poesía última? Desde hace algunas décadas, parece que las selecciones e introducciones de los antólogos son las que lo marcan, no los libros de poemas en sí mismos.  Da la impresión de que si no se aparece en las antologías, no se es buen poeta. Muchos sabemos cómo se elabora la mayoría de las antologías: con un material sesgado de nombres y, lo que es peor, con un conocimiento de la poesía huero o imperdonablemente deficiente o tendencioso. En Adonáis son los propios poetas quienes determinan el protagonismo.

P. D.-  ¿Y qué decir del Premio Adonáis, que ocupó un lugar indiscutible en el tercer cuarto del siglo pasado y que ahora —reconociéndole ciertos síntomas de recuperación— ha sido sobrepasado en repercusión por el premio Hiperión (para jóvenes) y el premio Loewe (para consagrados)?

C. G.- Yo no lo plantearía así. Al principio, no existía más que Adonáis; luego han surgido otras dos colecciones importantes: Hiperión (con el premio del mismo nombre y la edición de otros premios, igual que Adonáis) y Visor (que acoge distintos premios, aunque ninguno lleve propiamente su nombre); ambas están tejiendo una labor muy meritoria y con muy buena mercadotecnia, lo que no hemos hecho nunca en Adonáis; nos sobrepasan en distribución y en publicidad, nada más (y nada menos). Por experiencia, puedo decirle que los muchachos que se presentan a Hiperión son los mismos que van al Adonáis; y si me apura, antes van al Adonáis.

Del premio Loewe no tengo nada que referir porque, como usted mismo ha dicho, no está orientado a autores noveles sino a poetas con cierta solidez y nombre. Es un premio bien dotado económicamente, pero un premio más de los muchos que hay.

P. D.-  Su posición en Adonáis le permite gozar de una atalaya única para observar la evolución de la poesía joven. ¿Cómo se la ve desde ahí?

C. G.- Hoy día, en general, la poesía joven tarda en madurar más tiempo que hace, por ejemplo, diez años. Si partimos de los últimos años, puedo asegurarle que se presenta al Adonáis bastante gente treintañera o en el límite de la edad (35 años) que piden las bases; esto por una parte. Por otra, estoy viendo la misma poesía buena, mala y regular que hace unos años. Poemarios tipo Don de la ebriedad no se dan todos los días. Lo que está hoy muy de moda es la poesía de usar y tirar, digo, de comprar y olvidar.

P. D.-  Precisamente, usted ha ejercido un magisterio muy palpable, como recuerda cada vez que puede Enrique García-Máiquez, sobre el Grupo Númenor y en el más amplio círculo de poetas —empezando por Cabanillas o Feu y acabando, por ahora, en Buentes o en Fernández Cerero— que se relacionan con la revista del mismo nombre. ¿Se siente parte de esa línea poética?

Siempre he dicho que la poesía es una cuestión de amor (antes de que lo dijeran otros) y de ritmo (después de que lo dijeran tantísimos).

C. G.- Siempre he dicho que la poesía es una cuestión de amor (antes de que lo dijeran otros) y de ritmo (después de que lo dijeran tantísimos). Esa orientación poética está viva en Númenor –por tanto, me siento ligado a esa línea lírica– y en muchos adolescentes ajenos a Númenor y que han empezando leyendo mis versos. Sé que mi poesía marca vivamente a los jóvenes que me leen. Sorprendentemente, más de un supuesto crítico me ha ninguneado (la ignorancia es osada; a eso lo achaco) al hablar de las posibles influencias que Salinas o d´Ors han ejercido sobre determinados jóvenes poetas, cuando yo sé que los versos de esos concretos jóvenes autores han bebido y se reconocen fundamentalmente en los míos.  

P. D.-  Su poesía despliega, sin olvidar el tono conversacional y la temática cotidiana, un extraordinario sentido musical. ¿Cuáles han sido sus influencias en este sentido? ¿Qué papel ha jugado la música en su formación como poeta?

En mis lecturas públicas, a veces leo mis poemas desde su música, su ritmo, más que desde lo que dicen, para mostrar que las palabras generan música, una música acordada, que diría fray Luis.

C. G.- En varias pinceladas, puedo decirle que siempre me ha apasionado la música; que hice un año de conservatorio en mis tiempos de estudiante universitario; que la guitarra flamenca ha estado ligada a algunos años de mi vida; que me gusta cantar; que oigo muchísima música folclórica, flamenca, de cantautores…, es decir, la música forma parte viva de mi vida. Pero no sólo la que normalmente se entiende por música, también la de las palabras. Curiosamente, soy capaz de olvidarme de los nombres pero no del número de las sílabas de esos nombres olvidados, ni de si la palabra que se me olvida es aguda, o llana, o esdrújula.  Para la poesía es clave el ritmo. La poesía, además del contenido, es música. En mis lecturas públicas, a veces leo mis poemas desde su música, su ritmo, más que desde lo que dicen, para mostrar que las palabras generan música, una música acordada, que diría fray Luis.

P. D.-  Se diría el que el verso que más le ha influido es un no sé qué que quedan balbuciendo. Con un balbuceo perfecto, a base de encabalgamientos, de repeticiones, de interjecciones verbales, usted consigue dar a la vez un sabor coloquial al texto, ritmo al poema y un atisbo de misterio que apunta a lo inefable. ¿Podría hablarse de una mística de la vida ordinaria?

C. G.- Creo que hay un algo oculto, secreto, divino,  que se revela cuando el poeta es capaz de aunar emoción y reflexión, resultado final de un poema. Sin duda, la suprema expresión de la poesía está en la ascensión de lo cotidiano a la escritura poética, sencillamente porque la poesía es su expresión más inmediata y mágica. En este sentido, cabe hablar perfectamente de la mística de lo cotidiano y de que mi poesía anda por ese camino.

P. D.-  En un poema dice que La miel es mucha. Pero los obreros del verso optimista son muy pocos, constatamos nosotros. ¿Por qué esta querencia de la poesía a lo nostálgico y lo elegíaco? ¿Se canta lo que se pierde?

C. G.- Le voy a regalar un poema mío que contesta a su pregunta y que no está publicado. Pero antes, quiero decirle que el poeta no siempre ha cantado lo que se pierde. Éste es un concepto romántico que, en España, nuestro Machado elevó a rango de dogma y que muchos han convertido en sinónimo de la palabra melancolía. Parece que para cantar lo que se pierde hay que poner cara de despedida y verso triste. Tan válido es cantar lo que se pierde como lo que se gana. No necesariamente hay que hacerlo melancólicamente. En realidad, si nos fijamos bien, siempre se canta lo que se gana.

Mi poema (es una poética) dice exactamente:

Se canta lo que se gana

                                   (Frente a Antonio Machado)

Empezaré dejando las cosas claras:
yo canto lo que gano cada jornada.

De verso melancólico me libre Dios,
que de amable memoria es mi canción.

Voy sufriendo en la vida mis propias guerras
pero no quiero penas por compañeras.

Bien me sé lo que dejo y lo que llevo,
a todo lo que tengo saco provecho.

Mala amiga del hombre es la tristeza,
sobre todo si habita dentro de ella.

Nunca se pierde nada; cuanto se vive
es un don gratuito que nos redime.

Lo que se deja atrás, nunca es lo nuestro;
lo que se es se canta, ése es mi sello. 

P. D.-  En otro poema confiesa que las horas que peno queriendo serme fiel / se quedan para mí solito. ¿No teme que esa selección de las horas luminosas o incluso melosas acaben dando una visión sesgada del poeta Carmelo Guillén como un ser permanentemente entusiasmado?

Irrumpo escribiendo versos fundamentalmente cuando estoy pletórico; si me encuentro abatido, casi nunca me sale nada que me convenza.

C. G.- El buen lector sabe que mi poesía sabe a y es vida; no hay fingimiento en mis versos; ni lo ha habido. Mi tono, en general, ha sido predominantemente gozoso, aunque si se lee bien Envés del existir, mi primer poemario, revela aspectos de desolación, de aturdimiento, de tribulaciones. Irrumpo escribiendo versos fundamentalmente cuando estoy pletórico; si me encuentro abatido, casi nunca me sale nada que me convenza. Últimamente, tras el fallecimiento de mis padres, parece que las cosas empiezan a cambiar y están saliendo versos complacientes de enorme intensidad emotiva y desoladora, aunque siempre vuelvo (tal vez sea por mi carácter) al verso de buen tiempo, de día de domingo con Sol.   

P. D.-  En esta línea, en sus últimos poemas se incide en un tema novedoso: el del matrimonio mayor que va encontrando argucias para cogerle las vueltas a la rutina. ¿Se trata de un correlato objetivo o es simple observación?

C. G.- En mi penúltima poesía –ya va germinando un libro nuevo, creo- han surgido muchos poemas en los que las vidas ajenas han marcado mis poemas. No creo que haya ningún correlato objetivo; mis poemas sobre la relación de pareja, sobre el matrimonio, son el resultado de experiencias vividas en amigos, en gente próxima, nada más; son una manera más de acercarme a la vida cotidiana.

P. D.-  Por último, prepara para la colección Númenor una segunda edición de su poesía completa. Teniendo en cuenta que hace poco se publicó la ya citada antología Este hilo que enhebro, ¿nos podría comentar las distintas sensaciones, como recopilador y como antólogo, al echar la vista atrás sobre su obra?

C. G.- Más que echar la vista atrás, en mi caso, la dirijo hacia adelante: la reedición de mi poesía completa (Aprendiendo a querer, la vuelvo a titular), que eso es lo que publicará la colección Númenor prontamente, llega en el momento de la aparición de mi antología, de la pérdida de mis padres y, en fin, en un momento en que parece que uno ya ha realizado una buena parte del camino de  la vida y empieza a otear nuevos horizontes más otoñales. Es cierto: ya soy mayor; pero mayor de los que han llegado a la cima, empiezan a bajar la ladera, vislumbran abajo la costa y divisan allá lejos el mar confundido con el cielo en la línea del horizonte; ése es el cúmulo de sensaciones que últimamente vivo.

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